Confesiones Apócrifas I

Varoom!

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roy-lichtenstein.gifHoy hice algo que nunca antes había hecho. Resulta ser que salí un poco tarde de casa para irme al trabajo; eran casi las 8 de la mañana cuando a penas me estaba subiendo al auto; ya quizás sin la prisa de llegar a tiempo, porque de alguna manera sabía que no lo iba a lograr. Cuando saqué el auto de la cochera me despedí de mi padre con un movimiento de la manoroy-lichtenstein.gifroy-lichtenstein.gif y entonces sí, a pisar el acelerador por aquello de recuperar un poco el tiempo perdido en la mañana.

Me sentía cansado; la noche anterior me la había pasado platicando con mi novia hasta que dieron las tres y media de la madrugada, hablamos de cosas reales y fingidas, ella me comentó que deseaba tener un hijo, porque desde hacía pocos meses, le había surgido un instinto maternal que jamás experimentó. Yo le comenté que, a diferencia de su instinto, no me encontraba en la disposición de procrear y que le hiciera como quisiera; si quería embarazarse de alguien más, sería su problema. O bueno, la verdad, no me atreví a decirle eso aunque sí lo pensé, lo único que se me ocurrió decir fue: -espera un tiempo para que podamos casarnos y una vez con todo y matrimonio, podremos estar listos para dar el siguiente paso- creo que se quedó tranquila. Cansado y con la idea de no tener tiempo para ir a comprar un café antes de llegar a la oficina, pisé el acelerador mientras una canción de la década de los noventa me llenaba las arterias de adrenalina. Sé que podría parecerles algo bastante looser, pero no se engañen, todos hemos tenido esa sensación más de una vez, la de estar en el trailer de nuestra propia película y sentir que nadie alrededor nos merece. Eso vaya que es una de las mejores experiencias que pueden existir. Yo corría y escuchaba Desenchantee, de Kate Ryan. La verdad no entiendo ni jota del pinche francés, pero al menos la música en su propio lenguaje me transmitía esas sensaciones, que para mi eran suficientes. Para aumentar mis males el tráfico estaba insoportable, a lo lejos, justo al pasar por encima de un puente se vislumbró un embudo de autos del que pensé no saldría jamás, pero salí y volví a poner la canción de Ryan. Ahora sí, creo que a pesar del cansancio y mi retraso todo pintaba normal; si me iba bien llegaría a tiempo al trabajo y pondría mi dedo en el lector biométrico antes que el reloj marcara las 9.00 AM. Pero justo después de meditar eso, pasó lo que vengo a confesar. El motivo por el cual los tengo a todos aquí en mi blog desde hace algunos minutos, con la extraña ilusión de que estén escuchando la melodía de Ryan, esperando que al oírla puedan sentir lo que sentí y me comprendan. Resulta ser que me metí por una calle para evitar el tráfico y venía manejando a una velocidad considerable para estar en una calle pequeña. Había niños atravesando la calle y a los lados se veía gente de clase más bien baja intentando ir hacia algún trabajo mal pagado. Frente a mi, iba un auto Jetta con luces de alógeno y estampas pegadas por todas partes. El auto iba demasiado lento y yo, iba demasiado pegado a su parte trasera. Llegó un instante en el que el hombre que lo conducía se frenó para dejar pasar a unos niños, yo me desesperé pero pude comprender que se había frenado por una buena causa, sin embargo dado a su enfrenón en cierta medida brusco, no pude evitar tocar el claxon. Lo que sigue es lo peor. El tipo me hizo un movimiento con las manos que me enfureció, pensé que me veía involucrado en un habitual juego de conductores soberbios, pero no sabía hasta ese momento que la soberbia me rebasaría. Una vez que los niños de la escuela terminaron de atravesar el auto se arrancó, pero frenando continuamente, como intentando hacerme enojar y provocar algún tipo de riña. Yo acepté entrar al juego con gusto y seguí acelerando y encendiendo las luces; algo bastante infantil; pero cuál va siendo mi sorpresa que al momento de tocar el claxon el auto se frenó y yo por poco me le estampo en la parte trasera. A penas si había espacio para que pudiera escapar; de él se bajó un tipo, más joven que yo, con un paliacate en la cabeza y una chamarra desteñida que traía el escudo de los Vaqueros de Dallas. –Es un pobre gato de pueblo- pensé. El tipo se me acercó brusco como un gallo de pelea, para ese momento sabía que yo tenía la desventaja de la posición dado a que me encontraba dentro del auto y si intentaba descender, era el blanco perfecto para una patada sin que pudiera defenderme. El Hombre comenzó a gritarme: -¿qué te pasa?- mientras abría los brazos y sacaba el pecho; -¿quieres que te parta tu madre?- me decía. Y yo con la ventana cerrada, no sabía que hacer; pero curiosamente no me sentía nervioso.

Lo siguiente que recuerdo, fue que vi el reloj y me di cuenta que no tenía tiempo para interrupciones; pensé también que el pobre hombre seguramente no sabía lo que significaba trabajar en una empresa; concretamente recordé en el reloj biométrico y sonreí pensando que su dedo jamás estaría sobre uno de esos; y por ende, no tenía una preocupación mayor más que conseguir un trabajo mediocre en un mercado, comprar chamarras de equipos de americano en un bazar de falluca pirata y verse en el espejo con su amplia colección de paliacates, muy de moda seguramente en sus rumbos semiurbanos, o más bien bucólicos. Hice el auto para atrás y presionando el acelerador le aventé el coche. Le pasé encima, nada más recuerdo que lo centré bastante bien y no le dio tiempo de reaccionar, cayó al suelo y una vez que terminé de pasar por encima de él… me regresé y lo volví a hacer. La canción de Ryan estaba terminando, salí nervioso, pero manejé muy rápido. Supongo que para el momento en que me involucré en el pesado tráfico, ya nadie podría encontrarme y de hecho, nadie lo hizo.

Enero 2008

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Una respuesta to “Confesiones Apócrifas I”

  1. FGRINCH Says:

    MMM… somero… vago… triste…

    no tenías ganas de escribir vdd?

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