La Caricia de la Desgracia

Dicen que nací hace veinticuatro años. Yo no lo creo. No porque quiera parecer renuente ante las afirmaciones de las personas que me rodean, sino porque me parece imposible que en tanto tiempo mi vida no haya encontrado un sostén verdadero. He llegado a pensar que nací muerto y que es probable que todo esto sea producto de un sueño espectral, no hay razón para que yo exista en esta tierra, peor aún, no hay razón para que me vaya de aquí. He visto muchas fotografías de mi infancia y comparto recuerdos con mis amigos. Sinceramente, a veces creo estar inventando esos recuerdos, porque el paso del tiempo, no lo logro ver sobre mi piel y menos por mi alma. En cuanto a las fotografías, desconozco por completo al ser que llaman de la misma forma en que me llaman, no sé quién sea, tal vez un usurpador de mi vida, un artista a sueldo, o la obra quizás de un fotógrafo con gran doctrina en los montajes.

Me he sentido solo, mucho tiempo, desde el día en que supuestamente nací hace veinticuatro años. Por ello es que debo agradecer la presencia de tres personas que dicen ser mi familia, no sé cómo es posible que hayan soportado a un extraño durante tanto tiempo. Agradezco a mi amigos, los llamo así porque no tengo otra forma de llamarlos, debe ser difícil sostener una farsa cotidianamente ante un cadáver haciéndole creer que está vivo. Me siento muerto, sin aire, sin cuerpo, obviamente sin vida. No creo ser yo la persona que se mira cotidianamente ante el espejo, no creo serlo, tal vez el reflejo sea de un ser que se aproxima bastante a mi fisionomía, pero no pude ser, ya que yo tengo los ojos cerrados.

Dicen que nací hace veinticuatro años. Yo no lo creo. Siendo sincero aparento creerlo. Nada más, he llegado a ser un excelente jugador en este encuentro diario con la falsedad, domino a la perfección todas las connotaciones que implica el nombre con el que me llaman, no pasa de ahí. Estoy muerto. No he vivido, no vivo, no viviré nunca. Mi nombre ha sido borrado por la más leve brisa de la tarde, mi historia permanece intacta en los anaqueles de un desván divino. Aquí estoy, muerto, inerte, una piedra sabría mejor lo que debe de hacer con la existencia. Quién fuera ella.

He escrito cincuenta cuentos, casi dos novelas, trescientos poemas aproximadamente. Al menos eso digo, porque yo no he escrito nada de eso, lo aseguro. Puedo firmar con sangre y semen sobre la piedra más blanda de mi tumba que yo no lo he hecho. Aunque, tal vez eso no será necesario, puedo comprender la cordialidad de mi gente al decir que leen lo que yo escribo, es más, admiro la capacidad que tienen para sostener el papel frente a sus ojos aparentando seguir una lectura que parece interesarles. Son fantásticos. Los admiro en verdad. Lo único triste de todo esto, es que este cadáver no puede más que pagarles con la caricia de la desgracia, con nada más, ya que no soy nada, nunca seré nadie y así muerto por siempre y desde hace veinticuatro años tendré que permanecer en mi tumba aparentemente en paz.

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3 comentarios to “La Caricia de la Desgracia”

  1. Adrián Gova Says:

    Me parece que todos nacimos muertos, recordando momentos que alguien vivió en nuestro cuerpo o viceversa. Me identifico contigo, tanto como con Pedro Páramo. ¿Algún día sabremos cuándo fue nuestra muerte?

    Adrián Gova.
    http://agvadrian.blogspot.com/

  2. Priscilla Peraza Says:

    Quizá no naciste muerto, quizá fue robada tu existencia por un tiempo indefinido, ojalá sólo quede en tu mente los resabios de tu sombra…

  3. alkavinta Says:

    Por que recordar, por que no solo vivir, si solo quieres lamentar y ser lamentado, simplemente da una cachetada con guante blanco a la sociedad que osa decir que lo sabe todo, pero aún mejor; golpeate a tí mismo, golpeemonos a nosotros mismos quienes decimos que no sabemos nada.

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