Delirio

“Su presencia, dice en este escrito,
su destino, la parte que ella toma en el mío,
expresan todavía las últimas lágrimas de mi cerebro calcinado.”
J.W. Goethe.

Las siguientes palabras las escribo a lo lejos. Cuando todo lo que pudo decirse se ha dicho. Cuando todo lo que pudimos odiarnos se ha odiado. Ahora me encuentro en el punto más lejano del amor y, tal vez, el más cercano. Ya no te odio, es verdad, a pesar de habernos separado creo estar más cerca de ti que nunca, lo digo porque ahora estoy solo. He bebido cuatro cervezas y ahora te extraño y, creeme, sé que para este momento ya estarás pensando que es el alcohol el que habla y no yo, pues déjame decirte mi amor que te equivocas. Una vez más te equivocas. ¿cómo olvidar todo nuestro tiempo?. ¿cómo deshacerse del pasado? ¿Acaso lo nuestro fue tan efímero e intrascendente para arrojarlo a un cesto como una bola de papel?

Nunca te lo dije, pero creo que todavía te amo, te amo por esta maldita nostalgia que me trae tu nombre a través de las ventanas, esta maldita nostalgia en la que apareces tan bella como aquella vez que nos vimos en el café frente a la iglesia. En aquel entonces, al mirarte, no puede evitar sentirme atraído por tu belleza, sé que detestas que te hable de ella pero es precisamente en estos momentos cuando no puedo evitar hacerlo. Estabas sentadita, bebiendo un café capuchino aparentando mirar a la gente, yo te vi y me quedé atónito, abstraído de toda realidad, emancipado de mi cuerpo. Tu piel blanca, tus pechos pequeños y firmes ocultos bajo la blusa blanca, tus tobillos tímidos asomándose por el final de la falda. Sé que es estúpido pero ahora me arrepiento de todo. En mis oídos zumban las palabras dichas, las maldiciones expuestas. ¿por qué fuimos incapaces de comunicarnos?, ¿por qué no dijimos nada más? ¿por qué nos refugiamos en lo oculto e hicimos del secreto nuestro medio de vida?. Esa tarde en el café no había nada, en lo absoluto, no teníamos si quiera la confianza para saludarnos de beso, ¿por qué entonces después seríamos capaces de atormentarnos tanto?. Si eres tan bella, tan pura, tan sana. Ahora te miro como un ser precioso, y no como el motivo de todas mis desgracias. Todo está claro mi vida, tú y yo pudimos hacer algo grande pero no lo hicimos, pudimos ser lo que el mundo desea ser, pudimos ir más allá de las fantasías; si siempre nos comunicamos tan bien. ¿por qué no dejamos que los cuerpos siguieran hablando?, ¿por qué nos hemos privado del placer del encuentro desnudo, de la caricia espontánea?

Esa tarde me presenté y traté de verme como un caballero; supongo que todavía no lo sabes pero justo acababa de recoger el traje con el que me viste. Amo la causalidad, en verdad la amo. ¿Qué habría ocurrido de ir a recoger el traje unas horas después?, la hora estaba marcada por el universo. Me resulta difícil olvidar cuando le dije al hombre de la sastrería que me llevaría el traje puesto, él hizo un gesto extraño pero al fin de cuentas yo era el cliente y, si quería salir bien vestido de su establecimiento, no me lo podría negar. Esa tarde no viste lo que había dentro de la bolsa, estoy seguro que de haberlo sabido no me hubieras prestado tu maravillosa atención. No lo supiste porque no quise decírtelo. Me pareció tonto en ese momento, además, estoy seguro de que me hubieras rechazado. Ese primer encuentro se ha quedado guardado en mi memoria como la historia en los anaqueles del tiempo. Sabes el esfuerzo que hice para comportarme bien, ya te lo he dicho, como un caballero y tú lo creíste. Porque de alguna forma al estar sola en ese café estabas abierta a cualquier tipo de situación que se presentara, yo fui una situación, un hecho meramente aleatorio. Por primera vez en mi absurda existencia tuve el valor de acercarme, de presentarme y cortejarte así, abiertamente, sin tapujos. Tú estabas en cierta medida desconcertada, pero sé bien que no tenías miedo, lo sé porque en ese instante confiaste en mí y supiste que nada malo te haría. Lo supe por tu mirada, que a pesar de estar oculta tras los anteojos oscuros, estoy seguro lucía brillante, elegante, única.

Dos días después nos volvimos a encontrar y ya no fue necesario establecer una charla. Tú me tomaste de la mano y yo estúpidamente me deje guiar como un niño de la mano de su madre. Porque confiaba en ti, porque sabía que contigo nada malo me podría suceder. Recuerdo que nos metimos al primer motel decente que encontramos, fue tan divertido ver como te alejaste de la recepción y te quedaste mirando una planta a punto de marchitar en una maceta sucia. Sé que tenías pena, lo sé porque yo también estaba avergonzado, nunca antes de ti lo había hecho; prácticamente éramos un par desconocidos en un motel, éramos dos personas unidas por el destino, fuimos dos seres frágiles a la intemperie de la naturaleza humana, desnudos frente al deseo. Sé que antes de ir hacia ese lugar, mientras caminábamos sobre la acera, ambos teníamos la idea en mente de llegar al cine, pero esa idea era nada más un escudo de nuestro pudor, porque bien sabíamos lo que ambos deseábamos. Queríamos ir más allá de las palabras, de las miradas, deseábamos apasionadamente conocer lo que había debajo de esas ropas, enfrentarnos con la carne y la piel, entregarnos mutuamente como dos seres indefensos que lentamente deshojan el libro de la pasión. Cuando llegamos a la habitación, los prejuicios quedaron fuera; todavía me parece cómica y tierna la carcajada que soltamos al ver las condiciones del lugar, pero ¿cómo no reír?, si según ambos era el motel más decente por la zona. Fue tan tierno ver tu mirada al encontrarnos de súbito con las paredes pintadas de morado, las luces neón rosadas adornando el marco de un espejo enorme en la cabecera de la cama. Me llena de alegría recordarlo, porque ahí fue cuando ambos supimos que sí existía una comunicación aparte entre nosotros, no pudimos resistir la carcajada, no pudimos, porque realmente el lugar era el peor que pudimos haber escogido; pero eso no importó, tú llegaste de un brinco a la cama y me pediste que encendiera el televisor, ahí fue nuestra siguiente sorpresa; el volumen del aparato estaba en su máximo y ambos nos apenamos por los estrepitosos alaridos de la mujer que aparecía en la película pornográfica. Lo mejor de todo fue que yo me apené tanto, ¿recuerdas?, me apené tanto que intenté bajar el volumen, pero en lugar de hacerlo cambiaba de canal varias veces, siempre cayendo en películas porno, tú te pusiste de pie y con tu dedo largo y blanquísimo la apagaste. ¿cómo olvidar lo que sucedió después?

Ahora a la distancia, como lo dije en un principio, lo recuerdo como si lo estuviera viviendo. Aquel que dijo: Recordar es vivir, no tenía idea de la profundidad de la afirmación que estaba haciendo. Nos miramos, la habitación comenzó a quedarse en silencio. Los autos de la avenida dejaron de escucharse. Estábamos frente a frente, sin tocarnos, sólo mirándonos. Los ojos se adelantaban a lo que vendría enseguida. Te tomé de la mano y me acerqué a ti. Pude sentir tu aliento fresco y el sutil aroma de tu perfume. Por primera vez me di cuenta que soy más bajito que tú pero no dije nada, sé que estabas nerviosa y que nuestras mentes estaban unidas, acto seguido sin decir una palabra te quitaste los zapatos y sonreíste, sonreíste porque a pesar de ello seguías estando más alta que yo, pero eso no nos importo. De súbito, como un relámpago que rompe el silencio de la noche, te besé y te tomé por la cintura. Tú me tomaste del cuello con una mano y con la otra me acariciaste suavemente la mejilla, retiraste mis lentes y los pusiste a un costado del televisor. Ya no había nada que ocultar, el beso se prolongó el tiempo que necesitaba prolongarse, no era necesario apresurar las cosas, Nuestras manos tímidas comenzaron a acariciar la ropa, a arrugarla. Yo levanté un poco tu blusa para sentir tu cintura tibia, tú metiste la mano bajo mi camisa blanca y me permitiste percibir una frescura incomparable, fue como si en una tarde calurosa dejaras escurrir una gota de agua helada por mi cuerpo. Todo era silencio. El más bello de los silencios. Lentamente sin violar la unión de los labios, caminamos hacia la cama, sin separarnos, yo no pude contener el deseo de besarte el cuello, hice a un lado tus cabellos para conocer el origen de la esencia aromática que en combinación con tu ligera traspiración, creaba un aroma sutil y memorable. Fue entonces cuando dejaste escapar un ligero suspiro, mismo que imité fielmente cuando posaste tus manos en mi espalda. No había prisa, todo era silencio. Yo seguí besándote el cuello, como si estuviera extraviado en un laberinto del cual no se desea salir, tú hiciste la cabeza para atrás, como si me dieras la completa libertad de recorrerlo a placer; yo no quise decepcionarte y así lo hice, fiel a los mensajes que tu cuerpo me comunicaba. Deslicé con lentitud mis manos debajo de tu blusa y acaricié tus pechos por encima del sostén, sintiendo los surcos de los encajes del mismo. ¿cómo no valorarte? ¿cómo no amarte?, si minutos después la memoria se nubla, ahora sólo tengo vagas imágenes de lo que ocurrió después. Ambos nos transportamos a otro universo, uno alterno, en el cual los recuerdos carecen de importancia, un universo que impide describir esa tarde, no porque no lo desee, sino porque es imposible. Cuando nace la intimidad todo lo demás sale sobrando, toda palabra parece incompleta, toda razón se vuelve absurda. ¿por qué no pudimos seguir así?, ¿por qué no seguimos construyendo el amor de la forma tan sabia en que lo hacíamos?. ¿ por qué?. Ahora estoy solo, sin tu cuerpo, solo, con tu nombre acompañándome como un epitafio de mi inexistente vida.

Ha comenzado a llover, como aquella tarde en esa habitación morada. Sólo que ahora continuamente se cuelan por la ventana ráfagas de viento heladas que me calan los huesos, mismos que todavía traen tatuado tu cuerpo. La piel se me enchina, nada más que ahora se enchina por tu ausencia, por la falta de tu cuerpo caliente a un costado del mío, no como en esa ocasión, cuando al sentir frío, ambos nos levantamos de la cama destendida para refugiarnos entre las sábanas, no por pudor, sino para la ambiciosa necesidad de cubrirnos con nosotros mismos, de unir nuevamente lo que segundos antes ya se había unido. ¿cómo olvidar amor, por qué hacerlo?. Esa tarde fue la mejor de mi vida, la recordaré hasta el día de mi muerte, por ambos, por lo que logramos construir en tan poco tiempo. Tú y yo reinventamos el erotismo, la pasión y lo hicimos a nuestra humilde manera. Fuimos dos seres capaces de encontrarse en la nada, en el tumulto, dos seres que escucharon un grito de soledad entre la velocidad apresurada del mundo actual, de la ciudad que a ambos nos vio nacer y que nos forjó como dos personas especiales para encontrarnos en un café frente a una iglesia. La misma iglesia en la cual nos dimos esos anillos, sí, los anillos que nos reafirmaron como pareja frente a dios, no ante un sacerdote ni testigos o invitados, tú y yo nada más, en un altar, meditando sobre la entrega y orando por un futuro próspero. Fue un compromiso individual y mutuo, al menos ahora sé que en ese instante lo hice con toda la fe porque yo te amaba, te amo, todavía te necesito. A pesar de que días después una desagradable circunstancia nos separara, nos hiciera convertirnos en bestias que bramaron incoherencias y ofensas. Todavía te amo y por eso lo escribo aquí, porque ingenuamente pienso que si llegaras a leer esta carta regresarías a mi, y me perdonarías por lo malo que fui contigo, por haberte traicionado con otra mujer, con otro encuentro furtivo que ni por asomo se compara con lo nuestro. Estoy arrepentido. Eres una mujer muy especial, lo sé, porque pude ver la pureza de tus sentimientos, ahora sé que tus argumentos para defender la relación el día en que estaba muriendo no son megalómanos, son reales. Porque entiende, yo te amaba, ahora mi cuerpo necesita del tuyo, mi voz no suena igual sin la tuya, mis pasos ruegan por el eco de los tuyos.

Fui un mal hombre mi cielo, lo fui, pero he venido para remendar mi error, para reconstruir el trágico andamio del cual caímos, seguimos cayendo. ¿por qué no pude valorar tu belleza?, si eres una mujer franca, digna de cualquier hombre lo sé, menos de este que te habla, de este que ruega porque regreses a su vida. Siempre me gustaste y siendo sincero, te amé en muy poco tiempo, por esas charlas largas en donde no importaba el tema sino nada más tu compañía, tu presencia. Me hiciste ser un hombre feliz. Fuiste, eres mi complemento ideal. Eres perfecta en todos los sentidos, yo fui el imperfecto, el humano, tú fuiste la extraordinaria, yo fui el del error y sé que con tu bendita benevolencia podrás entender y me perdonarás; me permitirás ir nuevamente a tu departamento y pasar horas a tu lado mirando a las personas de la calle a través de la ventana, hasta que nos de frío y posteriormente vayamos a la cama, o salgamos a tomar un café, al cine, al parque, ¿qué sé yo?, lo que sea. Hicimos tantas cosas que ahora extraño. Tu compañía no se compara con la de nadie, sería una aberración siquiera pensarlo. A veces imagino que estarás por la calle, saliendo de la oficina pensando en qué habrá sido de mi. En varias ocasiones he permanecido sentado en la banqueta de la iglesia para ver si llegas a tomar otro capuchino. No sabes cuántas personas he visto pasar, cuántas veces me he emocionado por creer verte, por imaginar que nuestros cuerpos de alguna manera se siguen llamando. De hecho, todos los domingos voy, a veces nos imagino saliendo de la iglesia el día de los anillos, en otras imagino que tú me ves y que llegas detrás de mi para sorprenderme, y saludarme con un caluroso abrazo que además de tu cariño me trae tu perdón. Amor, te necesito. Hay tantas cosas que debemos hablar, si supieras lo mucho que he sufrido porque no estás a mi lado; mi necesidad por ti ha llegado a tal grado que hace dos días, tuve el valor de ir a tu edificio y te esperé toda la noche como un perro guardián, sentado en tu puerta, hasta que el vigilante del edificio me pidió que saliera, me dijo que me veía sospechoso o algo así, yo le dije que había ido a buscarte y, por cobardía, le pedí que no te dijera nada, le di una propina para comprar su silencio, porque sé que al llegar a tu casa siempre le preguntas si alguien fue a buscarte, no le digas nada, al contrario, yo le pedí que mintiera porque en ocasiones siento que no tengo cara para enfrentarte y darte una sincera disculpa. Herí tus sentimientos, lo sé, pero de alguna forma trataré de resolverlo, porque me siento solo, muy solo, estoy abatido por la soledad, la nostalgia. Mi vida es una desgracia porque no estás en ella.

¿Y ahora en dónde estarás? Siempre me hago esa pregunta, siempre. Cuando salgo de la oficina, cuando me acuesto para dormir, cuando despierto. Odio mi maldita ingenuidad, mi estupidez ambulante. Necesito de tus palabras, necesito de ti, te lo juro, lo necesito. Te amo, no he podido dejar de amararte a pesar de todo, me dejaste marcada para siempre ¿en dónde estarás? Seguramente con esa desgraciada que te apartó de mi, con esa estúpida usurpadora de mi vida. Amor, te necesito. Estoy llorando por ti, ¿no puedes verlo? Ya nada me consuela, nada, ni siquiera esta maldita carta que escribo como si tu la escribieras para disfrazar tu ausencia.

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3 comentarios to “Delirio”

  1. ivan el tucan Says:

    ME GUSTA PERO SIENTO QUE EN ALGUNOS MOMENTOS PARECE CARTA Y PIERDE TODO EL ESTILO DE CUENTO LO CUAL ME HACE PENSAR QUE ESTOY LEYENDO UNA SIMPLE CARTA QUE ALGUINE LE ESCRIBE A SU EX NOVIA CREO QUE NECESITARIA UN POCO MAS DE TENSION O ALGO QUE ME HAGA METERME DE LLENO AL CUENTO Y NO DEJARLO EN UNA SIMPLE CARTA.

    SIGUE CON ESE TALENTO.

  2. Bendita Causalidad Says:

    No vas a continuarlo?
    Besos

  3. Garo Says:

    Interesante. Pero a veces se diluye. Saludos me encanta tu espacio.

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