La mujer sin nombre

No sé cual sea su nombre. Intenté averiguarlo en las tres ocasiones que tuve oportunidad de verla, sin embargo, ni siquiera trae una placa en el pecho o algún papel pegado en la ventanilla con las letras que podrán darle nombre a esa mujer, si es posible que una simple palabra pueda definir dentro de sus múltiples significados toda la belleza que denota en su semblante. Tal vez por eso fue lo que me orilló a llamarla Bella.

La conocí hace tres días por circunstancias que el mismo destino me presentó, tuve que hacer un depósito en el banco para que mi novia pudiera tener acceso a un buen gimnasio, mismo que me ofrecí a pagar con tal de hacer un buen papel como novio y muy probablemente próximo esposo. Hace cuatro días, justo cuando me externó su necesidad por hacer ejercicio, saqué de mi cartera el billete con el importe preciso; sin embargo, me pidió que no se lo diera, acto seguido sacó de su atiborrada bolsa de mano una agenda de la cual me mostró el número de la cuenta bancaria en la que debía hacer el depósito. Como no le entendía a sus números, fue necesario tomar una pluma y escribirlos de mi puño y letra para evitar confusiones al momento de dictar los dígitos a la cajera que hasta ese momento desconocía.

Al día siguiente todo transcurrió con normalidad, me levanté temprano, preparé con tiempo de sobra las clases de semiótica y literatura que imparto en la universidad, tomé el pequeño trozo de papel anaranjado y salí al banco para hacer el depósito. No sé qué ocurrió, sólo puedo decir que al estar formado en la fila me arrebató la mirada. Es de cabello castaño claro, corto, casi le llega a los hombros, tiene la piel blanca como un tapiz colocado perfectamente sobre una pared con bordes finos; llevaba una blusita negra de cuello en uve que combinaba perfectamente con su rostro y sus ojos que me sería difícil describir, no porque no quiera intentarlo, sino porque sería una aberración narrar de forma imprecisa tanta belleza ocular. Fue en ese momento, mientras yo la veía, cuando levantó la mirada mientras guardaba unos billetes de veinte pesos en un cajón y con una sonrisa enorme me pedía que pasara a la caja. Le extendí el dinero y la hojita anaranjada con el número de la cuenta, le dije que quería hacer un depósito y ella asintió con la cabeza sin decir nada, fue algo así como un movimiento casi mecánico, después de todo, era incomprensible que se sorprendiera o hiciera un gesto de extrañeza ante mi solicitud. Ella comenzó a digitar los números en la computadora, lo hizo dos veces hasta que me dijo que el número de cuenta proporcionado no aparecía en el sistema, fue entonces cuando me extendió la hojita anaranjada para que le dictara los números. Al darme la hoja, intenté rozar la punta de sus dedos, no sé por qué lo hice, tal vez fue para sentir una parte de ella, conocer aunque fuera en un instante la textura de su piel y el calor de su cuerpo; pero mi intento fue en vano, supongo que todas las personas que trabajan detrás de una ventanilla han desarrollado un sistema infalible para evitar cualquier roce o contacto físico con el sin número de personas que enfrentan cotidianamente. Le dicté el número sintiéndome nervioso por su mirada, traté de controlar el tono de mi voz para no aparentar nerviosismo pero a pesar de mi esfuerzo creo que no lo logré y, en efecto, el número estaba mal, ella procedió a retornarme el billete y me hizo la oferta de esperar a que uno de los ejecutivos del banco me auxiliara para identificar la cuenta, sin embargo, al yo desconocer al titular le dije que volvería después.

Por falta de tiempo no pude volver esa tarde. Por la noche, cuando terminé de impartir mi clase conduje el auto a la casa de mi novia para corroborar el número, ella se sintió un tanto disgustada porque tendría que esperar más tiempo para acudir al gimnasio, además que todavía traía en el semblante el rubor de haber enfrentado a la recepcionista del lugar que le impedía el paso con el pretexto de no tener registrado ningún pago de inscripción a su nombre. Debo confesar que el descontento de mi pareja no me estremeció en los más mínimo, ni siquiera me apenó el hecho de haber copiado mal los últimos dígitos, en lugar de escribir sesenta y nueve, escribí noventa y seis, corrección que plasmé en un nuevo papel anaranjado mientras mi novia continuaba hablando. Llegó el momento en que me sentí cansado, casi disgustado por tener que soportar los reclamos de un error mínimo, después de todo ¿qué más daba esperar un día más para hacer ejercicio?, creo incluso que se molestó cuando le dije sarcásticamente: -si tantas ganas tienes de hacer ejercicio, ¿por qué no sales en este momento y le das cincuenta vueltas a la manzana?-

Al día siguiente no pude esperar en acudir nuevamente al banco, de nuevo me levanté temprano, afortunadamente ese día no impartía clases así que me tomé el tiempo suficiente para bañarme, afeitarme y escoger una vestimenta apropiada para presentarme otra vez frente a esa mujer tan hermosa sin nombre. Estaba completamente decidido, la noche anterior una vez que volví a casa, repasé varias veces hasta quedarme dormido la escena de mi próximo encuentro. Dentro de los linderos fantasiosos y prácticamente oníricos, imaginé que al llegar, Bella sin duda estaría esperándome, me seguiría con la mirada desde la entrada del banco, como si me hubiera estado esperando desde el momento en que se levantó, desando siempre que cada usuario que pasara frente a su ventanilla fuera yo, deprimiéndose siempre por no verme aparecer aunque con la esperanza resonante en su mente de mi promesa incierta: -volveré después-

La vi, más hermosa que el día anterior, ahora no vestía una blusa negra con cuello en uve, sino una blusa rosa un tanto más escotada y cernida mediante la cual se dibujaba la silueta de su sostén. Aunque he de acepar que eso no fue en lo primero que me fijé al entrar al banco, cabe recordar que ella estaba detrás de la ventanilla y desde la entrada era imposible observar tal detalle. Para mi fortuna el banco estaba casi vacío, las dos únicas cajas funcionando eran la de ella y la de otra mujer de más edad. Cada caja tenía un cliente, así que fue necesario esperar al principio de la fila hasta que se desocupara Bella. Siempre con el miedo de que su compañera se desocupara primero y no fuera ella la que me atendiera. Para mi tristeza, eso ocurrió. La mujer de más edad se desocupó primero, sin embargo, algo extraño aconteció; la cajera de más edad no me hizo la seña de pasar a su caja, miraba hacia el suelo, abría un cajón, observaba el ordenador sin hacer absolutamente nada, así transcurrieron varios segundos hasta que por fin Bella se desocupó y con su habitual sonrisa enorme me hizo la seña de pasar a su caja; justo en ese momento cuando me posicioné frente a su ventanilla, la mujer de más edad hizo pasar al cliente que se encontraba formado tras de mí y pude ver como esa mujer miró de reojo a Bella, algo que yo interpreté como una señal de complicidad. –Espero que ahora si traigas bien el número de la cuenta- me dijo, a lo que yo estúpidamente respondí con el ya imaginado monosílabo. Mientras digitaba los números en el teclado me dijo el importe que yo le había referido el día anterior. ¿cómo era posible que lo recordara?, ¿acaso por primera vez en mi vida las historias fantásticas creadas por mi mente antes de dormir eran ciertas?, ¿Bella me había estado esperando?, le dije que estaba en lo correcto y no pude evitar expresar lo sorprendido que me sentía por su buena memoria, a lo que ella me respondió un tanto ruborizada que era parte de su trabajo. Justo cuando le extendí el billete, pensando en lo bueno que resultaría abstenerme de intentar rozar sus dedos, se lo entregué, sin embargo en esta ocasión fue ella quien discreta y rápidamente rozó el dorso de mi mano. Las piernas me temblaron, las yemas de sus dedos eran suaves, finísimas, tersas; perfectas por decirlo de alguna manera. Fue un momento incomparable, me llené de emoción, el banco parecía más grande de lo que en realidad es, no quería desaprovechar la oportunidad, hacía mucho tiempo que nadie me hacía sentir con tanta alegría simplemente por el hecho de rozar mi mano. Me pronunció el nombre del titular de la cuenta para corroborar que el depósito se hacía de forma correcta, acto seguido imprimó el recibo, lo selló y firmó. –Creo que estos eran los números que estaban mal- me dijo mientras observaba el nuevo papel anaranjado y yo trataba de acercarme lo más posible al vidrio para ver a cuales se refería. Me entregó el recibo y el papel, le di las gracias mientras me decía con su voz institucional: -vuelva pronto-

Al salir del banco no pude eliminar de mi mente las últimas palabras que me dijo. Conduje a la oficina de mi novia con el objetivo de invitarla a comer como pretexto para entregarle el recibo del depósito y que así ella no tuviera mayores problemas en el gimnasio. Fuimos a un restaurante cercano a la oficina, platicamos un poco sobre sus problemas laborales hasta que me solicitó el recibo, yo lo saqué de mi cartera junto con la notita anaranjada y le entregué ambas. Ella revisó que el recibo estuviera correcto y me devolvió el papel anaranjado argumentando que no quería nada de basura, fue entonces cuando lo vi, debajo del número de la cuenta estaba escrito “5pm”, no podía creerlo, Bella había escrito su hora de salida. Era la primera vez que me veía envuelto en una situación así. El mundo se me cerró, la alegría recorrió mis venas con fluidez, como si estuviera lubricada, estaba más feliz que nunca; sin embargo, tuve que intentar ocultar mi felicidad ante el semblante inquisitivo de mi novia quien preguntó por lo que me sucedía, a lo que inventé un pretexto meramente increíble. Le dije que acababa de ver tras de ella a alguien que hacía mucho tiempo no veía, ella volteó instantáneamente en lo que yo guardé el trozo de papel en la bolsa de mi camisa. –de quién hablas, ¿el gordo?- preguntó ella -Sí, fue profesor mío en la universidad- -¿por qué no lo saludas?- -porque no quiero recordar viejos tiempos- contesté nervioso.

La esperé desde las cuatro y media hasta las siete de la noche, cuando un hombre con corbata salió y cerró la sucursal. Nunca la vi salir, me parecía sumamente raro que ella hubiera faltado a la cita, ¿para qué escribiría la hora si no tenía planeado ir? ¿tal vez para burlarse de mí y verme parado fuera de la sucursal mientras ella se escondía detrás de un auto burlándose de mi desconcertado rostro?. Me disgusté al pensar en esa teoría, pero el enojo me duró poco.

Ayer recibí un telefonazo de mi novia quien parecía disgustada, yo con la idea de no meterme en problemas le di por su lado pero al parecer eso la enojó más, me dijo que me notaba raro, distraído y que los últimos días no le había prestado atención a la relación, es más, me reclamó que el día anterior no me comuniqué con ella para saber cómo le había ido en el gimnasio. No sé de dónde puede sacar esas ideas si para mi todo permanece normal con ella, dudo en verdad que tenga la perspicacia de averiguar que estoy enamorado de otra mujer, creo que es muy raro porque ni siquiera ha pasado mucho tiempo desde que conocí a Bella. Soy un maestro en el arte de ocultar cosas, por ello creo que mi novia tiene otros intereses al comentarme sobre mi estado de ánimo tan distante, incluso es posible que ella lo esté inventando y al ser oportuno su comentario sobre la situación que estoy viviendo, creo que le da cierta validez sin embargo creo que es más un capricho habitual femenino a una hipótesis cercana a la realidad.

Pensé en hacer otro depósito con la idea que ella me atendiera y esperar así que escribiera algo en otra hoja, pero creo que es demasiado estúpido depositar dinero a un extraño, sin embargo era la única forma en la que me podría acercar, eso o esperar nuevamente que saliera del banco. Dos opciones con el mismo objetivo, me decidí por la segunda. Llegué a las tres treinta de la tarde, y esperé un tanto distanciado del banco con un libro de poemas para matar el tiempo. Los segundos me parecieron largos y silenciosos, el entrar y salir de las personas era un baile un tanto hipnótico porque a pesar de ver caras distintas, la gente parece tener la misma actitud siempre, como si estuviera espantada. Desesperado, me acerqué a la puerta del banco y la vi detrás de la ventanilla atendiendo a una mujer de un vestido floreado, no pude evitar la tentación de levantar la mano y saludar a lo lejos pero repito, hasta ese momento no sé si ella pudo verme. Salí del banco y me senté en una maceta de cemento desde la que podía observar con mayor detalle el movimiento de las personas, fue en ese momento cuando la vi salir, llevaba un blusita amarilla con un escote discreto, una falda negra y larga que a penas mostraba sus tobillos blanquísimos. Me puse nervioso, la vi caminar con demasiada seguridad hasta el lugar en el que me encontraba sentado, todo transcurrió con demasiada velocidad, tanta que solamente pude sentir su lengua cálida enredarse con la mía, sus manos en mis hombros tomándome con seguridad, a diferencia de las mías que incrédulas intentaban rozar su cintura espontánea. Cuando retorné a la realidad, la vi entrar al banco nuevamente asediada por la mirada de los clientes sorprendidos e inquisitivos por lo visto, haciendo fila y mirándome también de soslayo Me quedé con una cara de idiota, el cerebro me giraba y no lograba centrar mi atención en nada, no podía creer lo que había ocurrido, Bella y yo en un beso apasionado, sin decirnos nada, sin mirarnos fijamente o esperar el momento propicio para el amor, fue un beso y nada más, un delicioso beso para ser preciso. Las manos me temblaban mientras acariciaban las hojas del libro de poesía ya que eran en lo único que podrían entretenerse. No pensé en nada, entré al banco y traté de avanzar hasta el frente de la fila mientras veía como Bella regresaba a su sitio acostumbrado del otro lado de la ventanilla. Todos me miraban, atónitos al igual que yo, el trance pudo haber continuado de no ser por un hombre alto y obeso que me dijo con una voz muy profunda: -espere su turno- yo obedecí en el acto, no porque el hombre me lo hubiera pedido sino porque no tenía nada qué hacer en la fila más que desperdiciar el tiempo de la gente.

Bella salió a las cinco de la tarde en punto, ni un minuto más ni uno menos según mi reloj. Al verla caminar hacia mi supuse que seguramente nos envolveríamos en otro profundo beso pero no sucedió así, es más, ni siquiera pude decirle hola; me tomó de la mano y me jaló hasta el estacionamiento, -¿cuál es tu auto?- me preguntó, inmediatamente contesté y después me presenté. A ella no pareció importarle mi nombre y me jaló con fuerza, tuve que disculparme con el vigilante del estacionamiento al que sin querer golpee. Bella insistió en que le abriera la puerta con velocidad, yo obedecí sin saber lo que estaba ocurriendo, simplemente me dejé llevar, incrédulo, absorbido por su hermosura, por esa pierna blanca que se descubría en la abertura de su falda negra en el asiento del copiloto: -¿te gusto?- Me dijo con una voz seductora, a lo que respondí con un movimiento de mi cabeza para después preguntarle su nombre, ella no contestó, tomó mi mano de la palanca de velocidades y la puso en su pierna, en su muslo caliente y terso. –Eres muy apuesto- me dijo. Yo comencé a tener una erección, no podía prestar atención al camino puesto que mis ojos no se apartaban de su pierna, de mi mano tocando su muslo, era una sensación de placer doble, primero por la perfección de esa pierna, de esa abertura y segundo por la oscuridad de su entrepierna, misma que no podía ver pero sí sentir. –Vamos a tu casa- me dijo mientras apretaba mi mano contra su muslo. Creo que manejé muy rápido, mi cuerpo sentía una necesidad enorme por poseerla, por hacer real esa fantasía que hasta hacía dos días parecía imposible, era como si nos conociéramos desde siempre ya que ese nivel de erotismo para mi sólo era factible en una relación más prolongada, no instantánea y maravillosa como se presentaba la situación con Bella. No me importó pasarme algunas luces rojas, no me importó no cerrar el auto al llegar a casa, no me importó besarla y acariciarla a placer en la calle, no me importó que al entrar estuviera mi novia con un ramos de flores en las manos, sólo me importaba Bella, el mundo parecía mío, ella era mía, era mi mundo, un mundo de ensueño, fantasioso, inalcanzable y mágico. No me importó no saber su nombre ni que al despertar al día siguiente ella no estuviera a mi lado.

No sé cual sea su nombre. Intenté averiguarlo en las tres ocasiones que tuve oportunidad de verla. Ahora nadie me cree por más que me empeño en decir la verdad, me siento furioso, estúpido y triste a la vez. Éste lugar es muy frío, me siento solo. No tengo rostro para hablar de ella. Nadie tiene oídos para entender que nunca vi la gran bolsa con miles de pesos dentro. Nadie tiene ojos para ver mi confusión. No tengo voz para hablarle a mi novia y decirle que me acusan de ser cómplice de una ladrona y asesina. Los únicos que tienen voz son el vigilante del estacionamiento, la gente en la calle, los empleados del banco y las cámaras de vigilancia que me vieron salir con Bella.

Marzo 12, 2006

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Una respuesta to “La mujer sin nombre”

  1. Claudia Vatia Says:

    Hola…al principio pensé que saldrías con el típico final de que ella era él….pero WOW he de decir que no pude dejar de leer hasta que terminé y creo que hasta pude ver a Bella… Te felicito porque tienes una manera maravillosa de envolver con tus palabras.

    Gracias por este.

    BETH–>

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