Ahora tu sombra

Hoy recordé que ya no debo recordarte

Uno de enero del dos mil siete. Han pasado ya seis meses desde aquel último instante, último encuentro. Recuerdo que esa tarde nos despertamos después del medio día; habíamos dormido plácidamente en aquel hotel que estoy seguro, jamás volveré a pisar. Tú te levantaste fresca, tomaste una ducha y nos volvimos a recostar. Estuvimos dando vueltas en la cama como dos personas que unidas por la suavidad de una caricia se entregan a la deriva del tiempo. Sabíamos que nos faltaban pocas horas para separarnos, teníamos la prueba indiscutible del sol comenzando a declinar sobre las casas, en el horizonte que se distinguía a través de la ventana. Ahora que lo pienso, fue ese día cuando el sol anunció en un significado oculto que el ocaso no era del día, sino era nuestro.

En este momento, he de admitir que la memoria se comienza a nublar, se ha generado una espesa niebla entre tu silueta y mi razón. Aunque eso es algo que no debe sorprenderme, puesto que siempre un final, trae consigo un encuentro cercano con el olvido. Las historias dejan de poseer esa cualidad narrativa que las caracteriza cuando se escriben y dicen con constancia, se manchan de matices grisáceos que con el tiempo, sólo es posible recuperarlos con la espátula de una historia nueva, fresca.

Aquel día no dijimos mucho, sencillamente nos abrazamos, caminamos por la calle. Recuerdo que fuimos a un restaurante que está a las afueras de la ciudad, el mismo en el que en otra ocasión aprisionamos en el recuerdo después de mirar un mural bastante rudimentario que fungía como adorno del sitio. Recuerdo que en aquella otra ocasión, conversamos sobre la frialdad del tiempo; ambos imaginamos cuán triste podría resultar que ese mural dentro de muchos siglos, se convirtiera en un objeto de estudio para analizar a la civilización que vive en nuestros días; incluso convirtiéndose en una ruina; con guías de otros tiempos que afirmarían conocer a la perfección nuestras costumbres, con hipótesis creadas a través de trazos pobres y pintura aglutinada sumamente colorida. Esa tarde comimos y lloramos, sin saber que nos aproximábamos a nuestro futuro desencuentro; las horas transcurrieron con la lentitud acostumbrada; para que después nos dirigiéramos a nuestro destino final: El Aeropuerto.

Llovía, el sol estaba a punto de ocultarse. Cuando entramos a la terminal tuve que apresurarme para registrar mi equipaje, mientras tu esperabas paradita detrás de mi; quizás sintiendo el triste dolor de una separación, quizás vaticinando la ruptura absoluta. Faltaban pocos minutos cuando se dejó escuchar por vez primera el fatal anuncio por el alta voz. Recuerdo que todavía me di el tiempo para pagarte el boleto del estacionamiento. Nos despedimos en la entrada. Comencé a caminar hacia las escaleras que llevan a la sala de abordar. En ese instante pensé que el último beso había sido demasiado efímero, demasiado seco. Bajé con velocidad las escaleras y pude alcanzarte en la calle, antes que entraras al estacionamiento; te aprisioné en mis brazos y te besé como jamás pensaste que te besaría. Sequé tus lágrimas, te dije que te amaba y que lo haría por siempre. Te dije que nos volveríamos a ver. Después de eso te diste la media vuelta y comenzaste a esfumarte en la niebla de mi mente.

Ahora tu sombra merodea mi mente. Por momentos me doy cuenta que se cuela en mi cuerpo, entre mis pulmones, mi estómago. A veces todavía siento que intenta escapar por mis ojos, cuando un ocaso o alguna melodía lejana se deja escuchar en el entorno. Ahora tu sombra es lo único que queda tuyo en mi. Invisible, pura, pero invisible. Ya nada podemos hacer para rehacerte. Puesto que lentamente, este minúsculo detalle de tu vida que permanece en mi, comienza a desvanecerse.

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