A la vuelta de la esquina (1)

Me han pedido que lo lleve a casa de los abuelos, eso no me preocupa en lo absoluto, lo que verdaderamente me tiene atormentado es tener que atravesar la ciudad a su lado; la gente se nos queda mirando como si fuéramos un par de fenómenos y eso me molesta al punto de que me he negado varias veces a salir con él, desde aquella tarde en que fuimos a dar la vuelta después del almuerzo. Ahora está escribiendo su nombre, muy quietita sobre la caja que papá trajo hace algunos días para guardar discos viejos. La yugoslava por más que trata de dejar el lugar limpio no puede, pasa todas las tardes profiriendo maldiciones en español y en otro idioma en mi contra. Hay veces que no puedo soportar tanta fantasía, los personajes que me rodean parecen haber sido sacados de un cuento viejo, o tal vez de varias novelas, de esas que la gente ahora sólo lee de vez en cuando, por suerte, casi por casualidad. Yo regresé esta tarde de la escuela con un disgusto muy particular, Olga me había pedido que le dejara de hablar, que ya era suficiente tener que aguantar mi mirada en su trasero siempre que pasaba frente a mi salón, para su información, porque estoy seguro que no lo saben, Olga es la niña de noveno semestre que tiene el culo más grande que he visto en mi vida. Antes nos solíamos llevar bien, pero no desde que empezó a salir con Gabriel, aquel tipo raro que siempre escuchaba música clásica y que decía escuchar un tic tic tic, a todo momento. No sé si le esté quitando gracia a sus vidas pero no me importa, a mi lo que me interesa es que me dejen tranquilo, que toda la gente se deje de estupideces y que me permitan vivir mi vida tal cual quiero vivirla, sin tener que ir a la fuerza al museo de la universidad para ver los relojitos eróticos de Claudio Humberto Nepomuceno Merino, o Claudito, como le suele llamar Melanie, la chica de anteojos de plástico que siempre está en la biblioteca mirando pasar sus mejores años. Siempre he sido de la idea que si Melanie se quitara esos lentes y se vistiera mejor, no sé, tal vez como Olga ,otra cosa sería, es más, estoy seguro que la literatura se pondría de moda y la biblioteca rompería record de asistencia por toda la bola de urgidos que concurrimos a lo que dicen serán los cimientos de nuestro éxito futuro.

No pude negarme, esta vez los pretextos no llegaron a mi cabezota con la misma puntualidad con la que solían concurrir en otras ocasiones en que me pedían que lo llevara a dar una vuelta, no me quedó de otra más que ponerme la chamarra café de cuero que compré hace algunos años en León Guanajuato, echarle un grito y decirle que iríamos a ver a los abuelos. Tan contento que se puso, parecía que le acababan de decir que nos habíamos sacado la lotería, pero ahora que lo pienso bien, eso pudo haber sido una mala noticia porque seguramente papá se lo hubiera gastado todo en alcohol y en esas pinches putas que dice mamá. Salimos de la casa como a las seis de la tarde, la verdad no vi la hora exacta pero a veces creo necesario que los lectores de este relato, si es que algún tipo insomne los está escribiendo, deben ubicarse en algún punto del tiempo; ya saben, decir si la mañana era clara y el sol despuntaba con gran lentitud rompiendo el cielo azul, o si el mismo sol está desvaneciéndose de la vida; de la noche ni hablemos porque cuando salimos de casa todavía era de día, por eso digo que fue más o menos a las seis de la tarde. Atravesamos varias calles mientras lo veía brincotear sobre los charcos de la lluvia matutina que a penas si se comenzaban a secar; lo que más me disgustó fue nuevamente tener que subirme al tranvía y ver que todo estaba ocupado, así que para evitarme problemas le dije que se quedara en el único asiento vacío cerca del chofer y le pedí que no hiciera nada, no sé si me entendió porque cuando se pone de necio no es fácil saber si está entendiendo o si me está tirando de loco.

La mayor sorpresa de la tarde me la llevé: ¿dije tarde?, no, ya era otro día. Esa mañana llegué muy temprano para disculparme con Olga, sé lo feo que se ha de sentir que un tipo como yo te esté viendo las nalgas todo el día, aunque aquí entre nos debo confesarles que vaya que tiene bonitas nalgas, ustedes podrían pasar todo el día igual que yo viéndoselas, es más, ya sé que vamos a hacer, vamos a crear un club de fanáticos de verle las nalgas a Olga; podrá parecerles estúpido lo sé, pero nada más que se las vean sabrán a qué me refiero y, para las mujeres que deseen suscribirse al club, les regalaremos folletos de cómo lograr semejante culo. En fin, estoy hablando mucho de nalgas y menos de Olga, aunque nuevamente intentando ser sincero estoy seguro que si buscamos su nombre en algún diccionario aparecerá como sinónimo de nalgas. Esa mañana, ¿o era de noche?, eso no me importa, llegamos Olga y yo a casa de mis abuelos, la abuela Norma seguía diciendo estupidez y media a lo cual no pudimos entender, halaba de un periodista tal que quería que le escribiera su biografía, como era de esperarse la tiré de aloco, le serví un whisky con agua mineral y tranquilita que se quedó, mientras tanto, Olga y yo nos pusimos a ver la televisión; fue tan aburrido que la apagamos de inmediato y decidimos salir al parque, sí al parque para entretenernos. Como ya estamos grandes para subirnos al tobogán y ese tipo de pendejadas le propuse que se subiera al columpio para que yo la empujara: -nada tonto el tipo- estarán pensando, pues sí, en efecto, afirmativo, así es; le encendí un cigarro para entretener una de sus manos y obligar a la otra a sostenerse con fuerza, así no iba a estar volteando para ver el objetivo central de mis ojos. Me pareció tan aburrida, me comenzó a contar que un tipo de la escuela le había pedido que posara para una pintura y que lo peor de todo era que el muy desgraciado nada más la pintó encuerada y cuando ella pensó que habría más cosas por hacer, el muy sinvergüenza le agradeció y le dijo que se presentara dentro de dos semanas en la biblioteca de la escuela para ver su creación artística. Yo me enojé muchísimo, realmente creo que hasta se me botó la vena de la frente porque estúpidamente llevaba ya desde quinto semestre invitando a Olga al cine, a tomar café y a pasear a cualquier lado con tal de verla encuerada, para que un tipo cualquiera con el mote de artista llegara y la encuerara así no más y ella accediera tan rápido. Ahora imagino el festín que se ha de haber dado el tipo ese, aunque a mi parecer, bastante idiota porque ya estando en la cosa de la pintura hubiera aprovechado para hacer algo más. Así pasó esa tarde, cuando llegué a casa mis papás me regañaron por llevarlo tarde, de hecho parecía que se iba a enfermar, me enviaron a mi habitación y ya no supe más de nadie ese día.

Dos semanas después me encontré a Melanie, la bibliotecaria, muy triste, había estado llorando toda la tarde.

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