La Boda

Despertó muy emocionada, ese día finalmente comenzaban los preparativos para el gran momento, el momento que toda mujer espera. Tomó el teléfono después de encender un cigarro y fumarlo con singular necesidad, del otro lado de la línea; Sebastián asentía a cada palabra que Isabel profería. Ella había encontrado al amor de su vida, él finalmente podría escapar de esa punzante soledad que lo aquejó desde la muerte de sus padres cuando era muy joven. Esa mañana ambos se vieron, Sebastián habría pasado a recoger a Isabel como dicta la vieja costumbre, en ese auto de lujo que tanto le gusta a ella. Se dirigieron al centro de la ciudad. Quizá en sus mentes sabían que su destino finalmente era otro, aunque ambos en el trayecto, prefirieron no comentar nada puesto que la decisión estaba hecha.

Entraron a la primer tienda ubicada en la calle cinco de mayo, unos cuantos locales más allá de la casa de los azulejos, esa era la tienda donde mandarían hacer las invitaciones, Isabel después de haber descartado varios diseños finalmente se enamoró de uno. –quiero este Sebastián- y Sebastián simplemente accedía a todas las querencias de su joven amada. Ambos, después de deliberar por algunos minutos, decidieron lo que diría la invitación, aunque ya llevaban un borrador, no pudieron escapar de hacerle correcciones de último momento, la nota quedó así:

Isabel Rosas Morales y Sebastián Valdivia Orozco
En unión sagrada unifican sus almas para toda la eternidad

En la parte de abajo de los nombres, la dirección y la hora. El encargado de la tienda les entregó un recibo, las quinientas participaciones estarían a más tardar la semana siguiente. En sobres, lista para entregarlas. Al instante Isabel recordó entregarle al anciano la lista de invitados. Todo iba perfecto conforme a su bien planeada estrategia de unión.

Sebastián e Isabel continuaron su trayecto, es impresionante como uno puede encontrar todo tipo de artefactos y artículos especiales para cada ocasión en la ciudad de México, lo único que uno debe tener, son pies fuertes y mucha decisión para emprender la búsqueda.

Ya era medio día e Isabel, sintió un poco de cansancio, solamente que la emoción misma de su próxima unión con Sebastián le otorgaba una gran fortaleza interna. La alegría le revoloteaba alrededor de la cabeza, la gente inclusive que pasaba junto a ella los miraba, es extraño que en la ciudad alguien te mire, todos somos sombras dentro de la multitud, pero Isabel proyectaba algo distinto, no era su belleza, era algo simplemente que arrebataba miradas. De pronto encontraron la tienda que la madre de Isabel les habría recomendado para mandar hacer los vasos. Ambos entraron y en el estante atendiendo a una mujer sin una pierna estaba un hombre viejo, con la piel sumamente arrugada, colgada y un tanto mal oliente. La mujer sin una pierna se despidió del encargado, de pronto al darse la vuelta se encontró frente a frente con Isabel, fue entonces cuando Isabel pudo observar que a la misma mujer que caminaba con un bastón y gran esfuerzo, también era tuerta, no llevaba ni gafas ni un ojo de cristal, ahí estaba un hoyo en el rostro de una anciana que la encaró y simplemente le dijo. –Nada es sin mi presencia- Isabel hizo un rostro de extrañeza, solo que al escuchar dichas palabras un escalofrío la recorrió desde la base de la espalda hasta el cuello. Sebastián, atónito por la sepulcral silueta de la anciana, solamente pudo abrazar a Isabel, y así, con su brazo alrededor de los hombros la jaló directamente hacia el estante, donde el anciano los miraba con extrañeza. Cuando volvieron la mirada, la tuerta anciana había desaparecido.

Después de sobreponerse al extraño suceso, el anciano le mostró a Isabel una gran carpeta llena de hojas en micas, donde aparecían una gran cantidad de diseños para esmerilar en vasos de fiesta. Después de deliberar por varios minutos eligieron el vaso que llevaría un corazón junto con sus nombres. Isabel salió de la tienda, tomó sin volver la mirada la mano de Sebastián. La calle cinco de mayo ya estaba vacía, no había nadie, una ligera brisa se dejaba sentir en el atardecer de la ciudad, un atardecer que parecía que pronto se cubriría de lluvia. Las nubes se movían en el cielo con una velocidad extrema, extraña, intimidantes. Isabel jaló de la mano a Sebastián en busca de refugio. El agua comenzó a caerle sobre el cabello, hombros y manos, -Sebastián dónde-, Sebastián se limitó a responder – A la Catedral-, -¡no!, a la tienda- dijo Isabel girando para volver a la tienda de los vasos del viejo. Súbitamente miró que la cortina ya estaba abajo, volvió su mirada hacia los demás locales, todos con las cortinas abajo, era como si nunca hubieran estado abiertos. Los rayos resonaban en lo que ya era una tormenta, a Isabel le escurrían los cabellos amarillos pegados hasta el cuello, las gotas gruesas de lluvia le caían por la barbilla, las manos se sentían húmedas. Sin ver a Sebastián, de pronto se vieron en la explanada de Catedral, las campanas sonaron, pero las puertas estaban cerradas, Isabel se extrañó al no ver ni siquiera un alma en los alrededores de la monumental iglesia. Levantaba la mirada y miraba como en cámara lenta; las gotas se estrellaban contra sus ojos. Miró un rayo caer sobre una de las torres de la Catedral, el estruendoso sonido del rayo la había dejado sorda, solamente podía distinguir un agudo zumbido que le resonaba en los más profundo de sus oídos. Con fuerza jaló de la mano a Sebastián, ella siempre de guía mirando al frente, sin jamás volver a ver el rostro de su amado. Por lo mismo, fue ella quién con una mano logró empujar una de las grandes puertas de la iglesia. Ambos entraron.

En el umbral de la puerta se dejó escuchar el gran y ostentoso órgano que extrañamente tocaba algo de Mussorgsky. Miles de veladoras permanecían encendidas, intentando iluminar un techo que era invisible por la oscuridad. Los pequeños santuarios (a lo largo de la nave derecha que lleva hacia el altar principal), llamaron la atención de Isabel que aun buscaba refugio, aunque cuando ella se acercó a uno de ellos, miró extrañamente que solamente era visible la osamenta del padre Otrotiempo. Isabel, con mayor tranquilidad se dispuso a escuchar misa en la banca de la parte de atrás; mirando al altar principal, enrome, hermoso, de oro, donde un padre de espaldas se dejaba ver con su larga sotana blanca. Isabel finalmente soltó la mano de Sebastián, solamente podía mirar las espaldas de la gente que abarrotaba el resto de las bancas, la otra gente que miraba atenta al padre. De pronto un aire de sueño la invadió para que lentamente se recostara sobre el hombro de Sebastián. La textura de la ropa le pareció extraña, áspera, como una lija que rasgaba su mejilla. De súbito abrió los ojos, mirose recostada sobre un chal que pertenecía a una anciana desfigurada y tuerta, con un muñón en carne viva en donde debía existir una pierna. Isabel se incorporó en solo brinco de la banca. Corrió con todas sus fuerzas por la nave central, mientras a su lado miraba cómo toda le gente que ella había mirado de espaldas, no eran más que la misma anciana tuerta que la miraban al correr. Llena de pánico alcanzó el altar, el padre se volvió. Era la misma anciana tuerta que le musitó. –Ahí estaré-

-Cual escoges…, Isabel…, despierta- dijo Sebastián un tanto preocupado por que Isabel parecía haberse transportado a otro mundo. Ella recobró la conciencia de su realidad, no estaba en la catedral, seguía ahí, en la misma tienda; mirando una gran carpeta llena de vasos y modelos. Cambió la página, ahí estaba el vaso en forma de corazón. Ella ya lo había visto antes, sin embargo cambió la página. Ambos escogieron un modelo sencillo, solamente diría sus iniciales a petición de Isabel. Así siguieron el recorrido, compraron todo lo necesario, desde el vestido, el traje, la corbata y por supuesto el singular lecho nupcial dónde ambos pasarán su primer noche juntos, esa noche que los amantes dicen es eterna.

Semanas más tarde al recoger los vasos, Sebastián preguntó por el anciano que los había atendido. Una mujer joven le informó que su abuelo acababa de morir.

Las invitaciones habían sido enviadas. La cita extrañamente no era en una iglesia. Era en el jardín de la casa de Sebastián. –Seguramente, habrán contratado un sacerdote- se dijeron la mayoría de los invitados al ir rumbo a la dirección marcada en las participaciones. Varios autos, quizás cientos, se estacionaron cómodamente con la ayuda de un Valet Parking que la pareja había contratado con anterioridad. Los primero en llegar, los padres de Isabel; iban quizás un tanto disgustados por que su hija les había impedido tomar parte en cualquier detalle referente a la planeación del evento. Los invitados se agruparon en el jardín. Era una noche sin frío y la gente comenzó a desesperarse. En la puerta impidiendo el paso, el mayordomo de Sebastián; con instrucciones explícitas de no dejar entrar a los invitados una vez que recibiera la señal.. Extrañó en ese momento a la prima de Isabel el no haber sido considerada para formar parte de las damas de honor de la novia; tal vez su disgusto se aminoró cuando vio en el jardín a las mejores amigas de Isabel que tampoco estaban uniformadas.

Los padres de Isabel se extrañaron ante el semblante frío del mayordomo. Pasaron quince minutos después de reunirse finalmente todos los invitados, media hora. Los vestidos largos comenzaban a moverse. El padre de Isabel preguntó nuevamente al mayordomo sobre el momento en que los dejaría pasar. La gente se desesperaba. Cuarenta y cinco minutos y ya había gritos, empujones, repudios, silbidos, no fue de extrañar que alguno se fuera. Finalmente el mayordomo abrió las puertas, La gente comenzó a entrar seguida por Toccata & Fugue que resonaba en eco a lo largo de las paredes de la gran casa de Sebastián. Entraron al hall. La gente se amontonó. Frente a ellos: dos puertas centrales de madera. El padre de Isabel empujó las enormes puertas del hall para encontrarse con su hija vestida hermosamente de blanco y su yerno elegantísimo en un traje negro.

Murmullos. Un sacerdote. Conmoción generalizada. No podían creer el suceso. El sacerdote había sido contratado horas antes por Sebastián. Los invitados rezaron por el amor de la querida pareja. Finalmente todos se persignan. Comenzó el servicio. Abrazos. Caricias. Lágrimas. Pañuelos. Los vestidos se mueven. Los hombres acomodaban sus corbatas. Una mujer se desmayó. Padre Nuestro…. El techo. La gente. Un gato en la ventana. Amén. Terminó el servicio. ¡De rodillas!. La madre de Isabel obedece y con lágrimas incrédulas en los ojos finalmente se hinca, su esposo la toma de la mano imitando la acción, así sucesivamente hasta que el sacerdote observó a todos los presentes hincados. Terminó el servicio. El padre de Isabel sacó un pañuelo. Una sirena. Ambulancia. Están muertos. Unidos eternamente en el altar dentro de un féretro plateado. El Sacerdote pide calma. La gente hincada. Una anciana tuerta y sin una pierna contempla la escena desde el fondo de la habitación.

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