Confesiones Apócrifas III

Acceso Total

Acceso Total

Se supone que en el trabajo todos nos debemos tratar con seriedad y mucha formalidad. Yo lo hago regularmente, cuando llego siempre doy los buenos días a todo aquel que se interpone en mi camino. Una vez que llego a mi lugar y enciendo la computadora, me gusta perder el tiempo, lo confieso y mis únicos contactos con el resto de la humanidad de la oficina son así, llenos de seriedad y formalidad.

Hoy nos presentaron a la chica nueva. La que se sentará justo enfrente de mi. La que deberá ordenar las ideas y redactar todo de una forma coherente y “llamativa” como nos lo pide siempre el jefe de redacción. Como era costumbre, la saludé con seriedad y formalidad y, a diferencia del resto de personas que habitan en la misma oficina que yo, no le dirigí una palabra en todo el día, ni la invité a comer, ni me propuse como guía de turistas del edificio. Solamente me dediqué a hacer mi trabajo sin cesar. Eso sí. Respetando mis respectivos descansos cada quince minutos. Gusto divagar en la oficina visitando páginas de chicas con poca ropa.

Pasó la hora de la comida y como siempre, comí solo. En mi escritorio la ensalada de col y brócoli que me preparo todos los días, ya estoy acostumbrado. Rechacé olímpicamente la invitación a comer para darle la bienvenida a la chica nueva. No gracias, tengo mucho trabajo; dije aunque todo mundo sabía que esa era la mentira más grande del día.

Mientras disfrutaba mi nutritiva ensalada. Caí en una página con fotos de varias chicas. Me sorprendí al ver un rostro conocido: La chica nueva. En una bañera clásica, sosteniendo el jabón entre sus manos, como si se tratara de un comercial. Quise indagar un poco más pero desafortunadamente, en la página se desplegó un aviso que me invitaba a suscribirme por una módica cantidad de pesos, si es que deseaba obtener acceso total a las fotografías. Obviamente no me suscribí. A penas gano lo suficiente para comer ensaladas de col con brócoli. No iba a pagar un solo peso por ver qué había debajo de las burbujas que aparecían en la fotografía.

Cuando regresaron todos de comer. Ninguno de mis viejos compañeros y compañeras me dirigieron la palabra, la única que me saludó fue la chica nueva. Me preguntó con la misma sonrisa estúpida con la que salía en la fotografía de Internet, por qué no los había acompañado a comer. En ese momento no pude responderle con seriedad y formalidad. Me puse de pié y de un movimiento brusco le arranqué la blusa. No pude ver todo, pero lo que vi, era muy parecido a lo que había imaginado estaría debajo de las burbujas. Me sentí contento al no haberme suscrito al Acceso Total.

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