Todas Las Sombras

Todas Las Sombras

-Dicen que los sueños se construyen con alas- escuché al encender la radio un par de cuadras antes de llegar a casa.

La chica de la radio continuó hablando, pero era como si hubiera cambiado de tema. Me llamó la atención la frase y traté de permanecer ahí para averiguar algo más, pero no dijo nada. Empezó a hablar acerca del cuidado que uno debe tener con los perros y como yo no tengo perro, desistí en escuchar y apagué la radio. Tal vez hubiera sido mi imaginación.

Estaba cansado, había sido un día largo en la oficina y honestamente no tenía ganas de nada. Antes de llegar a casa me detuve en la tienda y compré una cerveza, encendí un cigarro con el encendedor del auto y ahí me quedé. Fumando y tomando una cerveza light en lata dentro del auto. Sorprendiéndome de como la gente puede gastar tanto dinero en tonterías, la mayoría salían con bolsas cargadas de pan, frituras, refrescos y otras cosas. -¡Que asco!- pensé. Gastan y gastan en demasiadas tonterías. No es que yo no lo hubiera hecho, pero como dije, en ese momento me sentía bastante mal y todo a mi alrededor parecía estar matizado con un toque de hastío.

Al dar el quinto o sexto trago de la cerveza, sonó mi teléfono. Para mi desgracia era una llamada de la oficina. ¿Qué no es suficiente el hecho de pasar ocho horas ahí encerrado?, pensé antes de responder. Pensé en hacerme tonto y no contestar, cualquier pretexto sería bueno: No escuché el teléfono o, ¿me llamaron?, qué raro, si no tengo llamada perdida. Desistí y contesté con un tono seco, esperando de manera absurda que el motivo de la llamada fuera por algo que pudiera resolver al día siguiente.

-Bueno- contesté con el menor interés.

Al otro lado se podía escuchar un eco, no me fue posible distinguir voz alguna, y nadie contestó.

-Bueno- repetí en un tono más elevado.

Finalmente alguien habló, era la voz de una mujer.

-¿Puedes venir por favor?- dijo una chica con una voz suave, parecía de una mujer joven.

De inmediato mi cerebro comenzó a repasar todas y cada una de las voces y tonos de mis compañeras pero no logré identificarla.

-¿Quién eres?- pregunté.

-Ven por favor, me urge verte- dijo la chica. Parecía un tanto desesperada.

Aunque su tono de voz era suave y podría decirse que hasta dulce, había cierto aire de inquietud o bien desesperación en su tono.

-¿María?- repuse tratando de atinarle a un nombre. María era la chica más joven de la oficina, una becaria de apenas veintidós años.

-No, Claudia- dijo la chica sin dar más información.

Claudia, Claudia, medité por algunos segundos. No logré ubicar a ninguna Claudia.

¿Qué Claudia?- pregunté enfático.

La chica colgó

Dejé mi celular en el tablero del coche, detrás del volante. Dio un trago profundo a la cerveza y arrojé el cigarro a la calle para encender otro de inmediato.

-¿Quién es Claudia?- musité.

En mis cuatro años trabajando en esa oficina jamás había conocido a ninguna Claudia.

Valoré la idea de que se tratara de una broma, pero al revisar el número en mi teléfono estaba claro que alguien, una tal Claudia, había llamado de la oficina. Lo más extraño de todo era que yo había sido la última persona en salir de ahí. ¿Sería posible que alguien hubiera entrado?, ¿Acaso no había cerrado bien y alguien tenía acceso a la oficina y me estuviera haciendo parte de algún robo?. Me quedé turbado, incómodo. Pensé en regresar la llamada pero al final me abstuve. De todas formas si algunos ladrones estaban en la oficina lo más seguro sería que no contestaran.  Además, de haber entrado alguien a la oficina estoy seguro que la alarma se hubiera activado y la llamada en lugar de provenir de ahí, vendría de la compañía de alarmas, puesto que estaba cien por ciento seguro de haber activado el dispositivo al salir y cerrar. Era algo que no omitía, algo casi rutinario pero imposible de olvidar. Además, recordaba a la perfección haber estado en el pasillo de salida, activar la alarma y caminar con velocidad para adelantarme a los detectores de movimiento. Era imposible que alguien estuviera ahí.

Sin mayor remedio regresé a la oficina. Eran ya las once de la noche y la calle estaba prácticamente vacía. Estacioné mi auto frente al edificio y comprobé desde afuera que todo estaba apagado. Saqué las llaves y me bajé del auto. Abrí la puerta principal, cerciorándome de haberla cerrado correctamente. Todo parecía estar en orden.

Al abrir, el dispositivo de alarma de quince segundos se activo con su clásico pitido. Llegué al panel de control, introduje mi clave y la desactivé. Todo estaba en silencio: La luz de recepción estaba apagada, los cubículos y demás oficinas tal cual los dejé una hora atrás. No faltaba nada . Las computadoras en su lugar, los papeles y todo en su posición. Mi oficina estaba cerrada y no había nada que pareciera fuera de sitio; sin embargo, quizás por la sugestión, me sentía observado. Cogí el teléfono de recepción, el único de donde se pueden hacer llamadas a cualquier número sin la necesidad de introducir una clave de identificación y al revisarlo, para mi sorpresa, ahí estaba mi número. Alguien había digitado los diez números de mi teléfono celular hacía dieciocho minutos exactos.

Para comprobar que fuera mi numero oprimí el re-dial y de inmediato se comenzó a escuchar en el silencio de la oficina el tono de mi teléfono.

Estuve varios minutos revisando el entorno, me metí en cada rincón, abrí archiveros, busqué debajo de cada escritorio pero no encontré a nadie. No recuerdo exactamente cuando tiempo estuve ahí, pero al final de cuentas desistí en mi búsqueda. Apagué las luces y fue entonces, cuando justo estaba dirigiéndome a la salida, que escuché mi teléfono. Mi espalda se heló como si un relámpago de hielo surcara mis vértebras hasta encajarse en la base del cuello. La luz del teléfono parpadeaba y sonaba una y otra vez, mostrando en el display la misma palabra una y otra vez: “Oficina”. Encendí la luz sin contestar el teléfono. Desde mi perspectiva era posible ver casi toda la oficina. No había nadie.

Con la mano temblorosa contesté el teléfono mientras me recargaba contra una de las paredes de recepción para poder ver todo el espacio a mi alrededor.

–       ¿Quién eres?- grité enojado pero a la vez intentando ocultar mi miedo.

No obtuve respuesta.

–       Te voy a partir la madre, si no me contestas- grité de tal forma, que seguramente si alguien estuviera pasando frente a la oficina, en la calle, hubiera sido capaz de escucharlo.

Nadie respondió. Acto seguido observé mi teléfono y la llamada ya había concluido.

De inmediato encendí las luces y revisé cada rincón con mayor minuciosidad. Estaba seguro que alguien estaba en la oficina pero no sabía quien. Finalmente, se me ocurrió revisar el teléfono de recepción y nuevamente, como si se tratara de un cuento de horror, la llamada había salido de ahí. Tan solo hacía tres minutos. Había tres llamadas registradas. La primera que recibí en el auto. La segunda que yo digité, y una tercera tres minutos atrás.

Hasta la fecha no sé si actué de manera correcta. Si bien podría ser parte de una mala broma muy elaborada, algo me decía que estaba siendo testigo de algo distinto. Apagué las luces y salí corriendo. Digité la clave en el tablero de alarma y cerré la puerta. Al salir, vi mi auto con las luces intermitentes encendidas, me subí y traté de poner en orden mis ideas. ¿Quién podría haber sido?, Estaba seguro de haber revisado cada rincón sin lograr encontrar a nadie. Inclusive en el momento en que recibí la llamada, estaba frente al teléfono de recepción sin ver a nadie.

Respiré profundo, y sin arrancar, encendí la radio. Cual fue mi sorpresa que ahí estaba nuevamente la frase: –Dicen que los sueños se construyen con alas– subí el volumen para saber de qué estaban hablando. Esta vez me había quedado claro que la voz era de una mujer, pero de inmediato me di cuenta que el que estaba hablando era un varón, decía algo de un conflicto bélico en alguna parte del mundo. Nada que ver con la frase. Encendí de nuevo un cigarro. Estaba aturdido. Mi mente giraba alrededor de ideas sin forma ni fondo. Era como si estuviera atrapado a la mitad de un enorme laberinto sin encontrar la salida. Fue en ese momento, cuando de reojo, vi que la puerta de la oficina se abrió. Una mujer joven que llevaba una blusa blanca con una falda larga y gris, se giraba para cerrar la puerta.  Atónito y sin poder moverme permanecí observándola.  Finalmente, en medio de la calle, sin que nade se interpusiera entre nosotros más que la puerta cerrada de mi auto, la vi avanzar hacia mi.

-¿Quién eres?- fue lo primero que pude decir. Sin embargo ella no respondió.

Continuó acercándose hacia mi auto con la mayor tranquilidad del mundo. Los faroles de la iluminación nocturna la golpeaban directamente en el rostro. Una cara lisa, con facciones delicadas, un tono de piel blanquísimo.

Detrás de ella, una sombra fina y alargada se tendía sobre el pavimento seco de la calle. –Todas las sombras- pensé en ese momento.

-¿Claudia? – dije al verla ya cerca. A un par de pasos de mi auto.

Sin responder nada sonrió ligeramente, tenía una sonrisa que desarmaba a cualquiera. Una sonrisa que ya conocía. Una sonrisa que ya había visto.

Dejé caer el cigarro a la calle y volví la mirada hacia el interior del auto para sacar las llaves del interruptor.

–       Tenía muchas ganas de verte- escuché como si me susurrara al oído. Pude sentir un aliento tibio y suave golpear contra mi nuca.

De un movimiento abrí la puerta del auto. Ya no había nadie. Solo mi sombra, delgada y larga plasmada en el pavimento frío.

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