Confesiones Apcócrifas IV

La llovizna Varonil

Trabajo en una constructora. El título que ostenta mi escritorio ubicado en el remolque que está en el terreno de la construcción dice: Gerente de Obra. Aunque creo que ese título le va mejor al escritorio que a mi. Llevamos ya cuatro meses intentando levantar un edificio; y digo intentando porque el empresario que tuvo la brillante idea de crear un edificio de departamentos en esta ciudad, siempre que revisa los avances de obra nos dice que únicamente intentamos construir un edificio y no construirlo; siempre nos ha dicho que existe una gran diferencia entre intentar construir el edificio que hacerlo. Yo por supuesto, sonrío ante semejante comentario y tardo aproximadamente quince minutos en convencer al empresario que se encuentra en un error, que realmente la obra lleva avances y que se concluirá <conforme al plan>.

¿Me gusta mi trabajo? La respuesta es sí y no. Como todo en la vida hay cosas que nos gustan y otras que no tanto. Me gusta el hecho de ser el que cada viernes les paga a los albañiles. Sentir los fajos de dinero en mis manos y contarlos una y otra vez me hace sentir importante. Es como tener el poder que el empresario ostenta sin que yo sea el empresario. Me gusta igual que todo mundo hace lo que yo diga, aunque no tenga razón, porque la mayoría sabe que si me contradice en algo, seguramente no recibirá su pago la siguiente quincena o será aún más probable que no vuelva a poner un pie en la construcción. Lo que no me gusta: Levantarme temprano y el café de mi oficina que sabe a sal con agua, digo sal, porque por más que le eche azúcar nunca logro darle una consistencia merecedora del título de un buen café. Por otra parte, algo que tampoco me gusta es mi oficina, bien podría tener una oficina con aire acondicionado, ventanas que dieran hacia una avenida o un parque, una vista más apacible, pero debo conformarme con mi remolque de paredes amarillentas; detesto soportar los días calurosos, el remolque se vuelve un horno y a diferencia, los días fríos el remolque se vuelve un congelador; no hay forma de instalarle un clima artificial así que debo de aguantarme.

Otro detalle que no me gusta es el hecho de que los constructores, siempre a la hora de la comida se sientan cual vieja imagen de la década de los años veinte en Nueva York, en los límites de la construcción a tomar sus alimentos, y cual perros frente al escaparate de una tienda de carnes le silban y arrojan piropos desde las alturas a cuanta fémina pasa frente a la construcción. No tengo hijas, pero sólo el hecho de pensar en tener una hija que pasara todos los días frente a la construcción y que ella fuera hostigada por los silbidos y piropos de estos vagabundos me llena el cuerpo de una rabia incontenible. Varias han sido las ocasiones en que les he pedido, sobre todo a los 3 de siempre, que no hagan ese tipo de comentarios; que se dediquen a tragar sus alimentos y a proseguir con el trabajo para terminar todo <conforme al plan>. Sin embargo mis esfuerzos son inútiles, a lo sumo dejan de hacerlo por un par de días cuando otra vez, vuelvo a escuchar las rechiflas. Ya en una ocasión le comenté eso al empresario, le expuse que le daba mala imagen a la empresa; uno nunca sabe si alguna de esas mujeres puede ser una potencial compradora de los departamentos que construimos cuando estos estén terminados <Somos hombres>, me dice el empresario <Siempre es bueno compartir con los amigos la belleza femenina>, me dice siempre seguido de una palmada en la espalda.

Hoy justo a la hora de la comida nos volvió a visitar el empresario seguido de su hijo. El heredero de su gran fortuna. Me pidieron que los llevara a hacer un recorrido a detalle por el avance de la obra, orden que no pude evitar. Comentaron que una vez terminado el recorrido se irían a comer a uno de los mejores restaurantes de la ciudad, supongo, a soñar un poco con el futuro de su imperio. Cuando llegamos al cuarto piso, nos encontramos a los tres de siempre con sus loncheras tomando la comida. A pesar de ser Gerente de Obra, debo confesar que siempre le he tenido cierto miedo a las alturas y que yo jamás podría comer con los pies colgados hacia el vacío. El empresario y su hijo se acercaron a los 3 trabajadores y no tuvieron reparo alguno en saludarlos de mano, a pesar que uno de ellos traía las manos negras de tierra con una especie de mayonesa barata. Justo al terminar el saludo, pasó frente al edificio una mujer con una falda azul bastante corta. Sin importar que estuviera el empresario presente junto con su hijo, los 3 albañiles no reprimieron su habitual rechifla. El empresario, muy a su estilo y completamente ajeno a la actitud y comportamiento que se esperaría de un hombre vestido de traje, soltó una gran carcajada y me dio la clásica palmada en la espalda. <¿Cómo puede enojarse por algo así?, ¡si a esas piernas por más hombres que trajéramos les harían falta más silbidos y piropos!>. No pude contener mi furia y empujé al empresario hacia el vacío. Éste en un intento desesperado por salvarse, tomó a su hijo del saco y lo llevó consigo. De dos movimientos hice lo mismo con los 3 albañiles, al final, me sentí muy tranquilo, en paz; aunque reconozco que ese par de piernas despertaron mi apetito.

21 Septiembre 2010

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