La Calle 53

La nota dice: Te espero mañana a las 6. En el esquina de la calle 53

No sabe de donde proviene esa nota, mira a su alrededor esperando poder deducir quién la ha dejado en su lugar, pero no logra identificar quién ha sido. Sólo bastaron poco menos de siete minutos en que se ausentó de su lugar para que alguien, muy probablemente un desconocido le dejara ese pequeño trozo de papel sobre el teclado de su computadora para luego desaparecer. Sabe que transcurrieron poco menos de siete minutos porque vio que la hora en su computadora marcaba las seis veintitrés de la tarde, restaban siete minutos para que diera la hora exacta de salida. Previendo eso, se levantó de su escritorio para pasar al sanitario. Cuando regresó, el reloj marcaba exactamente las seis treinta y la nota ya estaba ahí

Han pasado ya dos meses, dos meses en los que no lo ha visto, ni sabido nada de él. La última vez que hablaron, ella le gritó que no quería volver a verlo. Por esos días el engaño era más poderoso que el amor, sin embargo, con el paso del tiempo, el amor parecía ser más fuerte que el engaño. No había fuerza de voluntad que le permitiera resistir la presión de la cuál era víctima en estos últimos días. Si bien en el pasado no quería saber nada de él y ni siquiera podía resistir verlo en una fotografía, ahora esas fotografías es lo único que le queda, su único refugio de un amor perdido y manchado por la traición.

Ella sospechaba algo. En más de una ocasión se compadeció de si misma por sentir celos de un hombre que juraba amarla y respetarla. En aquellos días pensaba que la vida le había sido tan benévola, que resultaría casi seguro que algo pasaría para estropear la alegría vivida en esos momentos. Por ello creía en la existencia de otra persona, otra mujer. En ocasiones al regresar del trabajo miraba con recelo al subir al autobús a todas las mujeres que se encontraban en éste. Siempre intentando descifrar dentro de aquel grupo variable de mujeres todas vestidas con traje de oficina, quién sería la maldita que estaría sin que ella lo supiera, entrometiéndose en su vida y arrebatándole a su amor. Podía resultar que el objeto de la traición era una pelirroja, otras veces una de cabello castaño con los ojos claros y así, una mujer diferente cada día, escrutada de pies a cabeza de tal forma que bien podría por las noches dibujarla a la perfección en su imaginación junto con cada detalle como el color de los zapatos, el tamaño de los pechos, la figura tras la ropa, el largo del cabello.

La obsesión fue creciendo con el paso de los días. En más de una ocasión al tener relaciones con su amor, dejó que su mente viajara mientras lo miraba con el rostro apretado mientras la embestía como un animal. Imaginaba si ése era el rostro que haría con la otra mujer, fuera quien fuera. La pelirroja, la rubia, la morena, de cabellos cortos o cabellos largos. La que gustaba que le dijera palabras cursis o la otra que deseaba a toda costa unirse a él de tal forma que la piel de ambos se confundiera para crear un solo cuerpo bañado en transpiración.

Ahora lleva dos meses sin él, y siente que ya no puede con la carga. De alguna manera piensa que toda esta situación pudo haberse derivado por su culpa, como si ella con su imaginación hubiera atraído hacia su relación la traición. Antes, solía pasar las noches recostada en su sillón hablando por teléfono con él. Se veía a sí misma esperando que dieran las diez de la noche para ver el teléfono encenderse y sonar. Ahora trata de no pensar en eso, pero los minutos cada vez se tornan más pesados. Mira el teléfono mientras descorcha una botella de vino tinto y ve que a penas son las ocho de la noche. ¿En dónde estará él?, ¿acaso estará con la otra en esos momentos?, ¿hablando por teléfono o besándole el cuello y diciéndole las mismas palabras que a ella tantas veces le dijo mientras fueron novios?.

El departamento está sucio, sobre la mesa que antes siempre estuvo limpia ahora descansan exactamente cincuenta y ocho botellas de vino tinto. Ése ha sido su único consuelo desde la noche en que quiso sorprenderlo:

Al salir del trabajo tomó un camión que no era el de costumbre. Para hacer del transcurrir del tiempo un poco menos pesado, compró una revista en un puesto de periódicos frente al edificio en donde él todavía trabaja y entró a una cafetería. Esa noche ordenó un café americano con un poco de leche deslactosada, le puso dos sobre de azúcar y un poco de canela. Se sentó frente a la gran ventana que da a la calle, mientras observaba a las personas caminar, entrar y salir de la cafetería y del edificio de oficinas ubicado enfrente; la mayoría solos, la única forma en la que se puede ver a la gente de esta ciudad.

Una página tras otra. A un costado de su mesa un hombre gordo metido en una laptop. Frente a ella, una mujer de cabello rizado con un blusa negra. Cuarenta minutos después y otro café, ahora con tres sobres de azúcar sin canela. Un hombre acercándose a ella para pedirle fuego y ella explicándole inútilmente que había dejado de fumar hacía casi un año. El sonido de una ambulancia a lo lejos mientras un hombre de baja estatura discutía con el tipo de la barra de la cafetería.

Las nueve. La calle más vacía pero dentro del edificio de enfrente todavía le era posible ver varias luces encendidas, supuso que una de esas era la de la oficina de su amor quien seguramente ya se preparaba para ir a casa.

Tomó su bolsa, enrolló la revista y la colocó bajo su brazo mientras tiraba el vaso ya vacío al cesto de la basura. Nunca olvidará que al salir, llamó su atención la mujer de cabello rizado. Traía exactamente la misma falda que ella. Sintió pena de que alguien notara el detalle y regresó al café sin quitarle a la mujer la vista de encima, mirándola a través del amplio ventanal. La mujer atravesó el primer tramo de la calle deteniéndose en el camellón para sacar de su bolsa un lápiz labial. Al fondo, en la puerta del edificio finalmente lo vio. Sacó su celular de la bolsa y escribió un mensaje que decía: “Te tengo una sorpresa”. No recordó hasta ese momento haber sentido tanto amor por él, la ilusión de estar con la persona correcta le invadió el cuerpo de tal forma que las piernas le temblaron.

Al guardar su celular levantó la vista y pudo observar justo cuando él del otro lado de la calle, sacó su teléfono de la bolsa del pantalón. Detesta haber visto cuando la mujer del cabello rizado se acercó a él y antes de que si quiera pudiera ver el mensaje en el celular, la abrazó y le dio un beso en los labios mientras le sostenía el cuello con una mano y con la otra la tomaba fuertemente de la cintura. Por un momento no entendió lo que estaba mirando, fue como si se tratara de una pesadilla el verlos tomados de la mano alejándose de la oficina y ella ahí pasmada, ante un ventanal de una cafetería viendo realizado su mayor temor y su más grande obsesión. Detrás de ella, un hombre preguntándole que si no iba a ocupar la mesa le permitiera sentarse. Su teléfono vibrando, un mensaje de él que decía: “¿Qué sorpresa?, te llamo al salir, tengo mucho trabajo”.

Ahora son exactamente cincuenta y nueve botellas de vino vacías. Todas consumidas antes del momento más difícil. Las diez de la noche en punto. La hora pactada. La hora en que siempre desde hacía poco más de un año era sagrada entre semana y si bien, nunca respetada con precisión, siempre marcada como el punto de encuentro, el momento de sentarse en el sillón para hablar de ellos, de sueños, fantasías. El momento en el que ella podía decirle lo mal que se sentía en su trabajo, lo cobarde que es la gente que la rodea para escuchar esas palabras de aliento, ese abrazo imaginario que se posaba en ella a través de la voz como la manta más cálida calienta el cuerpo en una tarde helada de invierno. Pero ahora no hay nada, sólo unas gotas solitarias dentro de una botella, un departamento con bolsas de papel llenas de residuos de comida por todo el suelo y un teléfono frente a sus ojos sumido en un mutismo sepulcral.

En más de una ocasión ha tomado el teléfono y se ha imaginado que después de digitar los números él le responde, le contesta como si nada hubiera pasado. Como si lo vivido esa tarde frente a su oficina fuera nada más que un mal sueño. Los primeros días el simple hecho de recordar la escena le causaba rabia, pero ahora ya no la siente, al contrario, ese profundo amor que alguna vez sintió por él ha renacido, sólo que ahora no tiene el valor para tomar el teléfono y llamar. Por momentos le atraviesa la idea de dejar partir esa historia, de tomar su pasado con él y quemarlo como quemó una a una todas las fotografías de sus épocas felices. De renacer y buscar el amor en otra persona, pero no lo desea. No lo quiere porque sólo lo ama a él. Siente paz con el simple hecho de observar las únicas dos fotografías que no quemó, las que estaban guardadas en su cartera y que no tomó en cuenta al incinerar el resto de su pasado juntos. Cerrar los ojos e imaginar los besos y repasar una y otra vez en su imaginación las veces en que hacían el amor para después recostarse y no decir nada, sumergidos en un abrazo hasta que el sueño los invadía.

Enciende un cigarro y trata de tomar valor, ha llegado el momento de marcarle. De alguna manera tiene que hacerle saber que todavía lo ama y que está dispuesta a darle otra oportunidad. Falla al primer intento. Digitó tres números para colgar súbitamente. ¿Qué le va a decir?, o peor ¿qué pasa si él no quiere hablar con ella?. Enciende otro cigarro con la colilla del anterior y camina alrededor del departamento dando círculos, buscando una frase, un pretexto, algo que le permita escuchar su voz. Finalmente se decide y con valor marca uno a uno los trece números. Primer tono: ¿y si no quiere hablar conmigo? Segundo Tono: ¡Necesito escuchar tu voz!. Tercer tono y finalmente ahí está la voz. Ella detecta al instante que lo despertó, lo sabe porque en más de una ocasión ha escuchado esa voz aturdida. No logra decir nada. ¡Bueno!, se escucha del otro lado. Ella finalmente logra pronunciar un endeble te amo, mismo que no tiene respuesta. Cierra los ojos mientras piensa en qué decir, pero no logra concretar una frase. ¡bueno!, vuelve a escuchar con más fuerza. Finalmente arroja el teléfono sobre el sillón y lentamente, en lágrimas se desvanece contra la pared.

Lloró hasta entrada la madrugada, hasta que el sueño finalmente la arrancó sin que se diera cuenta de sus pensamientos, de su tragedia. Ya es de mañana y se despierta con el habitual dolor de cabeza. Son casi las once de la mañana. Los ojos le arden y siente la boca pastosa. Se mira al espejo y lo único que puede ver es su rostro hinchado, sus dientes negruzcos por el vino y su cabello revuelto. Cree que ha dejado pasar su última oportunidad para estar con él. Ya no hay nada más qué hacer piensa, mientras abre la llave de agua fría y se desviste. Al entrar a la regadera recuerda la última vez que se bañaron juntos, justo en ese baño, bajo esa misma regadera, los dos, mirándose con los rostros y cuerpos mojados. Sin secretos. Sólo ellos en lo que hasta ese momento creyó como el estado más transparente de los humanos. Cree que ese fue el momento más feliz de su vida. Mismo que se ha ido y que no volverá jamás. Al salir de bañarse mira la hora y ve que casi es ya el medio día. Recuerda la nota que encontró el día anterior en su escritorio y corre a su bolsa para buscarla. Ahí está, la nota con letra desconocida: Te espero mañana a las 6 en el esquina de la calle 53. ¿Quién pudo haber escrito esa nota?, reflexiona mientras con lentitud comienza a recoger todas las bolsas de papel de su departamento con restos de comida, Faltan poco más de cinco horas para la cita.

Repasa uno a uno los rostros de sus compañeros de trabajo, ya que seguramente uno de ellos debe ser el autor de la nota, pero no logra ubicar a alguien con un comportamiento extraño hacia ella, alguien que en los últimos días le haya dado un pretexto para poder especular sobre alguna intención que va más allá de lo laboral. La intriga es pesada, así que finalmente se decide en ir. Pasa varios minutos observando la ropa en su closet, tomando un vestido tras otro, algo que la haga verse bien para una cita. Después de todo siente la necesidad de salir de esa rutina y ¿por qué no?, conocer a alguien que le ayude a apartar su mente. Escoge un vestido de una sola pieza, es un vestido rojo con detalles en blanco, muy ligero de tirantes. Hacía mucho tiempo que no se esmeraba en su aspecto personal. Se maquilla con suma cautela, delinea sus ojos y sus labios, alacia su cabello y escoge con cuidado el perfume para la ocasión, uno muy especial, de un aroma ligero y fresco.

El camino al lugar de la cita le parece largo. Ahora le resulta curioso imaginar que alguien ya debe estar en camino hacia la cita, alguien que puede ser cualquiera. Aunque por momentos le desmotiva la idea de que nadie en su oficina le parece atractivo, pero, una nunca sabe. Piensa.

Decide bajarse del camión una calle antes de llegar a la calle 53, con el objetivo de ver a la distancia a su admirador secreto. Con sigilo trata de ocultarse detrás de una esquina desde la que contempla a la perfección el lugar de la cita para la cual, faltan exactamente cinco minutos. Ahí permanece, mirando uno a uno a los hombres que transitan por la calle. Algunos altos, otros con poco cabello. Recuerda el momento en que lo conoció, una tarde casi año y medio atrás, ella llevaba el mismo vestido rojo y casualmente también era un sábado. Ella pasaba por la calle 53, cuando, justo al llegar a la esquina, se paró junto a él mirándose brevemente. Ella nerviosa le sonrió a lo que el le contestó con otra sonrisa. Justo en el momento en el que ella intentó atravesar la avenida el le dijo: Disculpa, no quiero molestarte pero vas a creer que estoy loco.  Esas fueron las primeras palabras que escuchó de él.

Ella sigue oculta hasta que finalmente ubica un comportamiento extraño, hay un tipo alto con lentes oscuros que se ha parado a un costado del poste ubicado exactamente en la esquina. A primera vista no logra reconocerlo, así que decide acercarse con pasos cortos. El hombre lleva puestos unos jeans color azul claro y una camisa de manga corta blanca.

Conforme pasan los segundos los pasos se hacen más cortos. No logra reconocerlo a pesar de estar a poca distancia. Son las seis exactamente y se encuentra ya a las espaldas del hombre aproximadamente a un metro de distancia. Súbitamente el hombre la voltea a ver haciendo que ella se detenga pasmada. No sabe que decirle. El hombre le sostiene la mirada por escasos segundos pero no le dice nada. Ella avanza hasta su lado y reconoce el aroma de su loción. El hombre finalmente hace un ademán con la mano para detener un taxi. Ella lo ve subirse al auto, quedándose sola en la calle esbozando una sonrisa. Una sonrisa por más fingida que intenta disfrazar el llanto. Llanto por un amor perdido. Por fracasar ante el amor.

Así permanece un buen rato, como todos los sábados hasta que el sol finalmente se oculta, sosteniendo una nota que ella escribió. Una nota con una cita que jamás existió y que nunca existirá.

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