Cuento 3 (Del libro: Diez cuentos para suicidarse satisfacotiramente)

Hay un hombre escribiendo en una computadora. Detrás de él, María, su secretaria intenta persuadirlo de cancelar sus citas del día y dar por terminado el trabajo de la jornada. Ahí está, mirando fijamente la pantalla y presionando con agilidad las teclas; mientras caracteres varios aparecen uno a uno con velocidad. Está enojado, no quiere hablar con María. Todo sea porque él sabe que necesita el silencio de la secretaria. Al parecer su esposa sospecha algo, aunque él ha sido sumamente cuidadoso tratando de no dejar objetos regados o manchas infortunas que lo delaten. Él cree que su mujer ha comenzado a levantar sospechas. Siempre ha tratado de regresar del trabajo a la misma hora, marcarle por teléfono antes de la comida y una hora antes de salir de la oficina para avisarle que pronto irá a casa. Esos detalles son los que  gustan a las mujeres, creen que el hombre con el que se casaron las cuida, las respeta, las respalda, cuando verdadera y dolorosamente ellos andan viajando por otros cabellos.

Sí, él cree que no tiene motivos para sentir celos. Después de todo ella es la que le debe un perdón, aun no pude olvidar los besos que observó a su esposa darse con su mejor amigo. Es cierto, eso fue hace varios años, él y ella ya eran novios. La secretaria no existía para ese entonces. Pero le dolió, recuerda cómo regresó a casa ese día con un impulso incontrolable por llorar, adjunto a otro impulso por romper cosas. Llegó a casa, sí, lloró y rompió aquella lámpara con forma de elefante que tan celosamente conservaba de su niñez. Sin embargo, esa noche se recostó, pensó bien que toda persona en el mundo se merece una segunda oportunidad. No era necesario comentarle nada a ella, ni reclamarle lo más mínimo. Si ella era una buena mujer, tarde o temprano se lo diría, se arrepentiría de sus actos, o ¿qué se yo?, haría algo, no sé, una carta, un beso, alguna de esas cursilerías que las mujeres hacen para pedir disculpas por sus actos.

María estudió en la escuela para secretariado. Le urgía trabajar, proviene de una familia de clase media que a decir verdad no necesitaba el dinero con urgencia, sin embargo lo que siempre quiso era salir de su hogar, abandonar a sus padres, por eso aun con escasos veinte años él la contrató. La hizo su secretaria y en verdad que es buena. Es organizada, lleva la agenda perfectamente, lo mantiene al tanto de todas sus citas, sus deberes, sus obligaciones, por la mañanas le lleva café; cuando es hora de almorzar, ella sin interrumpirlo le lleva esos sandwiches de albóndiga que tanto le gustan. Sí, los de la tienda de enfrente de la oficina. Ella es bella, quizás en estos momentos podría ser modelo, no profesional pero si tener en su haber unas cuantas pasarelas de algún diseñador desconocido o que intenta sobresalir, mínimo de edecán si la hubiera hecho. Pero no, el secretariado era rápido, no gana mal, necesitaba colocarse, también se puede decir que tuvo suerte. Esa tarde llegó, enseñó el currículum que solamente certificaba sus estudios y él la contrato. Seguramente por la falda corta que llevaba y anunciaba esas dos piernas perfectamente delineadas.

Sigue prácticamente metido en la pantalla. Se detiene un poco, bebe café, corrige un error ortográfico. Ha escrito haber con uve. Se ruboriza, espera que su secretaria no haya visto esa garrafal falta. Quiere tocarla, mira por debajo de su brazo y observa esos pies blancos y tersos que él suele lamer antes de iniciar el acto. Es cierto, el cree que nunca la ha tocado, siente pena por sus actos, la ha poseído más de una ocasión, pero prefiere mantener esa realidad en secreto, es preferible engañarse a sí mismo que enfrentar la realidad de un vergonzoso adulterio. Bien sabe que la contrató por su hermosa figura. Es buena, él la admira y laboralmente le es indispensable. Sin embargo eso no lo sabía cuando la contrató, le vio las piernas, los pechos adivinables detrás de esa blusa de rayas azules y negras y pensó: ¡es ella!. Con María; mi esposa va arrepentirse por no haberse disculpado nunca. Él es bueno, en verdad, no lo digo por ser el escritor. Él es un excelente hombre, es pura farsa, quiere vengarse de su esposa, poseer como varón o animal a la secretaria, da lo mismo. Pero es incapaz de hacerlo en su mente porque en el fondo verdaderamente ama a su esposa. Sin embargo, su realidad es muy distinta, él lo recuerda como un sueño vago y trata de escapar a esa imagen, pero cuando él imagina a su esposa besarse en tiempos de preparatoria con su mejor amigo lo invade la rabia, el rencor ,y salta como un ave carroñera sobre ese cuerpo hermoso de María. Ese cuerpo que seguramente esconde entre la piel historias más perversas, sexuales y  extremas.

Ella recoge las maletas, aun no está lista para decírselo del todo, pero algo tiene que hacer, por lo pronto es la mejor solución que se le ocurre. Ha dejado el grifo del agua abierto porque alguna vez él le dijo que si en el futuro ella lo quería abandonar, ella no tendría que decir nada, solamente bastaría con dejar el grifo del agua abierto para que él entendiera todo.

María sigue parada de tras de él, lo mira recelosa, un aire de cinismo la hace sonreír mientras observa a su jefe absorbido por el incesante tecleo en la computadora. Tiene que decírselo pero no encuentra el momento. No hay nadie más en la oficina, seguramente él, en cuanto termine de escribir la invitará a cenar, o al menos la llevará a su casa, tal vez la cena sea el mejor momento para abordarlo, o quizás cuando esté en la puerta de su casa.

No sabe qué hacer, se siente derrotado, las palabras saltan solas sobre la pantalla mientras él piensa que María lee lo que escribe, piensa que aunque lo lea no sabrá de lo que se trata la carta, sin embargo le incomoda el hecho de que ella lo mire. Ayer por la mañana fue al notario público. No puede vengarse de su esposa, le ha dejado la casa y un porcentaje de la empresa, en total un cincuenta por ciento de sus bienes, un cuarenta por ciento para María y el último diez por ciento para Joaquín, su empleado de mayor confianza. El testamento está hecho. La carta casi está terminada.

Ella sale de la casa, le duele pero así son las cosas. Lo ama como ser humano, no más como hombre. El amigo de él ya la espera. Sale a la calle. Sube al auto, ambos se besan, el mejor amigo de él le dice: -Haz hecho lo correcto, a mi también me duele, pero en el amor todo se vale-

Firma su sentencia final, se disculpa ante todos por las absurdas disyuntivas de su mente. Saliendo de la oficina, después de dejar a María se arrojará al río

Hay dos autos, uno rojo:  él con su secretaria María; en el auto azul; su mejor amigo rapta a su esposa. ¿en verdad el amor es un rapto? Los primeros en el auto rojo van rumbo a casa de María, quien aun no sabe como darle la noticia. ¿Cómo decirle a tu amante que su empleado de mayor confianza besa los mismos pechos que él?, ¿cómo explicar la sórdida realidad de no saber de qué hombre es el producto que se lleva en el vientre? Es algo vergonzoso, repulsivo, repugnante, tal vez lo más bajo que le podría suceder a una mujer. Pero a todo el culpable no sería él por tener una aventura y en este punto ¿ella solamente se convierte en el objeto del deseo de dos  concupiscentes varones?, ¿la poligamia es un crimen mortal o en este caso es un crimen propiciar la vida en tales condiciones?. Ella no sabe qué decir, le parece vergonzoso tener que realizarle estudios genéticos a su hijo para descubrir al padre original, porque el aborto ni siquiera está contemplado. María prefiere callárselo, no sabe como reaccionará su jefe. Lo más triste para María es que ni siquiera lo ama, desea que el hijo sea de Joaquín, él si es un hombre apuesto; y no un repulsivo y obeso ente que dice ser un excelente jefe. Antes de llegar a casa logra aceptar que siempre lo ha odiado. No le dice nada.

Los otros del auto azul van rumbo a Cuernavaca, se toman de la mano, crean plática dispuestos a olvidar la traición que le hacen a su esposo y mejor amigo respectivamente.

Él llega al puente, estaciona el auto dos cuadras atrás para no generar sospechas. Las calles están ya casi vacías; solamente hay uno que otro vagabundo que habita por esos rumbos. Llega al muro de contención, observa el caudaloso río, cree que si corre con suerte el impacto con el agua lo desmayará y así no podrá sufrir la desesperación de ahogarse entre las agresivas corrientes. Se coloca en posición, cierra los ojos, se deja caer al vacío.

Tres días después descubren el cuerpo. La primera en saber la noticia es María, ella fue quién contactó a la esposa y al mejor amigo. En el funeral todos con rostros compungidos lloran hipócritamente por la muerte de él. Se abrazan con los demás asistentes al velorio. Sin embargo; por dentro, todos gozan la decisión de él al haberse arrancado la vida. Nadie les estorba ya en sus planes.

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Una respuesta to “Cuento 3 (Del libro: Diez cuentos para suicidarse satisfacotiramente)”

  1. itzel Says:

    muy buen cuento
    todo podria ser
    basado
    en la vida real
    ya que no
    sabemos
    a que
    tipo de personas
    tenemos
    a nuestro
    alrededor.
    Por eso devemos tener mucho cuidado.

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