Mi Viuda Valentina

¿Quién pensaría que yo moriría primero?,  Por mi Valentina daba todo, absolutamente todo lo que estuviera a mi alcance y hasta lo que no estuviera. ¿Cómo olvidar esa bonita tarde en que la conocí?, Se veía tan linda con sus dos trenzas bien enroscadas, largas y negras cayéndole sobre los hombros, su voz trémula y escurridiza, y esas manitas que apretaban mi mano con suavidad. ¿Cómo olvidar?

He de confesarlo: de haber sabido que yo moriría primero, las cosas hubieran sido distintas, pero ya ni modo, uno en vida tiene la capacidad de hacer todo, pero en muerte,!ah!, Vaya que es distinto; Lo único que podemos hacer es sentarnos a contemplar la película de nuestra falta de acción junto con las consecuencias de nuestra desidia.

¡Si yo hubiera!,  ¡Si yo hubiera!, Pobre de mi Valentina hermosa. Nunca quise hacerle daño, en verdad que nunca quise. Es más, ¿No se acuerdan de esa vez que salí a las tres de la madrugada para comprarle su medicina?, Caminé por doce calles en medio de la oscuridad, brincando borrachos y esquivando prostitutas hasta que encontré una farmacia abierta. ¿Ni modo de usar las del cajón verdad?, En el lío que me hubiera metido y la que se me arma con mi gorda, si al fin de cuentas ella fue quien tuvo la culpa de que mi Valentina se enfermara. ¿A quién se le ocurre mandar a alguien a remover los tapones de hojas en los desagües en plena tormenta? Sólo a mi gorda, a la que tanto respeto le tengo por haberme aguantado, pero bien merecido se lo tenía. Para ser franco, nunca le aguanté tantos regaños ni mandas, pero lo que más me hacía enojar era la forma en la que le hablaba a mi Valentina, mi pobre viudita. ¿Qué pasa con los hombres de hoy?, Ya ni muerto entiendo. Antes las cosas eran muy distintas, yo me acuerdo que mi padre siempre le decía a mi madre lo que tenía que hacer y ella con esa actitud tan ceremonial que siempre tuvo le cumplía todos sus caprichos. ¿Pero ahora?. ¡Dios!, Si yo les contara, nada más con que yo le pidiera algo a mi gorda y semejante regañada que me metía; Que para eso tengo manos, o que no puedo valerme por mis medios, de inútil nunca me bajó y yo, ahí me tienen, execrando sin cesar; eso sí, en voz baja porque si mi gorda me escuchaba, semejante lío en el que me metía.

Fue por eso que cambié los papeles. Para serles franco me dio un ataque enorme de pena el día en que llegué al juzgado con mi Valentina. Se veía tan bonita en ese vestidito azul que le traje cuando me fui de viaje. Me fascinaba la manera en que se le cernía al cuerpo, con sus pechos pequeñitos como dos palomitas tiernas que apenas quieren conocer la vida, y su culito grandote y tan bien formado. ¡Ah, si los muertos sintiéramos placer!. ¡Qué bonita se veía mi Valentina!, Tanto que el juez ni siquiera puso objeción y pasó por alto a los dos señores que contraté para que fungieran de testigos, era obvio que no pasaban por parientes de mi niña, pero el juez no dijo nada y nos casó con todas las de la ley. Deben creerme, ¡Qué bonita es la vida en México!, Si alguien me diera la oportunidad de nacer otra vez, sin pensarlo dos veces pediría que fuera en México. Nadie se fija en nada, cada cual puede hacer su vida de la manera que le plazca, ya me imagino en otro país, hubiera tenido que pedirle el divorcio a mi gorda, esperar un buen tiempo a que mi Valentina cumpliera la mayoría de edad, solicitar el reparto de los bienes y un montón de tonterías que a uno le hacen perder su tiempo, sin embargo, eso no fue necesario, lo único que tuve que hacer fue llevarme a mi Valentina al pueblito que está en las afueras de la ciudad y pedirle al juez que nos casara, eso sí, a cambio de unos buenos honorarios para que pasara por alto los cuarenta y cinco años que le llevaba a mi niña, pero como dije, en México eso no es problema.

Odio haberme muerto primero, ahora no sé qué va a ser de mi Valentina, ya no va a tener a nadie que la abrace por las noches cuando tenga frío, ni va a tener que andar metiendo cajas de zapatos detrás de la cabecera de la cama para que no haga ruido cuando tuviéramos amor, pobrecita, se ve tan triste desde aquí arriba que ganas no me faltan para bajar y decirle que he vuelto para ayudarla.

Le debí enseñar esas cosas de los juzgados, porque no tengo la menor idea de cómo va a reclamar la carnicería, la miscelánea y la taquería, de qué me sirvió hacer todo ese papeleo para modificar mi carta designataria si mi Valentina no tiene los recursos suficientes para enfrentarse a mi canija gorda. De no morirme, pude haber arreglado todo, hubiera mandado a volar a la gorda para quedarme en la casa con mi Valentina y que ella pasara de ser la empleada de la casa, a ser la señora de la casa. Nada más me acuerdo cómo le brillaron sus ojitos el día que se lo dije.

Lo peor de todo es que ni siquiera pude despedirme de ella, ni pude darle sus besitos de buenas noches porque la maldita muerte me agarró en la cama con mi gorda. Dicen que al morir uno ve toda su vida pasar frente a sus ojos y que después de eso uno ve un túnel largo y brillante por el que debe caminar, yo no vi nada. Lo único que recuerdo fue que mi Valentina me preparó mi té y me dijo que me esperaba en su camita, yo me subí a la habitación con mi gorda para que ésta no sospechara nada, es más, hasta le di su píldora del sueño y también le di su besito en la mejilla para que pensara que todavía la quería. Qué tristeza, ya no me dio tiempo, nada más recuerdo que no podía respirar y por más que le intenté de pronto me vi muerto desde acá arriba.

Ahí está mi Valentina, debí haberle comprado un traje negro, la muy pobrecita tuvo que irse con esa blusa floreada a mi entierro. ¡Voy a extrañar su cuerpo!, Vean esas piernitas rechonchas y esa carita inocente que tiene mientras se pone su camisón para dormir. Creo que todavía tiene lágrimas en sus ojitos, y cómo no, si debe estar bien triste por haberme perdido, pero eso sí, nunca me falla, véanla cómo sale de su habitación  y va hacia la cocina, debe estarle preparando algo a mi gorda, sí, seguramente es un té para que se pueda tomar su píldora del sueño.

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