Las Letras Malditas

“Cuando el ánimo está en suspenso,

un ligero impulso le hace inclinarse

a un lado o al otro”

Publio Terencio

Eran las tres de la tarde cuando sonó el teléfono de mi escritorio. Yo me encontraba terminando de acomodar unos papeles que debía entregar ese mismo día al área de envíos. La oficina estaba como todos los días, las mismas cinco personas en los mismos cinco escritorios con los ojos metidos en las pantallas de la computadora observando y manipulando hojas de cálculo. Tomé la llamada al cuarto tono, con la ilusión de que fuera una llamada rápida para poder continuar con mis actividades; ya que si no entregaba a tiempo mis documentos, seguramente tendría que quedarme hasta tarde rehaciendo todo el trabajo. Así pasa en este trabajo. Cuando vendes tiempo y éste se consume,  hay que iniciar todo de cero; eso sí, con menos pesos en la cuenta bancaria de la empresa.

Para mi sorpresa la llamada era de mi jefe. Lo primero que le dije fue que tendría los documentos en tiempo y forma, ya que estaba a punto de terminar el trabajo del día, pero justo al intentar decírselo me interrumpió; me dijo que dejara todo, que había surgido algo de mayor importancia y que era imprescindible que subiera a su oficina para arreglar un asunto: Muy particular, dijo justo antes de colgar.

Tengo que subir: les dije a mis compañeros quienes voltearon a verme con un gesto automático de pena, un gesto muy parecido con el que recibes a un compañero de trabajo al que le das el pésame por algún familiar, una vez que ha regresado al trabajo. Eso ocurría siempre que alguno de nosotros recibía la instrucción del jefe para que subiéramos a su oficina; aunque normalmente el tiempo que pasábamos en tan enigmático lugar era corto; y usualmente el que recibía el llamado regresaba a su escritorio con una encomienda de tal magnitud que le haría pasar el resto de la tarde y muy probablemente de la noche pegado al escritorio para poder concluirla. Eran relativamente pocas las ocasiones en las que el enviado bajaba a retomar sus actividades con una buena noticia o con menos trabajo por realizar.

Aunque para todos la llamada podría haberles parecido normal, yo me puse nervioso. Tuve un presentimiento nada positivo sobre el asunto Muy particular del jefe. Como si me aguardara una noticia realmente mala, o como si el equipo se hubiera metido en un problema de tal magnitud que ocasionaría la baja de cualquiera de nosotros. Tomé mi cajetilla de cigarros junto con el encendedor, una pluma y el bloc de notas imprescindible en las llamadas a junta. Mientras subía las escaleras repasé una por una mis últimas actividades del día, de la semana, del mes. Trataba de encontrar alguna justificación para esa llamada; creadora de un mal presentimiento. Un presentimiento que se apoderaba de mis pasos, un presentimiento capaz de desencadenar una serie de inseguridades sobre mis labores; sin embargo, en el trayecto no pude pensar en nada concreto.

Al llegar a la oficina de mi jefe la puerta estaba abierta. Él se encontraba atendiendo otra llamada. Con la mano me hizo la seña de pasar, así que obedecí y me senté frente a él. Siempre, al llegar a su oficina me entretenía observando todos los adornos y cosas del lugar. Por lo regular las oficinas de los jefes son sitios grises, con olor a tabaco y un sin fin de hojas por todas partes. La de mi jefe era distinta, era realmente pequeña, diminuta para un Director quiero decir, una podría pensar que las oficinas de las personas con un sueldo adornado por seis cifras mensuales  deberían estar llenas de lujos y cosas extrañas. Un minibar quizás, como en las películas, repleto de güisqui de diferentes marcas, copas finas y sobre todo, una buena colección de habanos. Pero la de mi jefe no era así, si acaso tendría tres o cuatro metros cuadrados, un escritorio de esos que son fáciles de encontrar en tiendas de muebles comunes y una silla idéntica a la del resto del equipo. Eso sí, lo único de las oficinas que generalmente tienen los jefes, presente en la del mío, era el olor a tabaco.

Adornando una de las paredes había un gran mapa, así que mientras esperaba reparé en los lugares a los que había tenido la oportunidad de viajar. Dieciséis sitios conté. Una vez concluido el repaso de mis viajes, observé el pequeño pizarrón blanco ubicado a espaldas de mi jefe, en él siempre había números, por lo regular números de objetivos de venta, pero esta ocasión me llamó la atención el hecho de que únicamente estaban escritas cinco letras, de la A, a la E separadas todas por sus respectivas columnas.

Al terminar la llamada, mi jefe colgó el teléfono y me acercó el cenicero. Este gesto siempre lo ha tenido desde el día en que me contrató. En aquella ocasión me permitió fumar para controlar mis nervios de primerizo, pero con el tiempo el hecho de llegar a su oficina y encender un cigarro se había convertido en un acto cotidiano. Encendí un cigarro y lo dejé hablar. Me dijo que algo estaba a punto de ocurrir, lo primero que pensé fue que seguramente dentro de uno de los cajones de su escritorio se encontraba un sobre con mi carta de despido, pero no fue así. Levantó la mirada echando el humo hacia el techo, se veía incómodo, como tratando de acomodar las palabras de una noticia liberada en su mente y reprimida por sus labios.

Lo que te voy a decir, es más difícil para mi de lo que parece. Necesito pedirte que debajo de cada letra escrita en este pizarrón, pongas el nombre de cada uno de tus compañeros, incluido el tuyo.. ¿Debo ponerlos en algún orden en particular?. Le pregunté. Puede ser, me contestó. Puedes empezar por ti, y acomodar el resto en el orden que quieras. Es tu elección, pero debes meditar muy bien la forma de acomodar todos los nombres; yo, solamente escribiré las iniciales y eso será todo. Di una fumada profunda, podría pensar en un inicio que todo se trataba de un juego, un juego bélico, ya que usualmente la admiración de mi jefe por los manuales de guerra se reflejaba en nuestra forma de enfrentar el trabajo, o bien por decirlo de otra forma su manera de dirigirnos. Traté de relajarme y a pesar del tono sentencioso que envolvió el anuncio de tan delicado tema, pensé en tomarlo con calma, después de todo era muy probable que me encontrara frente a una apuesta sin conocer realmente a los caballos que correrían.

Inicié con el primer nombre, mi jefe únicamente anotó la inicial: la letra S, continué con la R, la D, la H y finalmente mi nombre. Una vez terminada mi labor, el jefe se me quedó mirando y me preguntó: ¿estás seguro de querer dejar los nombres en ese orden?. Yo no le tomé importancia, al desconocer la trascendencia de mis movimientos, decidí dejar las fichas en su lugar, seguir mi primer instinto y le contesté que los nombres estaban bien. Acto seguido no pude evitar el hacer la pregunta obligada. No puedo contestarte esa pregunta, me respondió, sabes que siempre tengo una respuesta para todo, continuó, pero en esta ocasión no estoy en la posibilidad de responderte. Se puso de pié,  me agradeció mi presencia, me dijo que ya no era importante concluir con los reportes de ese día, permitiéndome finalmente irme a casa. Extrañado por tal permiso, le pregunté sobre si se trataba de alguna broma, pero me dijo que no, que era un asunto sumamente serio, mismo que se vería resuelto al día siguiente. La mayoría de las decisiones que afectan nuestra vida, las tomamos con los ojos cerrados. Cobran relevancia cuando terminamos en un ataúd o recostados en la cama a un costado de la mejor amante. Cuando creemos tomar una decisión, sólo estamos viviendo la consecuencia de decisiones pasadas, tomadas con una venda en los ojos. Nos vemos mañana a las nueve, tenemos junta, pero no va a ser aquí, quiero hacer la junta en mi casa. Me dijo. Finalmente nos despedimos y salí de su oficina. Eso era todo, el sentimiento que se apoderó de mi mente era el de haber firmado mi sentencia de muerte sin saber en realidad si mi vida estaba en peligro. Fue como firmar una hoja en blanco, al menos esa sensación tuve, una hoja que firmas al final para que otro la llene. Una muestra de confianza al fin de cuentas, pero por lo regular, cuando uno estúpidamente firma papeles en blanco, lo hace solo con personas de confianza teniendo la oportunidad siempre de poder revisar el documento final para corroborar que todo esté dentro de lo pactado. Sin embargo esta ocasión era distinta, no podría revisar si mi firma, representada por esas cinco letras que coloqué sin algún orden en particular, iba a ser usada con fines ajenos a mi conveniencia.

Al regresar a mi escritorio todos me preguntaron por lo que había ocurrido. Comencé por decir que se había tratado de la visita más extraña que había realizado a la oficina del jefe, pero justo cuando estaba por comentar la dinámica sonó el teléfono de R. Todos guardamos silencio, ya que supusimos se trataba del jefe, o al menos dado el ambiente de misterio que se había dejado venir sobre nuestros hombros, todos lo dimos por hecho. Me toca a mi dijo R, pero me pidió que no hablara contigo, que te había dado autorización de irte a casa y que eso debías hacer, sin decirnos una sola palabra. Que raro es, concluyó R; tomando su respectivo bloc de notas y por supuesto, su cajetilla de cigarros rojos. Lo único que dije al final fue que  podía llevar la cajetilla, pero la pluma y el bloc de notas, no resultaría necesario.

Tomé mis cosas tal cual la instrucción, sin decir una sola palabra, apagué la computadora y me despedí de manera general para después salir de la oficina. Para variar un poco a la rutina el sol seguía brillando y el cielo estaba azul. Salí del edificio y caminé dos cuadras hasta el café al que solemos asistir de vez en cuando después de nuestras labores para, como buenos empleados, seguir hablando de trabajo. Ordené un café americano. Le puse un tanto de crema, dos sobres de azúcar y mi acostumbrada combinación de polvo de nuez moscada, vainilla y canela. Me senté en una de las mesas de la parte posterior y me dediqué a pensar sobre aquel extraño ejercicio. Unos cuantos minutos después llegó R y así, sucesivamente, S y D. Cuando llegó H, había pasado ya casi una hora de haber salido de la oficina. Yo todavía nervioso e inseguro,  ya iba por el tercer café de la tarde, misma que comenzaba a decaer. Era como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo en vernos después de la oficina en el café de siempre, la duda nos llenaba la mente de ideas sin forma, y fue por ello quizás que uno por uno, dimos por hecho tener una cita en el café de costumbre sin haberla acordado previamente.

Todos coincidimos en lo que había ocurrido, la misma mecánica sin ninguna explicación. El llamado a junta al día siguiente a las nueve de la mañana en su casa. Todo exactamente, con las mismas palabras se había repetido en cinco ocasiones. R fue el primero en cuestionar la salud mental del jefe, pero conociéndolo todos, tan bien como creíamos conocerlo, descartamos de inmediato la posibilidad. Todos menos S. La única mujer. Yo creo de verdad que ya se volvió loco, dijo. Imagínense, después de pasar tres años, haciendo el mismo trabajo con la cantidad de presión que tenemos por vender el tiempo, era casi seguro que algún día iba a enloquecer, si nosotros no hemos enloquecido por gracia divina. Concluyó. Yo no creo que sea así –comentó H- Ya lo conocen, seguro está tramando algo, ojalá no sea nuestro orden de  asistencia al muro de fusilamiento porque entonces sí alguno de nosotros mañana no va a tomar café. ¿No creen?. Imagínense –continuó- ¡es posible que uno de nosotros no esté mañana tomando café!., o bueno, cabe la posibilidad que lo esté tomando pero ya con maletas hechas y todo si es que continúa con vida.

La sensación de que alguien iba a ser despedido llenó la mesa de inmediato, surgieron otro tipo de hipótesis pero la situación era abiertamente negativa para todos, nadie tenía la certeza de lo que pasaría al día siguiente, sin embargo, todos presentíamos que se trataba de algo negativo, se podía respirar en el ambiente. Cada quién lo percibía de la misma manera, incluso D, quien por lo regular suele ser el que siempre tiene el comentario chusco y la sonrisa tatuada en el rostro, en esta ocasión D estaba serio, con las manos en el rostro mirando a la mesa fijamente.

¿En qué orden nos pusiste?, me preguntó D quebrando su silencio. Sin dejarme responder,  R se puso de pié y fue por una servilleta, dibujando en ella las mismas letras con sus respectivas columnas, tal cual estaban en el pizarrón del jefe., separadas ahora por renglones titulados cada uno con nuestra inicial, en el estricto orden en que habíamos subido a la oficina. Justo como habíamos recibido cada uno la llamada. Las letras estaban así:

Le tomé la fotografía con el teléfono celular con el objetivo de intentar analizar después el complejo crucigrama con más calma. Confiando, sí, en que todos recordáramos con exactitud la forma en que habíamos acomodado los nombres. Confiado de nuevo en que lo escrito en este pedazo de papel fuera real. No creo haber sido el único en contemplar la posibilidad de que alguno de nosotros estuviera mintiendo. Pero desafortunadamente en ese momento sólo podía creer a ciegas. Podíamos, creer a ciegas en nosotros, en la letra escrita. Nadie conocía la verdad. El objetivo oculto detrás de ese pizarrón blanco ahora transcrito a una servilleta común y corriente. Fue entonces cuando iniciaron las conjeturas.

El único común denominador que nos brincó a todos a primera vista, estaba en la primer columna. La A, acompañada siempre de la letra S. ¿Por qué pusiste primero a S?, me preguntó H. Porque es la única mujer entre nosotros y para ser franco, las damas siempre van primero. Dicha lógica la habían repetido todos mis compañeros como era posible apreciarlo. Las damas van primero, incluso, ese fue el argumento de S. Tratamos de descifrar alguna otra coincidencia, pero la verdad es que todas las letras estaban muy equilibradas. Lo único que pudimos derivar de la servilleta fue que S sería la primera en morir o la primera en salvarse. No existía otra lógica.

El camino a casa se me hizo realmente pesado. El tráfico nocturno fluía con su habitual lentitud. Nunca pude apartar mi mente del embrollo, de la servilleta, del pizarrón, de las palabras del jefe. Por momentos se me disparaba la adrenalina al recordar el momento en que me dijo si deseaba realizar alguna modificación. Puedes empezar por ti me había dicho literalmente. Un rasgo muy característico del jefe es que a todos nos suele hablar entre líneas, y si bien recordaba cada uno de los testimonios de mis compañeros a nadie la había dicho que empezara por sí mismo. Esa noche la pasé muy mal, dando vueltas en la cama consecuencia de los cinco cafés que consumí finalmente y obviamente también por la idea en mi cabeza. Supuse que mis compañeros estarían igual que yo, escuchando las manecillas del reloj golpear lentamente a su paso como un tormento chino. No recuerdo el momento en que caí dormido.

A la mañana siguiente abrí los ojos segundos antes de que sonara el despertador. Me puse de pié, me afeité y esmeré en mi arreglo personal como quien se prepara para un evento. Eso era, un evento. Desconocido por todos. Salí de casa sin desayunar y me dirigí a la cita, siendo por fortuna el primero en llegar. Al entrar a la casa del jefe, me abrió la señora que hace el aseo, la mesa estaba puesta con esmero y de la cocina salía un aroma bastante agradable. Los pies me temblaban. Más bien, todo el cuerpo me temblaba. La señora me pidió que tomara asiento, así que escogí el lugar más cercano a la cabecera en donde siempre se sentaba el jefe. Minutos después llegó S acompañada por H, quienes se acomodaron en sus respectivos asientos, extrañados de igual manera por la ausencia del jefe en la escena. Bajará hasta que lleguen todos. Nos confirmó la señora. Mientras tanto, procedimos a servirnos jugo cada uno con miedo de romper el silencio. Temerosos de comentar algo que delatara nuestra junta en el café la noche anterior.

Cuando llegó R, la señora nos preguntó si sabíamos en dónde se encontraba D, eran ya las nueve en punto de la mañana y de sobra, sabíamos todos que al jefe lo único que de verdad podía hacerlo enojar era la impuntualidad. Tomé mi teléfono y traté de marcarle a D, sin embargo no fue necesario esperar mucho tiempo, ya que al marcar pude escuchar el timbre de su teléfono del otro lado de la puerta. Una vez que estuvimos todos sentados, la señora nos dijo que le avisaría al jefe que ya estábamos listos. ¿De verdad estábamos listos.?, ¿listos para qué?. Ahora puedo decir que nunca nadie está listo para lo que ocurrió. Han pasado dos días y todavía me siento mal por lo que presencié. Por lo que todos vivimos. En este momento sigo yo. Sé que no puedo escapar, estoy imposibilitado de hacer algo para evitarlo.

D se sentó en el lugar más alejado de la cabecera, se disculpó por la tardanza y nos preguntó si sabíamos algo. Todos respondimos con un movimiento de cabeza e intercambiando miradas. Escuchamos cuando la señora le dijo al jefe en el piso de arriba que ya estábamos todos sentados. Intentando agudizar mi sentido del oído, creí escuchar que el jefe le preguntaba a la mujer por algo, que si estaba listo, que era de suma importancia que estuviera encendido para seguir adelante. No alcancé a escuchar la respuesta de la mujer. Lo que sí escuché fueron los pasos del jefe, uno tras otro, lentos. Golpear cada uno de los peldaños de la escalera de madera.

Agosto 6, 2010

Anuncios

Una respuesta to “Las Letras Malditas”

  1. Bea Says:

    Si esto fue basado en un hecho real que miedo y q locura … pero conociendo a G todo podía suceder jajajajaja. Muy buena narración, la amé… me sentí como viendo una peli de Hitchkock

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: