La Espera

Al entrar a casa nada parece extraño. Las cosas están en el lugar de siempre: quietas, silenciosas, como si lo hubieran esperado con paciencia, sin réplicas, sin reclamos treinta años más tarde.

Tras de sí la puerta sigue abierta.  La luz  ámbar de los faroles de la calle se derrama pálida sobre las lozas llenas de polvo y tierra: sin huellas, sin las marcas del paso del tiempo, sólo acariciadas por el abandono, por el frío y largo transcurrir de los días.

Todo es silencio, el mismo pesado e inútil silencio de los últimos años. ¿Cuánto tiempo es para siempre?, no lo sabe, nunca lo supo y a estas alturas nada más puede preguntárselo sin siquiera intentar esbozar una respuesta. Sólo puede verse manifestado en si, erguido hasta el límite de su curveada espalda en el umbral de la sala contemplándose a sí mismo, derruido y carcomido por esa tajante erosión de la vida sobre su cuerpo.

Sobre el cristal de la diminuta mesa hay un plato con moho y una costra negruzca. Nada más. Tres de las sillas en el sitio donde las había dejado: a los costados de la mesa. La cuarta silla bajo el foco en medio de la sala. A un costado, en el sillón, el foco fundido reposa en el punto exacto donde recuerda haberlo dejado el día que vinieron por él:

Cuando tocaron la puerta y de súbito una ráfaga de hielo subió por su espalda , rodeó su cuerpo y se le atoró en el pecho como largas y gruesas cuerdas invisibles.

Sabía que algo estaba a punto de ocurrir, nada bueno. El presentimiento convertido en sangre helada.

Todavía recuerda lo que dijo, pero ellos en ese entonces no quisieron escucharlo, nunca lo escucharon.  Tras abrir la puerta lo tomaron con fuerza y entre tres lo aprisionaron y golpearon, para después azotar la puerta para nunca más soltarlo.

Les dijo que no estaba solo pero a nadie le importó. Le cubrieron el rostro y lo llevaron por la travesía más larga y funesta de su vida, esa historia que jamás contó y que nadie conoce.

-Tú la mataste- le decían, y él no sabía siquiera de qué hablaban. -No estoy sólo- gritó con miedo y rabia, pero de nuevo no escucharon. Le cubrieron el rostro y lo llevaron a un lugar que todavía desconoce.

Cuando volvió a ver no supo en donde estaba, un cuarto estrecho con un retrete y una ventana diminuta por donde los rayos del sol penetraban formando un cuadrado perfecto derramado sobre la pared de su nuevo universo.

El cuarto era frío. Las paredes llenas de grietas y humedad dejaban ver el tono verduzco con el que alguna vez fueron pintadas. Una gruesa puerta de hierro con un orificio. Humedad en el techo.

Pasaron los días sin que nadie le dijera nada. Mientras él, sólo podía dar vueltas por la habitación. Golpeó la puerta hasta que sus manos sangraron y los huesos de los dedos fueron cambiando de forma, con la misma súplica, la misma pregunta, una y otra vez: Ella.

Preguntó a aquellos que lo golpeaban. Que jugaban con él como un trapo sin dolor.

Cifró su esperanza en que alguien la hubiera visto y consoló su espíritu con las palabras de alguno de esos animales hechos hombre con ojos de sangre, para después  calmar su ánimo e intentar encontrar resignación en el aliento de la muerte.

-Me necesita- decía a cada rato, todo el día; por ello, con el tiempo le apodaron el loco, porque parecía un loco, siempre diciendo lo mismo, caminando en círculos, gritando enfurecido y fue así: el loco, como le llegaron a decir aquellos que escuchaba y jamás vio.

Así pasó once mil setecientas setenta y cinco noches. Más de treinta años. Hablando a la nada y repasando ese instante en que lo llevaron preso. Sin decirle nada, sin un juicio ni una razón. Lo acusaban de un asesinato, pero eso era todo lo que él sabía o lo que logró saber con el tiempo.  ¿Cómo era posible siquiera que alguien pudiera considerarlo un asesino?, jamás se apartó de su esposa, salía poco a la calle, siempre acompañado.  ¿Cómo un hombre de sesenta y cinco años puede siquiera tener el ímpetu y la fuerza para asesinar a alguien?, nunca lo entendió y jamás nadie siquiera le dijo algo, ni el nombre de su supuesta víctima. Sólo pudo suponer que estaría en esa prisión para siempre, ya que nadie siquiera se acercó a él para decírselo.

Le arrojaban comida una vez al día y en ocasiones pasaba hasta tres o cuatro días sin probar alimento. Como un animal al que le han quitado toda posibilidad de sobrevivir, comía en el suelo y con las manos. Cuando tenía sed y no le daban de beber, lamía las paredes húmedas al menos para refrescar su lengua.

A diario acarició la idea de morir, de dejarse llevar por la muerte con la que convivía todas las interminables jornadas. La muerte que lo visitaba manifiesta en un estornudo, en un dolor en el pecho, en los brazos, en su espera infinita con el transcurrir de los años. Pero la muerte no quiere a los que ya están muertos. Eso le dijo alguna vez. La muerte sólo es justa con los justos.

Vio sus dedos acortarse y arrugarse hasta el punto en que no pudo tomar nada entre sus manos y que el simple hecho de tomar el alimento significaba un dolor agudo e interminable.

Sintió sus hombros caerse con el peso de la soledad.

Su pecho doblarse.

Sus piernas flaquear.

Su respiración se hizo pesada.

Olvidó su rostro.

Sintió como sus huesos se hacían débiles.

Siempre pensando en ella.

Ella que necesitaba tanto de él.  De sus cuidados. De esa comida llevada a la cama, preparada con esmero. De la fuerza de sus brazos para cargarla y sentarla sobre la silla de ruedas y así salir al parque, y revivir aquellos días mejores en donde ambos se conocieron y se prometieron estar juntos por siempre y se convirtieron en uno mismo, él en sus piernas, en sus brazos, en su fuerza, y ella, no en otra cosa que en su alma. Sólo se tenían el uno al otro. Nadie más en el mundo que ellos mismos.

Repasó todos los instantes desde que la conoció. Cuando él tenía treinta y seis años. Sonrió en su memoria al verla fuerte, bella y frágil como una espiga de trigo de ojos verdes. Se aferró a la imagen perfecta, la imagen de su amada viva. Cuando rieron, cuando lloraron y se amaron tantas veces bajo la confidencialidad de las paredes, del campo, de la noche.

Largas fueron las tardes y las noches en que inútilmente gritaba su nombre y le prometía que regresaría a su lado, para cuidarla, para ser lo que él le prometió en algún momento que sería.

Como el día de su cumpleaños. Cuando le cortó a su amada flores del jardín de enfrente porque no tenía dinero para comprarle un arreglo y le llevó además un trozo de pan dulce con café con leche y una vela diminuta incrustada en el pan que escondía tras de sí el secreto de sesenta y cuatro años de vida. Esa mañana sonrieron y se amaron como se aman los verdaderos amantes después de treinta años de estar juntos: en silencio. Con la mano tomada sin decirse nada y a la vez diciéndose todo.  Ella recostada en esa cama. Él a su lado, sosteniendo la taza con el café, ayudándola a inclinarse para que bebiera. Ambos cobijados por la plenitud de amor. Unidos por todos esos años juntos, llenos de esas cosas buenas y malas que trae la vida.

Cogió los platos sucios y los dejó sobre la cómoda con luna.  Tuvo la intención de limpiarlos pero prefirió quedarse más tiempo en la habitación con ella.  Se sentó en la esquina izquierda de la cama, al pie, en donde hacía seis años solían reposar esas piernas largas, blanquísimas y en donde ahora, sólo estaba el espacio vacío adornado por un cobertor de algodón con figuras de flores rojas y azules.

Conversaron un rato y decidieron salir a la calle a buscar un café o quizás para tomar un helado y platicar de lo que siempre platicaban. Planear como lo hacen los amantes eternos, planear la tarde, la noche y la comida del día siguiente, porque cuando el tiempo alcanza cierta edad, el mejor futuro es el presente. Cuando el amor es maduro las conversaciones en silencio dicen más que el silencio mismo.

Buscaba de alguna manera borrar la idea de la ausencia de las piernas. El mirar a otras personas en la calle los distraía. Gustaba de empujar la silla de ruedas como si se tratara de darle a su esposa un tour por alguna calle histórica, como cuando lo hacía cuando se conocieron, cuando todavía existían esas piernas que tanto lo cautivaron.

Ella le pidió que le acercara el espejo, el lápiz labial y la bolsita azul con rayitas blancas en donde celosamente guardaba el maquillaje. Posteriormente le pidió que saliera del cuarto en lo que se arreglaba recostada en la cama. Su hogar y su mundo.

Él salió de la habitación y cerró la puerta. Sabía que contaba con tiempo de sobra. Tenia hambre así que decidió servirse un plato de avena con un poco de leche. Se sentó frente a la pequeña mesa y en silencio comió, sería la última vez que se sentaría en esa mesa y que su paladar degustaría un sabor agradable.

Dejó el plato sobre la mesa. Tocó a la puerta de la habitación y al tratar de abrirla ella le pidió que espera, -no comas ansias- le dijo, ya casi termino de arreglarme.

Nuevamente en la sala buscando en qué ocuparse, decidió cambiar el foco fundido de la sala de estar para hacer tiempo. Acercó una de las sillas del comedor y justo cuando estaba posando sus dedos para retirar el foco, alguien tocó a la puerta.

Retiró el foco y lo colocó sobre el sillón.  Fue entonces cuando empezó todo.

Ahora, sus pasos son cortos. Más cortos de lo que recuerda alguna vez fueron. Camina lentamente en la sala oscura. Intenta reconocer ese sitio descuidado que alguna vez fue su hogar. Da otro paso y se detiene, posa su mano sobre la silla en la que hacía más de treinta años se paró cuando todavía tenía fuerza para cambiar un foco que jamás cambió. No porque no quisiera, sino porque ya no tuvo tiempo.

Frota sus manos para limpiarse el exceso de polvo y contempla el entorno.

De pronto, como si se tratara de un sueño.  Salido de entre la oscuridad, escucha resonar entre los ecos de la habitación su nombre.

Levanta la mirada, incrédulo, inseguro.

Las piernas le tiemblan y las manos comienzan a sudarle. Un relámpago de adrenalina escala su espalda.

Cree que el aislamiento finalmente lo ha enloquecido.

Decide sentarse sobre la silla y respirar profundamente.  -¿Cuánto tiempo ha pasado? – Se pregunta, mientras una serie de lágrimas incontrolables abandonan sus ojos, resbalando por los surcos de su piel arrugada y áspera.

De Nuevo, de forma casi imperceptible escucha su nombre. Y como si tuviera cincuenta años menos se pone de pie, las piernas han dejado de dolerle y de súbito logra estirar por completo su espalda.

De nuevo su nombre.

Impávido camina con pasos torpes hacia la habitación.  Trata de abrir la puerta pero le resulta imposible, el cerrojo está trabado y oxidado. La puerta lleva más de treinta años sin abrirse.

No lo cree. Su nombre, otra vez. Sabe que es ella en la habitación.

Pierde por completo su serenidad e intenta gritar pero no puede, lo único que logra expulsar de su garganta es un alarido agudo.

Con fuerzas, sin más remedio golpea la puerta con su hombro, una y otra vez insistentemente, pero la puerta no cede.

Aquella fuerza espontánea de unos segundos atrás lo ha abandonado.  Finalmente, tratando de reunir un último aliento de su frágil cuerpo, golpea nuevamente la puerta hasta que esta se abre.

La habitación está oscura. Un leve rayo de luna se filtra entre las persianas.

La habitación está en silencio.

Con las manos trata de aclarar su mirada, pero no logra distinguir nada. Sólo es posible escuchar su respiración trabada.

Da un paso y ve que a un costado, todo está tal cual lo dejó hace más de treinta años.

La silla de ruedas en su sitio.  Los platos sucios de aquella ocasión, sobre el buró con luna.

Se aproxima hacia un costado de la cama y ve que sobre esta yace el cuerpo inmóvil de su esposa.

-¡Nadie vino por ti!, ¡esos malditos!  – dice estallando en llanto. – ¡Te abandonaron, te dejaron sola. Te dejaron morir!-

Sin más fuerzas desfallece a los pies de la cama, colocando su rostro sobre el cobertor de algodón con figuras de flores rojas y azules.

-¡Malditos!- repite una y otra vez con su respiración trabada.

De pronto, como un susurro salido de una cueva solitaria escucha su nombre.

Levanta la mirada y al fondo, sobre la cama, vislumbran unos profundos ojos verdes que brillan con luz propia.

Un brazo delgadísimo se extiende trémulamente hacia él.

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