Los Amantes

No puedo describir todos los celos que me dieron anoche. Levanté el auricular y ahí estaba, el maldito hijo de perra diciéndole que quería verla hoy. Es difícil saber qué fue lo que más me hizo enojar, el que le dijera que yo no era un hombre que valiera la pena o aquello de que tenía dos boletos para largarse a España hoy en la tarde. Igualmente, no pude soportar la hipócrita voz con la que ella le dijo: creo que ya llegó mi esposo, mañana nos vemos en el lugar de siempre a las doce.

Tengo que reconocer que me dio una buena bienvenida, como hace mucho tiempo no lo hacía. Me preguntó sobre el trabajo, sobre mi vida, sobre mis sentimientos y me hizo esa estúpida pregunta que las mujeres suelen hacer cuando dudan de sus vidas: ¿cuánto me amas?, Yo no supe que responderle, obviamente le dije que la amaba mucho, demasiado, más que el día en que nos conocimos, porque supuse que eso era lo que ella quería escuchar de mí, aunque para ser franco, pensé en decirle que era una maldita hipócrita y una desgraciada cualquiera. Creo que no existe nada peor en el amor que el engaño, es distinto a cuando cualquier persona nos engaña, porque cuando alguien que no estimamos mucho, lo hace, es más fácil darle la espalda y seguir adelante, pero eso no pasa con el amor, sobre todo cuando cargas casi veinticinco años de matrimonio en el cuerpo, dos hijos y muchas historias. Después da la pregunta, quise hacerme el desentendido, al fin de cuentas la decisión era de ella, tenía que aceptar que yo no hubiera sabido nada de no haber sido por Julieta, mi compañera en la oficina.

Es muy complicado reconocer que mi esposa tuvo el valor de ocultármelo, de no decir nada, de llevar a cuestas ese lastre maldito que implica tomar una decisión tan importante, aunada a casi veinticinco años de esfuerzos; pero al final de cuentas, una vez ya tomamos una decisión parecida, ella tenía quince y yo dieciocho, no digo que fue fácil, tuvimos que rompernos el lomo para lograr construir esta enorme casa, para comprar los autos y mandar a nuestros hijos al extranjero sin ninguna preocupación económica.

Estoy seguro que no ha hecho el amor con él, o al menos eso quiero pensar. Ya no recuerdo la última vez que lo hicimos nosotros, creo que fue en el último aniversario hace casi seis meses. La verdad yo no puedo obligarla, ella se muestra esquiva y siempre pone un pretexto. La entiendo, después de todo yo no puedo excitarme si ella no me sigue el juego. Aun me gusta su cuerpo, es muy joven, apenas acaba de cumplir treinta y ocho hace dos semanas, lo único malo que tiene, es ese exceso de grasa en la cintura.

De haberlo sabido, jamás la hubiera llevado a esa maldito evento para los inversionistas. Creo que ella hubiera preferido ir al teatro o a cenar, sinceramente le lastimó mucho que ninguno de nuestros hijos pudiera venir a felicitarla, pero en verdad, yo no podía llevarla a otro lado, es un proyecto muy ambicioso, hay mucho dinero de por medio, mi jefe, Julieta y yo trabajamos por más de cuatro meses para que nos otorgaran la cuenta. Le dije que la llevaría a la playa en cuanto las cosas estuvieran estables, la retribución que me dieron gracias a la cuenta nos ha puesto en la cúspide de la sociedad, pero entonces apareció él, Julieta me dijo que los había visto en un restaurante y era cierto. Ahí estaban los dos, mi esposa con la sonrisa más grande que jamás le vi y él con sus malditos treinta y cinco años vistiendo ese traje que equipara su edad en precio. En ese momento me di cuenta que las cosas cambiarían.

Le llamé de la oficina alrededor de la una, como era de esperarse no me contestó. Imagino que ahorita estarán los dos en ese vuelo rumbo a España. Lo único que me intriga es la forma en que me lo hará saber. Estoy seguro que me dejó una carta, casi puedo leerla: Amor, me sentía hostigada y solitaria, quiero mi libertad, no te pido que me perdones, sólo que me entiendas.

Le volví a llamar a las cinco de la tarde y no contestó. No sé por qué compré los boletos de avión para ir a la playa, si ya sé que ella no está, sé que está con ese desgraciado, volando y bebiendo champagne sobre el Atlántico. Se ríen de mí, me zumban los oídos, casi puedo escuchar sus risas, la risa de triunfo de él y la risa nerviosa de mi esposa aun con la duda de haber hecho lo correcto.

Hay mucho tránsito. No sé realmente lo que me pesa, la idea que no la encontraré en casa, o la idea de la maldita carta. Estoy seguro que la dejó sobre el comedor, sólo la idea de imaginar ese lastimoso trozo de papel sobre la mesa, me da asco, es como si ella me hubiera dejado a cuidar el trofeo de su traición, de su victoria sobre mí. Me da asco. Odio verla al llegar a casa aparentando que me ha esperado todo el día. ¿Acaso cree que estoy ciego?. Hay una edad en el matrimonio o en la vida de pareja en la que es imposible ocultar cosas. Sé que de no ser por Julieta yo no hubiera sabido nada, pero al fin de cuentas lo hubiera percibido. Lo único que hizo Julieta fue darle un nombre al juguete de la traición de mi esposa.

No sé qué hacer. Tal vez tome estos boletos y me vaya. No hay mejor pretexto para tomarse unos días de libertad que una traición amorosa. Lo único que voy a hacer es esperar a que me llame, si es que no dejó la maldita carta. Seguramente me hablará después de hacerle el amor al imbécil ese, me dirá que no fue su intención y un montón de pendejadas a las que yo tendré que responderle con alguna grosería. De algo que estoy seguro, es que no le daré nada: ni sus vestidos, ni perfumes, alhajas o lo que quiera, ya que mi trabajo me costaron. Si quiere tener cosas hermosas, tendrá que pedírselas al tipo ese. A ver si él sabe lo que es tratar bien a una mujer.

En fin, estoy llegando a mi calle. Las luces de la casa están apagadas. Quiero hacer tiempo, guardo el auto en la cochera, tomo mi saco. No puedo entrar, lo mejor será que espere, tal vez le hable a alguien para ir a tomar un trago y narrarle lo que me ha pasado. Hace tanto tiempo que nadie me pregunta por mí. Eso necesito, compañía leal y franca. Tal vez le hable de la casa, tengo ganas de ir al baño. Me haré el ciego para no ver el sobre y así podré sentirme libre por más tiempo. Abro la puerta: -mi amor, ¿cómo estás?, te estaba esperando- la misma sonrisa hipócrita. ¡Maldita desgracia!. Después de todo, que bien se ha de ver Julieta en traje de baño

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Una respuesta to “Los Amantes”

  1. Adrián González Valencia Says:

    Señor, es la primer vez que te leo y te aseguro que no será la última. Seguimos en contacto.

    Adrián.

    Te dejo aquí mi blog:
    agvadrian.blogspot.com–>

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