La Tragedia del día siguiente

El día de ayer, como ya es una desafortunada costumbre, se conmemoraron veintiún años de una de las peores tragedias que vivió la ciudad de México: El terremoto de 1985. Quizá, lo más impactante de este hecho, no fue sólo el contemplar la ciudad hecha mterremoto.gifigajas y vivir la incertidumbre por la búsqueda de familiares. He de aceptar que para ese entonces yo sólo contaba con tres años de vida y, como situación anecdótica, en el momento que ocurrieron los hechos, mi padre me llevó a las afueras de un parque para que observara cómo los árboles se movían. Eso fue para mi el sismo en aquellos días. Hoy, como era de esperarse, mi perspectiva ha cambiado y busca centrarse en otras nociones para hablar un poco más de lo que no se habló.

En primera, siempre que hablamos de un suceso parecido, es menester enumerar la cantidad de personas fallecidas, hasta la fecha se tienen aproximaciones pero no se sabe con exactitud el número de vidas que se perdieron aquella mañana. Por otra parte, hemos visto el taladrar mediático, exaltando el loable esfuerzo de los topos y la población en general que encontró en la desgracia el pretexto perfecto para la unión, la fraternidad y la esperanza. El pueblo de México se siente orgulloso por haber luchado a través de sus precarios medios para rescatar una vida, o varias, como ocurrió con los niños rescatados del hospital que hoy, son considerados un milagro y ni ellos mismos alcanzan a dimensionar por qué. Sin embargo, es importante que pensemos también en la rotunda trascendencia del hecho, al ser uno de los acontecimientos mediáticos más importantes para la industria de la radio y televisión mexicana. Ver aquellas imágenes del estudio de Televisa moviéndose, los rostros de pavor por parte de los conductores que no sabían lo que ocurría y pensando si sería mejor salir corriendo en ese momento. O la exhaustiva labor periodística de Jacobo Zabludovsky que hasta nuestros días es motivo de reconocimiento y ha logrado consolidarse como un testimonio rotundo.

Considero importante anotar, en lo que significó la otra tragedia, porque si bien un sismosismo85.jpg de tal magnitud no se puede evitar y el hecho de provocar la reacción inmediata de la gente, es propiciado por la adrenalina, como una fractura reciente que no duele después de algunas horas. Una escena que se me hace digna de memorar, es la acontecida en la intimidad de los hogares, una vez que las aguas estaban calmas, pacíficas en apariencia. No hay peor tragedia humana que el hecho de regresar a casa y ver la ausencia de un familiar, o haber permanecido en un albergue si una casa a la cual volver, o cantar de alegría por haber sobrevivido, y al día siguiente afrontar la realidad de no contar ya con un espacio para trabajar. Esas son las tragedias, las que se sufren en carne viva, donde uno no sólo contempla la muerte como una estadística sino que la sufre de frente, en la piel y los pulmones, una agonía lenta en la cual es mejor morir, y la idea de salir adelante, es sencillamente una fantasía. Hoy se conmemoran 21 años, o mejor dicho, un día después de los 21 años, un día después del 19 de Setiembre, el día en que la gente tuvo que enfrentarse a la animalidad de la soledad, de la locura, la nostalgia, la muerte. Aquel que enfrenta la muerte no es el que fallece, sino los que viven a su alrededor, esa es la verdadera muerte, porque los muertos sólo sirven para ser recordados.

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