La Presencia Ausente

He intentado morir por ti, tomé una espátula del cajón de nuestro viejo buró y así después, muy despacio me fui quitando la piel. He intentado morir por ti, así, muy despacio, para darle un sentido al amor, para dejar siquiera como vestigio de nuestra fallida unión, una muerte trascendental, íntima, memorable. En alguna ocasión, por ejemplo, dejé de respirar varios minutos hasta desmayarme. Sé que eso, posiblemente, no me lleve a cumplir mi objetivo, sin embargo hace más interesante este camino que culminará con mi deceso al final de estas líneas; líneas que escribo con sangre, misma que llevo extrayendo de mi cuerpo desde hace varios días, con una jeringa, que ahora hace las veces de bolígrafo.

Hay tantas formas en las que quiero regalarte mi muerte. Por momentos la imaginación no me es suficiente para encontrar nuevas formas de lastimarme, de herirme. Formas que de alguna manera ejemplifiquen físicamente el lastre de la soledad, de tu ausencia, ese vacío que llevo en mi interior. ¿Cuántas veces no me odiaste? ¿Cuántas veces no me abofeteaste?, ¿Cuántas veces te fuiste de la casa sin importar la tormenta? Hasta este día, no lo sé.

¿Hasta cuando lograré concluir con este vía crucis?, sí, este; me he esforzado profundamente para no decepcionarte, he experimentado cualquier medio posible para satisfacer tu ego y los rincones más oscuros y pervertidos de tu imaginación. Las acciones que realizo, se han convertido en un reto, una necesidad muy personal, una necesidad de ti y a la vez de mi cuerpo por entregarse a tu historia, rendirse a los pies de tus sentimientos y lamerte las suelas de los zapatos como el humilde esclavo que soy de tu existir.

He intentado morir, por ti, tomando un litro de leche guardada fielmente tras el viejo refrigerador a lo largo de un año. La bebí con gusto, con placer. Justo al instante vomitar pensé en ti, en las veces cuando te escuché pronunciar mi nombre con palabras de odio; tenías razón, por ello bebí esta leche vieja, para purgar mi espíritu por todas las cosas infames e ignominiosas que te dije, profané tu nombre. Ahora, seguro estarás preguntándote: ¿por qué la leche?, no sé si ya lo has olvidado, esa noche, después de nuestro último ocaso, cogiste de la mesa el vaso del que estaba bebiendo y lo arrojaste al suelo con odio, con desprecio; tu rostro se transformó de tal forma que dejé de reconocerte, no supe si estaba ante ti o ante un demonio escondido que con el tiempo yo confeccioné y alimenté con la basura del ser que soy.

Ahora escribo, bajo el mismo techo que en tantas ocasiones presenció, gracias a su vitalidad estática, los movimientos de nuestros cuerpos desnudos, los vaivenes de la pasión desatada. Estoy rodeado por estas paredes mudas, que soportaron en varias ocasiones las ondas acústicas producidas por los gemidos de tu cuerpo cálido y que también soportaron con una profunda melancolía, el peso de tu espalda cuando te desvanecías en un llanto continuo y desgarrador. Ahora escribo, te escribo a ti mientras aprendo a caminar, mientras descubro con cada letra la clase de ser humano execrable que soy. Te escribo con el corazón oprimido, con los pulmones que a penas pueden respirar por el humo inhalado continuamente, por las cadenas que me he atado alrededor del tronco para simular la fuerza de tu abrazo. Te escribo porque ya no he encontrado otra forma en la que pueda morir, ya no existe nada más por hacer. ¿Una pistola?, es algo bastante cursi, bastante normal. Sería concluir con esto en un instante y eso es algo que no te mereces. Además, sería difícil incorporarme y caminar, hace algunos días que no lo hago, todo lo útil lo tengo a mi alrededor, puesto que he amarrado fuertemente la base de cada uno de los dedos de mis pies. Hace horas que dejaron de doler, ya no los siento. Los veo y ostentan un color que pretende ser negro. Es necesario acumular la energía suficiente para mi último viaje hacia la cama.

Ahora sé que todo terminará pronto. No sé si finalmente me habré ganado tu respeto, eso estará por verse. El cuerpo está débil. Por momentos siento espasmos en el estómago, hace días que dejé de comer. ¿dormir?, ni lo menciones. ¿cómo profanar nuestra cama con mis sueños libidinosos? En los que tantas veces traje a otras mujeres sin que te dieras cuenta. ¿cómo?. Me llena de rabia siquiera pensar que te fallé de tantas formas, tú nunca tuviste la culpa. ¡Jamás!, ¿lo entiendes?, ¿logras comprenderlo?. No tuviste la culpa de que te tratara mal, ¿o qué?, ¿acaso eres culpable por llevar a tu casa a un artista desconocido que siempre estuvo enamorado de ti?, no lo eres. Yo sólo quería darte lo mejor de mi, y heme aquí intentándolo. Toda mi capacidad creativa para hacer de mi muerte, la más artística, así como tu deseabas que fuera la tuya, digna de ser recordada.

He de contarte que me siento orgulloso de lo que realicé hace algunos meses. ¿recuerdas aquel jarrón inservible? ¿ése de cerámica para el que nunca encontraste uso?. Pues yo lo usé, en tu nombre; cogí un marcador de tinta negra el último día que visité la calle, me escabullí entre los demás departamentos hasta llegar al jardín, una vez cumplido mi objetivo regresé a casa, escribí por todo el jarrón tu nombre y lo llené de tierra hasta la mitad, después, vino el verdadero sufrimiento, el sacrificio, até fuertemente una de estas manos que te escriben sobre la mesa y me castigué, con unas pinzas de punta y un desarmador, me fui arrancando cada una de las uñas de mi mano derecha, así, muy despacio. No fue una tarea sencilla, pero creo que al menos eso te debía después de abofetearte aquella noche en que la luna no salió.

Me mirarás con esos ojos hermosos y verdes. Habrás de amarme ahora que estoy a poco de morir, de cumplir mis objetivos. Habrás de recordarme para siempre. Libre de todo pecado cometido. Libre de todo golpe, de cada fractura. Ha llegado el final. En cuanto termine de escribir esta carta, esta herencia; habré de tomar los sesenta y ocho clavos, los que con tanto trabajo enderecé y apilé en este escritorio en los meses anteriores. Tomaré ese martillo con el mango negro que estoy mirando en este instante y de un certero golpe, los clavaré en mi cabeza. Uno por uno. Deseo que cada clavo emule el sonido que hizo hace exactamente un año, cuando fueron incrustados en tu ataúd. No sé cuántos resista, no sé cuánto tiempo resististe después de haber ingerido el veneno. Por ello, quiero que sepas que llevaré a cabo mi meticulosa tarea sobre la cama, a un lado de tu cuerpo inmóvil, para que así, desde ahora y para siempre, estemos juntos.

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4 comentarios to “La Presencia Ausente”

  1. F. Bachomo Says:

    Gracias por tus comentarios. No, no recuerdo París, vivo en París… recuerdo mi Sinaloa, del que vivo separadod desde hace 7 años.

  2. lully Says:

    Un escrito de la ausencia, un escrito de ese algo importante que está lejos pero a la vez cerca muy cerca… haciendo que los lectores sintamos ese sentir.
    Un abracito afectuoso desde Medellin, Colombia!

  3. Dilog Says:

    sin palabras, se me erizaron todos los vellitos de la piel, excelente, de locos pero exclente

  4. Veronica Says:

    No puedo creer lo mucho que me gusta leer esta pagina :s

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