Archive for the ‘Cuento’ Category

Todas Las Sombras

febrero 26, 2014

Todas Las Sombras

-Dicen que los sueños se construyen con alas- escuché al encender la radio un par de cuadras antes de llegar a casa.

La chica de la radio continuó hablando, pero era como si hubiera cambiado de tema. Me llamó la atención la frase y traté de permanecer ahí para averiguar algo más, pero no dijo nada. Empezó a hablar acerca del cuidado que uno debe tener con los perros y como yo no tengo perro, desistí en escuchar y apagué la radio. Tal vez hubiera sido mi imaginación.

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La Espera

agosto 29, 2012

Al entrar a casa nada parece extraño. Las cosas están en el lugar de siempre: quietas, silenciosas, como si lo hubieran esperado con paciencia, sin réplicas, sin reclamos treinta años más tarde.

Tras de sí la puerta sigue abierta.  La luz  ámbar de los faroles de la calle se derrama pálida sobre las lozas llenas de polvo y tierra: sin huellas, sin las marcas del paso del tiempo, sólo acariciadas por el abandono, por el frío y largo transcurrir de los días.

Todo es silencio, el mismo pesado e inútil silencio de los últimos años. ¿Cuánto tiempo es para siempre?, no lo sabe, nunca lo supo y a estas alturas nada más puede preguntárselo sin siquiera intentar esbozar una respuesta. Sólo puede verse manifestado en si, erguido hasta el límite de su curveada espalda en el umbral de la sala contemplándose a sí mismo, derruido y carcomido por esa tajante erosión de la vida sobre su cuerpo.

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La Calle 53

mayo 4, 2011

La nota dice: Te espero mañana a las 6. En el esquina de la calle 53

No sabe de donde proviene esa nota, mira a su alrededor esperando poder deducir quién la ha dejado en su lugar, pero no logra identificar quién ha sido. Sólo bastaron poco menos de siete minutos en que se ausentó de su lugar para que alguien, muy probablemente un desconocido le dejara ese pequeño trozo de papel sobre el teclado de su computadora para luego desaparecer. Sabe que transcurrieron poco menos de siete minutos porque vio que la hora en su computadora marcaba las seis veintitrés de la tarde, restaban siete minutos para que diera la hora exacta de salida. Previendo eso, se levantó de su escritorio para pasar al sanitario. Cuando regresó, el reloj marcaba exactamente las seis treinta y la nota ya estaba ahí

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Las Letras Malditas

septiembre 22, 2010

“Cuando el ánimo está en suspenso,

un ligero impulso le hace inclinarse

a un lado o al otro”

Publio Terencio

Eran las tres de la tarde cuando sonó el teléfono de mi escritorio. Yo me encontraba terminando de acomodar unos papeles que debía entregar ese mismo día al área de envíos. La oficina estaba como todos los días, las mismas cinco personas en los mismos cinco escritorios con los ojos metidos en las pantallas de la computadora observando y manipulando hojas de cálculo. Tomé la llamada al cuarto tono, con la ilusión de que fuera una llamada rápida para poder continuar con mis actividades; ya que si no entregaba a tiempo mis documentos, seguramente tendría que quedarme hasta tarde rehaciendo todo el trabajo. Así pasa en este trabajo. Cuando vendes tiempo y éste se consume,  hay que iniciar todo de cero; eso sí, con menos pesos en la cuenta bancaria de la empresa.

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Confesiones Apócrifas II

enero 25, 2008

La Salida

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-Necesitamos irnos temprano- Me dijo después de colocar el estuche del maquillaje dentro de la bolsa. Cuando salimos lucía un par de tacones de aguja color rojo, traía la punta de los cabellos rubios enroscados y una blusa con un estampado de leopardo en la parte de arriba y las mangas, con una caída blanca y una falda del mismo color bastante cernida al cuerpo, hecho que hacía lucir más su cintura.  Al esperarla en el auto pensé en decirle lo bien que se veía, pero, me abstuve de hacerlo ya que de nosotros dos, el que siempre se ve mejor soy yo.

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Confesiones Apócrifas I

enero 15, 2008

Varoom!

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roy-lichtenstein.gifHoy hice algo que nunca antes había hecho. Resulta ser que salí un poco tarde de casa para irme al trabajo; eran casi las 8 de la mañana cuando a penas me estaba subiendo al auto; ya quizás sin la prisa de llegar a tiempo, porque de alguna manera sabía que no lo iba a lograr. Cuando saqué el auto de la cochera me despedí de mi padre con un movimiento de la manoroy-lichtenstein.gifroy-lichtenstein.gif y entonces sí, a pisar el acelerador por aquello de recuperar un poco el tiempo perdido en la mañana.

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Delirio

septiembre 7, 2007

“Su presencia, dice en este escrito,
su destino, la parte que ella toma en el mío,
expresan todavía las últimas lágrimas de mi cerebro calcinado.”
J.W. Goethe.

Las siguientes palabras las escribo a lo lejos. Cuando todo lo que pudo decirse se ha dicho. Cuando todo lo que pudimos odiarnos se ha odiado. Ahora me encuentro en el punto más lejano del amor y, tal vez, el más cercano. Ya no te odio, es verdad, a pesar de habernos separado creo estar más cerca de ti que nunca, lo digo porque ahora estoy solo. He bebido cuatro cervezas y ahora te extraño y, creeme, sé que para este momento ya estarás pensando que es el alcohol el que habla y no yo, pues déjame decirte mi amor que te equivocas. Una vez más te equivocas. ¿cómo olvidar todo nuestro tiempo?. ¿cómo deshacerse del pasado? ¿Acaso lo nuestro fue tan efímero e intrascendente para arrojarlo a un cesto como una bola de papel?

Nunca te lo dije, pero creo que todavía te amo, te amo por esta maldita nostalgia que me trae tu nombre a través de las ventanas, esta maldita nostalgia en la que apareces tan bella como aquella vez que nos vimos en el café frente a la iglesia. En aquel entonces, al mirarte, no puede evitar sentirme atraído por tu belleza, sé que detestas que te hable de ella pero es precisamente en estos momentos cuando no puedo evitar hacerlo. Estabas sentadita, bebiendo un café capuchino aparentando mirar a la gente, yo te vi y me quedé atónito, abstraído de toda realidad, emancipado de mi cuerpo. Tu piel blanca, tus pechos pequeños y firmes ocultos bajo la blusa blanca, tus tobillos tímidos asomándose por el final de la falda. Sé que es estúpido pero ahora me arrepiento de todo. En mis oídos zumban las palabras dichas, las maldiciones expuestas. ¿por qué fuimos incapaces de comunicarnos?, ¿por qué no dijimos nada más? ¿por qué nos refugiamos en lo oculto e hicimos del secreto nuestro medio de vida?. Esa tarde en el café no había nada, en lo absoluto, no teníamos si quiera la confianza para saludarnos de beso, ¿por qué entonces después seríamos capaces de atormentarnos tanto?. Si eres tan bella, tan pura, tan sana. Ahora te miro como un ser precioso, y no como el motivo de todas mis desgracias. Todo está claro mi vida, tú y yo pudimos hacer algo grande pero no lo hicimos, pudimos ser lo que el mundo desea ser, pudimos ir más allá de las fantasías; si siempre nos comunicamos tan bien. ¿por qué no dejamos que los cuerpos siguieran hablando?, ¿por qué nos hemos privado del placer del encuentro desnudo, de la caricia espontánea?

Esa tarde me presenté y traté de verme como un caballero; supongo que todavía no lo sabes pero justo acababa de recoger el traje con el que me viste. Amo la causalidad, en verdad la amo. ¿Qué habría ocurrido de ir a recoger el traje unas horas después?, la hora estaba marcada por el universo. Me resulta difícil olvidar cuando le dije al hombre de la sastrería que me llevaría el traje puesto, él hizo un gesto extraño pero al fin de cuentas yo era el cliente y, si quería salir bien vestido de su establecimiento, no me lo podría negar. Esa tarde no viste lo que había dentro de la bolsa, estoy seguro que de haberlo sabido no me hubieras prestado tu maravillosa atención. No lo supiste porque no quise decírtelo. Me pareció tonto en ese momento, además, estoy seguro de que me hubieras rechazado. Ese primer encuentro se ha quedado guardado en mi memoria como la historia en los anaqueles del tiempo. Sabes el esfuerzo que hice para comportarme bien, ya te lo he dicho, como un caballero y tú lo creíste. Porque de alguna forma al estar sola en ese café estabas abierta a cualquier tipo de situación que se presentara, yo fui una situación, un hecho meramente aleatorio. Por primera vez en mi absurda existencia tuve el valor de acercarme, de presentarme y cortejarte así, abiertamente, sin tapujos. Tú estabas en cierta medida desconcertada, pero sé bien que no tenías miedo, lo sé porque en ese instante confiaste en mí y supiste que nada malo te haría. Lo supe por tu mirada, que a pesar de estar oculta tras los anteojos oscuros, estoy seguro lucía brillante, elegante, única.

Dos días después nos volvimos a encontrar y ya no fue necesario establecer una charla. Tú me tomaste de la mano y yo estúpidamente me deje guiar como un niño de la mano de su madre. Porque confiaba en ti, porque sabía que contigo nada malo me podría suceder. Recuerdo que nos metimos al primer motel decente que encontramos, fue tan divertido ver como te alejaste de la recepción y te quedaste mirando una planta a punto de marchitar en una maceta sucia. Sé que tenías pena, lo sé porque yo también estaba avergonzado, nunca antes de ti lo había hecho; prácticamente éramos un par desconocidos en un motel, éramos dos personas unidas por el destino, fuimos dos seres frágiles a la intemperie de la naturaleza humana, desnudos frente al deseo. Sé que antes de ir hacia ese lugar, mientras caminábamos sobre la acera, ambos teníamos la idea en mente de llegar al cine, pero esa idea era nada más un escudo de nuestro pudor, porque bien sabíamos lo que ambos deseábamos. Queríamos ir más allá de las palabras, de las miradas, deseábamos apasionadamente conocer lo que había debajo de esas ropas, enfrentarnos con la carne y la piel, entregarnos mutuamente como dos seres indefensos que lentamente deshojan el libro de la pasión. Cuando llegamos a la habitación, los prejuicios quedaron fuera; todavía me parece cómica y tierna la carcajada que soltamos al ver las condiciones del lugar, pero ¿cómo no reír?, si según ambos era el motel más decente por la zona. Fue tan tierno ver tu mirada al encontrarnos de súbito con las paredes pintadas de morado, las luces neón rosadas adornando el marco de un espejo enorme en la cabecera de la cama. Me llena de alegría recordarlo, porque ahí fue cuando ambos supimos que sí existía una comunicación aparte entre nosotros, no pudimos resistir la carcajada, no pudimos, porque realmente el lugar era el peor que pudimos haber escogido; pero eso no importó, tú llegaste de un brinco a la cama y me pediste que encendiera el televisor, ahí fue nuestra siguiente sorpresa; el volumen del aparato estaba en su máximo y ambos nos apenamos por los estrepitosos alaridos de la mujer que aparecía en la película pornográfica. Lo mejor de todo fue que yo me apené tanto, ¿recuerdas?, me apené tanto que intenté bajar el volumen, pero en lugar de hacerlo cambiaba de canal varias veces, siempre cayendo en películas porno, tú te pusiste de pie y con tu dedo largo y blanquísimo la apagaste. ¿cómo olvidar lo que sucedió después?

Ahora a la distancia, como lo dije en un principio, lo recuerdo como si lo estuviera viviendo. Aquel que dijo: Recordar es vivir, no tenía idea de la profundidad de la afirmación que estaba haciendo. Nos miramos, la habitación comenzó a quedarse en silencio. Los autos de la avenida dejaron de escucharse. Estábamos frente a frente, sin tocarnos, sólo mirándonos. Los ojos se adelantaban a lo que vendría enseguida. Te tomé de la mano y me acerqué a ti. Pude sentir tu aliento fresco y el sutil aroma de tu perfume. Por primera vez me di cuenta que soy más bajito que tú pero no dije nada, sé que estabas nerviosa y que nuestras mentes estaban unidas, acto seguido sin decir una palabra te quitaste los zapatos y sonreíste, sonreíste porque a pesar de ello seguías estando más alta que yo, pero eso no nos importo. De súbito, como un relámpago que rompe el silencio de la noche, te besé y te tomé por la cintura. Tú me tomaste del cuello con una mano y con la otra me acariciaste suavemente la mejilla, retiraste mis lentes y los pusiste a un costado del televisor. Ya no había nada que ocultar, el beso se prolongó el tiempo que necesitaba prolongarse, no era necesario apresurar las cosas, Nuestras manos tímidas comenzaron a acariciar la ropa, a arrugarla. Yo levanté un poco tu blusa para sentir tu cintura tibia, tú metiste la mano bajo mi camisa blanca y me permitiste percibir una frescura incomparable, fue como si en una tarde calurosa dejaras escurrir una gota de agua helada por mi cuerpo. Todo era silencio. El más bello de los silencios. Lentamente sin violar la unión de los labios, caminamos hacia la cama, sin separarnos, yo no pude contener el deseo de besarte el cuello, hice a un lado tus cabellos para conocer el origen de la esencia aromática que en combinación con tu ligera traspiración, creaba un aroma sutil y memorable. Fue entonces cuando dejaste escapar un ligero suspiro, mismo que imité fielmente cuando posaste tus manos en mi espalda. No había prisa, todo era silencio. Yo seguí besándote el cuello, como si estuviera extraviado en un laberinto del cual no se desea salir, tú hiciste la cabeza para atrás, como si me dieras la completa libertad de recorrerlo a placer; yo no quise decepcionarte y así lo hice, fiel a los mensajes que tu cuerpo me comunicaba. Deslicé con lentitud mis manos debajo de tu blusa y acaricié tus pechos por encima del sostén, sintiendo los surcos de los encajes del mismo. ¿cómo no valorarte? ¿cómo no amarte?, si minutos después la memoria se nubla, ahora sólo tengo vagas imágenes de lo que ocurrió después. Ambos nos transportamos a otro universo, uno alterno, en el cual los recuerdos carecen de importancia, un universo que impide describir esa tarde, no porque no lo desee, sino porque es imposible. Cuando nace la intimidad todo lo demás sale sobrando, toda palabra parece incompleta, toda razón se vuelve absurda. ¿por qué no pudimos seguir así?, ¿por qué no seguimos construyendo el amor de la forma tan sabia en que lo hacíamos?. ¿ por qué?. Ahora estoy solo, sin tu cuerpo, solo, con tu nombre acompañándome como un epitafio de mi inexistente vida.

Ha comenzado a llover, como aquella tarde en esa habitación morada. Sólo que ahora continuamente se cuelan por la ventana ráfagas de viento heladas que me calan los huesos, mismos que todavía traen tatuado tu cuerpo. La piel se me enchina, nada más que ahora se enchina por tu ausencia, por la falta de tu cuerpo caliente a un costado del mío, no como en esa ocasión, cuando al sentir frío, ambos nos levantamos de la cama destendida para refugiarnos entre las sábanas, no por pudor, sino para la ambiciosa necesidad de cubrirnos con nosotros mismos, de unir nuevamente lo que segundos antes ya se había unido. ¿cómo olvidar amor, por qué hacerlo?. Esa tarde fue la mejor de mi vida, la recordaré hasta el día de mi muerte, por ambos, por lo que logramos construir en tan poco tiempo. Tú y yo reinventamos el erotismo, la pasión y lo hicimos a nuestra humilde manera. Fuimos dos seres capaces de encontrarse en la nada, en el tumulto, dos seres que escucharon un grito de soledad entre la velocidad apresurada del mundo actual, de la ciudad que a ambos nos vio nacer y que nos forjó como dos personas especiales para encontrarnos en un café frente a una iglesia. La misma iglesia en la cual nos dimos esos anillos, sí, los anillos que nos reafirmaron como pareja frente a dios, no ante un sacerdote ni testigos o invitados, tú y yo nada más, en un altar, meditando sobre la entrega y orando por un futuro próspero. Fue un compromiso individual y mutuo, al menos ahora sé que en ese instante lo hice con toda la fe porque yo te amaba, te amo, todavía te necesito. A pesar de que días después una desagradable circunstancia nos separara, nos hiciera convertirnos en bestias que bramaron incoherencias y ofensas. Todavía te amo y por eso lo escribo aquí, porque ingenuamente pienso que si llegaras a leer esta carta regresarías a mi, y me perdonarías por lo malo que fui contigo, por haberte traicionado con otra mujer, con otro encuentro furtivo que ni por asomo se compara con lo nuestro. Estoy arrepentido. Eres una mujer muy especial, lo sé, porque pude ver la pureza de tus sentimientos, ahora sé que tus argumentos para defender la relación el día en que estaba muriendo no son megalómanos, son reales. Porque entiende, yo te amaba, ahora mi cuerpo necesita del tuyo, mi voz no suena igual sin la tuya, mis pasos ruegan por el eco de los tuyos.

Fui un mal hombre mi cielo, lo fui, pero he venido para remendar mi error, para reconstruir el trágico andamio del cual caímos, seguimos cayendo. ¿por qué no pude valorar tu belleza?, si eres una mujer franca, digna de cualquier hombre lo sé, menos de este que te habla, de este que ruega porque regreses a su vida. Siempre me gustaste y siendo sincero, te amé en muy poco tiempo, por esas charlas largas en donde no importaba el tema sino nada más tu compañía, tu presencia. Me hiciste ser un hombre feliz. Fuiste, eres mi complemento ideal. Eres perfecta en todos los sentidos, yo fui el imperfecto, el humano, tú fuiste la extraordinaria, yo fui el del error y sé que con tu bendita benevolencia podrás entender y me perdonarás; me permitirás ir nuevamente a tu departamento y pasar horas a tu lado mirando a las personas de la calle a través de la ventana, hasta que nos de frío y posteriormente vayamos a la cama, o salgamos a tomar un café, al cine, al parque, ¿qué sé yo?, lo que sea. Hicimos tantas cosas que ahora extraño. Tu compañía no se compara con la de nadie, sería una aberración siquiera pensarlo. A veces imagino que estarás por la calle, saliendo de la oficina pensando en qué habrá sido de mi. En varias ocasiones he permanecido sentado en la banqueta de la iglesia para ver si llegas a tomar otro capuchino. No sabes cuántas personas he visto pasar, cuántas veces me he emocionado por creer verte, por imaginar que nuestros cuerpos de alguna manera se siguen llamando. De hecho, todos los domingos voy, a veces nos imagino saliendo de la iglesia el día de los anillos, en otras imagino que tú me ves y que llegas detrás de mi para sorprenderme, y saludarme con un caluroso abrazo que además de tu cariño me trae tu perdón. Amor, te necesito. Hay tantas cosas que debemos hablar, si supieras lo mucho que he sufrido porque no estás a mi lado; mi necesidad por ti ha llegado a tal grado que hace dos días, tuve el valor de ir a tu edificio y te esperé toda la noche como un perro guardián, sentado en tu puerta, hasta que el vigilante del edificio me pidió que saliera, me dijo que me veía sospechoso o algo así, yo le dije que había ido a buscarte y, por cobardía, le pedí que no te dijera nada, le di una propina para comprar su silencio, porque sé que al llegar a tu casa siempre le preguntas si alguien fue a buscarte, no le digas nada, al contrario, yo le pedí que mintiera porque en ocasiones siento que no tengo cara para enfrentarte y darte una sincera disculpa. Herí tus sentimientos, lo sé, pero de alguna forma trataré de resolverlo, porque me siento solo, muy solo, estoy abatido por la soledad, la nostalgia. Mi vida es una desgracia porque no estás en ella.

¿Y ahora en dónde estarás? Siempre me hago esa pregunta, siempre. Cuando salgo de la oficina, cuando me acuesto para dormir, cuando despierto. Odio mi maldita ingenuidad, mi estupidez ambulante. Necesito de tus palabras, necesito de ti, te lo juro, lo necesito. Te amo, no he podido dejar de amararte a pesar de todo, me dejaste marcada para siempre ¿en dónde estarás? Seguramente con esa desgraciada que te apartó de mi, con esa estúpida usurpadora de mi vida. Amor, te necesito. Estoy llorando por ti, ¿no puedes verlo? Ya nada me consuela, nada, ni siquiera esta maldita carta que escribo como si tu la escribieras para disfrazar tu ausencia.

La Causa

septiembre 6, 2007

Voy a morir y ella también morirá. He pasado toda la tarde pensando en cómo decirle, cómo explicarle. La escena ya me es familiar de tanto que la he imaginado; yo entrando a la casa, ella esperándome tal vez en la cocina o en el comedor, tejiendo algo que yo deberé valorar como bello. El doctor me lo dijo hoy en la mañana, quizá ella se sintió un tanto perturbada el día de ayer al verme salir rumbo a la oficina con tanto tiempo de anticipación, pero yo no podía continuar con la incertidumbre, con este dolor en el pecho y el aroma de la muerte impregnado en mi piel, o al menos hasta ayer, la idea de tener el aroma de la muerte sobre mi piel. Tal vez el realizarme los estudios sea lo único bueno que hecho en mi vida, al menos en estos últimos años en los que la he descuidado tanto. Lo que me dijeron en la mañana me sorprendió, pero ahora creo que la reacción sorpresiva de mi parte fue un hecho mecánico, falso, inventado por mi cerebro para que el doctor frente a mi cumpliera con el protocolo obligado cada vez que entrega una noticia como la que me dio hoy. Nadie lo sabe. He pensado en pedir una segunda opinión pero ¿para qué? Si el doctor fue sumamente explícito: Usted es portador del VIH, una frase tan certera como decir: usted va a morir o, peor aún, le queda vida física pero lo que le estoy diciendo es como si le dijera que usted ya está muerto. Sigo pensando en todas las cosas que pudieron provocarlo: la mujer de la oficina, las prostitutas de la fiesta de soltero de Jorge, Jorge mismo. Tantos años de descuidos, de entregas falsas e impulsivas, escapes repentinos; como un perro en celo que anda por la calle mirando colas y a la pronta erección monta a la primer perra que se le atraviese, sin pensar en nadie, ni en él mismo. ¿Qué culpa tiene mi esposa? La única culpa que tiene es la de haberse casado con un idiota que la asesinaría, nunca lo imaginó al momento de firmar el acta, o en la maldita iglesia cuando pronunció ese simple monosílabo, ¿cómo pensar que era su sentencia final?,¿el candado que cerraría el camino de su vida?, todo por mi culpa, por mi culpa. ¿Qué decirle, cómo decírselo? A veces la frase: tengo sida, me suena tan estúpida e increíble que sólo el hecho de pensarla hace que me avergüence. ¿cómo responderá ella?. ¿Me dirá muy tranquila, con el gesto sereno como el que acostumbraba poner cuando éramos jóvenes: Tranquilo mi vida, de alguna forma se resolverá?. ¿Acaso me dirá eso?, ¿cómo se resuelve una muerte pronta?, ¿un homicidio?. En su lápida quedará escrita la fecha de su muerte, pero en mi espíritu quedará tatuada la causa. Ni el arrepentimiento, ni las lágrimas, ni nada podrán borrarme ni una letra de la palabra: Asesino. ¿Por qué le hice esto?, ¿por qué?. Bien sé que el arrepentimiento llega una vez que se ha fallado, pero ¿por qué a ella?, ¿qué me hizo?. Es cierto que la relación se tornó fría, pero eso es normal, después de tanto tiempo todo el mundo dice que es normal. Sus cambios de humor tan repentinos, su fastidio ante lo que se presentara, su falta de interés en mí, su desdén crónico por las bromas que antes la hacían reír, el aislamiento del mundo social, la monotonía sexual, la falta de apetito por la pasión, mis miradas lujuriosas hacia otras mujeres de la calle, su falta de interés por mi vida, la ausencia de interés por verse bien para mi, la fatiga del cuerpo, el peso de sostener la misma mano durante veinticinco años, todo. ¿Qué ser humano es capaz de resistir tal forma de vida?. Sólo aquellos que se han acostumbrado a la monotonía, a la mediocridad; sólo ellos. Los últimos años que hemos tenido sexo, fueron como si lo hiciéramos a la distancia, como si nada más fuera por cubrir un requisito de algo para que siguiera siendo normal. Antes, cuando éramos novios, solíamos abrazarnos después del sexo, yo encendía un cigarrillo y ella gustaba de robarme fumadas mientras permanecía recostada sobre mi pecho, ¿y ahora?. Yo la monto, sin previo aviso, a veces sé que necesita de sexo cuando empiezo a sentir su mano moverse debajo de las sábanas, es ahí cuando yo sé que me necesita, que tengo una labor por cumplir como hombre, pero al final nunca pasa nada. Ella termina cansándose y yo termino escupiendo como quien arroja un chicle en la calle; después ella se duerme y yo me largo a fumar sólo o viceversa. Ya no hay palabras de amor, ni elogios pícaros por el buen desempeño, ya no hay nada, sólo una fórmula física: Acción, reacción y punto… ¿por qué hasta ahora me arrepiento de haberla negado? ¿por qué siempre los amantes son tan hipócritas? ¿acaso es una parte fundamental del juego cuando el enamoramiento agoniza y se escurre con lentitud por algún desagüe? Me arrepiento de haberla llamado bruja, frígida y anciana. A veces las tres ofensas en una misma frase. ¿Por qué en lugar de echarle la culpa de todo no fui capaz de ver lo que yo estaba haciendo mal?. ¿por qué en lugar de respetarla la convertí en el objeto de todas las bromas cuando teníamos visitas? ¿por intentar sentirme un domador, un rey, cuando lo único que lograba ser era un bufón?. Todavía recuerdo las primeras noches que pasamos cuando llegamos a esta casa, cuando el intento de tener hijos se convertía en una forma de manifestar el erotismo, el objetivo eran los hijos sí, pero lo primordial éramos nosotros. Yo solía llegar de la oficina por la tarde, casi entrada la noche y ella me esperaba con una cena digna de un mandatario, o en otras ocasiones cuando llegaba a casa y veía la mesa vacía, sabía que ella estaba escondida en algún lugar de la casa; arreglada, semidesnuda o vestida para impactarme. Como añoro esas noches de largas pláticas bajo las sábanas y esas caricias escurridizas, espontáneas, que sólo manifestaban el deseo y el amor mutuo. Vaya, cómo las extraño, las añoro en verdad. Pocos meses antes de que nuestra separación existencial iniciara, yo solía hacerle el amor recordando la firmeza de sus pechos, la textura de su piel. Eso me excitaba, saber que a pesar de los años seguíamos siendo esa pareja que no le importaba el paso del tiempo, sino que a pesar de él, seguíamos glorificando la bendición de nuestra unión eterna; pero después, dejé de imaginarla joven, casi siempre que hacíamos el amor le pedía que dejara la televisión encendida, para fantasear con las mujeres que aparecían en la pantalla, en algún programa o en algún comercial, solía desnudarlas con la imaginación, me gustaba cambiarle el rostro a mi esposa; inclusive llegué a fantasear pensando que ella era mi amante, otra mujer y que si ella llegaba a conocer la verdadera historia se enfurecería y daría por terminado nuestro matrimonio. Esas fueron mis primeras traiciones, un tanto inocentes pero traiciones al fin. Posteriormente dejé de engañarla con la imaginación, la primera fue una prostituta, después la mujer de la oficina a la que le prometí casarme con ella y abandonar a mi mujer, después fueron más prostitutas o bailarinas exóticas como les dice Jorge, o Jorge. Dejé de amarla y por ende, ella me dejó de amar. No pude decírselo cuando entré a casa. Ahora, está recostada a mi lado, ausente como siempre, perdida en sus pensamientos, en otro mundo, otra realidad. Pienso que sería muy hipócrita acariciarla y abrazarla para después decirle la verdad. Creo que no hay otra opción, debo ser lo más sutil ya que pronto vendrá la tempestad. Nunca antes la sentí tan lejana, es más, siento que de alguna forma percibe la próxima noticia que le daré. No ha dejado de moverse desde que nos recostamos. Estoy preparado para enfrentar las consecuencias, quizá la única pregunta a la que temo responder, es decirle con quién me contagié, ya que ni yo lo sé. No sé si el hecho que le diga que fue con una prostituta la haga sentir mejor, aunque esa sea mi mejor teoría. Es el momento, ya no puedo dar marcha atrás. Debo decirlo. Siento la piel fría, los vellos enchinados, la garganta seca; es el momento. ¿Cómo decirle, cómo iniciar la notificación de un asesinato cuando todavía está viva?, ¿cómo decirlo?. No entiendo. No entiendo. No he dicho nada y ha comenzado a llorar. Me pide que la abrace. No entiendo. ¿Qué decir?. ¿es el momento?. No entiendo qué le ocurre, nunca la vi tan perturbada si yo la he contagiado, yo la he puesto en esta situación y aún no sabe nada. No se lo he dicho. No entiendo. ¿Qué ocurre?, ¿por qué menciona a Jorge?, ¿por qué quiere pedirme una disculpa?.

Souvenir

junio 19, 2007

Me dijeron que pasara a recogerlo a las tres de la tarde. Tomé el camión que lleva por la ruta quince al cuarto para las dos, tenía tiempo de sobra ya que la casa a la que me dirigía queda relativamente cerca. Es un edificio de cinco pisos con veinte departamentos, yo antes vivía ahí, pero por situaciones laborales me tuve que mudar a una casita con jardín, no porque no me alcanzara para pagar la renta, sino porque era necesario escapar de ese lugar, muchas veces los vecinos son demasiado entrometidos y preferí evitarme conflictos. No me gusta que violen mi intimidad.

Tuve un pequeño altercado con el chofer del camión, él insistía que no le había pagado mi cuota al subir, al final de cuentas se la tuve que pagar, no sin antes sorprenderme, ¿Cómo era posible que el chofer se hubiera dado cuenta que no pagué mi pasaje?, en verdad que solamente por eso se lo pagué, era un chofer distinto, de esos que conocen bien su trabajo y, ni modo, hay que respetar el trabajo de las personas.

Una vez que bajé del camión, tuve que caminar tres cuadras antes de llegar a mi ex edificio. Mientras caminaba, comencé a creer que era imposible que yo hubiera vivido en una zona tan fea, ya se imaginarán, hay coches abandonados llenos de basura a lo largo de la calle, las paredes de los edificios viejos están todas pintadas con aerosol. Antes cuando yo solía pintar, recuerdo que me pasaba toda la noche planeando el dibujo que haría y la forma en que sería más fácil plasmarlo, por aquello que una patrulla se acercara para llevarme a la delegación; pero ahora, solamente hay nombres rayados por todas partes, algunos con garabatos ilegibles tratando de mostrar cierta anarquía, pero a eso yo no lo llamaría anarquía, porque esa gente no tiene nada de qué quejarse, no promueven un verdadero levantamiento contra el gobierno ni nada por el estilo, nada más se quejan. Creo que el único significado que pueden tener los garabatos es el de vandalismo porque yo los he visto muchas veces, la mayoría son chavos que no alcanzan ni los dieciocho, vienen y rayan para después salir corriendo, como si todo fuera una simple travesura. Son de esos que se la pasan quejando del gobierno y de la sociedad, es por eso que crean sus grupitos para protestar contra algo que ni ellos mismos saben lo que es. Eso es todo, protestar por protestar, creo que es lo único que se le da bien a la gente de mi país.

Llegué a la entrada del edificio a las tres en punto, quise hacer tiempo y prendí un cigarro, después de todo, ¿Qué más daba esperar diez minutos?,  Mi souvenir no iría a ninguna parte. Nunca pensé que algún día pescaría algo así, fue lo que menos imaginé lograr cuando se me metió la idea de irme de vacaciones, pero ya ven, siempre que uno sale de su casa, es capaz de lograr cosas que jamás creyó posibles.

Justo cuando le di la cuarta fumada a mi cigarro, bajó el señor gordo del primer piso, siempre con su boina roja, rayada y pestilente, junto con esa camisa a cuadros que siempre le vi usar desde que viví en este edificio. Lo saludé amablemente esperando que me recordara, pero no me contestó el saludo, y la verdad no me enojé, no tenía por qué hacerlo, seguramente ya estará por iniciar su turno en el taxi. ¿Cómo olvidarlo?; ya no recuerdo cuántas veces esperé con ansias que el reloj marcara las tres de la tarde, sobre todo esa vez en que tuve que esperar por más de una hora, ya que el maldito gordo de la boina se quedó dormido y no había forma en que Lupita me recibiera. Verdaderamente jamás entendí cómo es que un hombre tan feo puede tener una hija tan bonita, pero hace ya algunos años de eso, supongo que Lupita ya estará grande, seguramente ya se casó, las mujeres por estos rumbos se casan muy jóvenes, siempre por la misma razón: embarazo, y de ahí se crea el círculo vicioso de siempre, porque los tipos que las embarazan, no tienen en qué caerse muertos ya que eso de rayar paredes y huir de la escuela no es un oficio que sea bien remunerado. Quién sabe qué habrá sido de Lupita, en fin, la vida sigue y da tantas vueltas que heme en mi viejo edifico esperando a que me entreguen mi souvenir.

Una vez que me terminé el cigarro, decidí subir al cuarto piso. Ya no me dejé sorprender por las condiciones en las que se encontraba éste, puesto que hacía dos días que había pasado a dejar mi souvenir para que lo arreglaran: las paredes llenas de moho, las escaleras apestando a humedad y un olor a tabaco rancio impregnado en todas partes, algo sumamente asqueroso. Toqué  la puerta del departamento quince y nadie contestó, toqué con más fuerza, dos y tres veces pero obtuve la misma respuesta.  Justo cuando estaba a punto de salir en búsqueda de un teléfono público para llamarle a mi amigo, lo vi subiendo por las escaleras. Lo vi cansado, como si hubiera estado en una borrachera enorme a lo largo de todo el día, traía bolsas debajo de los ojos, el cabello revuelto y el rostro sin color.

Regresé a casa pasada la media noche, más cansado que preocupado. Me quité la boina roja, rayada y la coloqué junto a mi Souvenir. Estaba enorme, radiante, jamás pensé que mi amigo pudiera hacer un trabajo tan bueno, sobre todo la forma en que lo cubrió de pintura. Debo aceptar que fue un grave problema eso de la transportación, ¿Cómo pude haberlo traído desde tan lejos? La gente del camión se me habría quedado viendo, y yo pues no podría hacer otra cosa sino aguantarme las miradas, afortunadamente el chofer resultó ser muy amable, lo contrario al tipo que me llevó en la tarde, le prometí cien pesos y más tardó en aceptar que en preguntarme dónde nos iba a recoger terminado su turno.

El chofer fue bastante puntual, algo que verdaderamente me sorprendió, recién terminé de tomar mi café en la casa de mi amigo escuché el claxon tan distintivo del camión. Además, el señor fue muy acomedido, tanto que no tuvo inconveniente en ayudarme a bajarlo por las estrechas escaleras, ya que mi amigo estaba muy cansado y ni siquiera quiso salir. Lo bajamos despacito, siempre sin hacer ruido porque según mi amigo, esas cosas alarman a la gente y pensándolo bien tenía razón, es mejor que uno mantenga sus pertenencias en secreto, aunque yo no le veo nada por lo que la gente se pueda espantar pero nunca se sabe. Yo ni me esperaba tanta amabilidad por parte del chofer ni esperaba que estuviera su esposa en el camión, tanto que me lo chuleó, hasta se dio el lujo de tocar, y mi souvenir, siempre sonriente dejando que la señora desconocida hiciera de él lo que quisiera, por eso ni me enojé, no tenía por qué hacerlo, después de todo me considero afortunado de tener algo que nadie más posee.  El único problema de todo esto, es que me puedo volver adicto a coleccionar este tipo de cosas, pero en algo debo entretenerme.

Lo coloqué al lado de mi cama una vez que el chofer y su esposa me ayudaron a subirlo, la verdad no recuerdo que pesara tanto, por eso es que cuando llegué estaba tan cansado y lo que más flojera me daba era que al día siguiente tenía que ir tempranito al banco para sacar el resto de mi dinero y pagarle la otra parte a mi amigo por su estupendo trabajo.

Pasé una mala noche, mi souvenir no me dejó conciliar el sueño. La primera vez que me despertó fue a las tres de la mañana, fue muy raro todo, porque al decir que me despertó no quiero decir que se acercó a mí y me dijo: levántate, susto que me hubiera pegado aunque para ser franco me hubiera gustado que eso sucediera, lo que pasó es que yo estaba soñando que el recubrimiento usado por mi amigo se rompía y que mi souvenir se acercaba a mí, por eso me desperté porque además, puedo jurar haber escuchado que me hablaba. Después de eso traté de dormir nuevamente, pero no pasaron ni quince minutos después que cerrara los ojos, cuando los abrí nuevamente y souvenir ya no estaba al lado de mi cama, para ser franco ahí sí que me espanté, fue lo mismo que me había dicho mi amigo, que por eso estaba tan cansado, solamente que yo no lo encontré en el pasillo de la casa sino que al abrir los ojos y no verlo, escuché una voz en el closet, en ese momento me paré, abrí la puerta del closet y ahí estaba, con mi ropa colgándole por todas partes, era como si llevara mucho tiempo ahí, escondiéndose o sabe Dios haciendo qué cosas, parecía que alguien le había echado la ropa encima durante mucho tiempo, no me quedó de otra que hacer un gran esfuerzo para sacarlo del closet y ponerlo junto a mi cama para después amarrarlo con un lazo.

Cuando finalmente pude dormir, fue hasta que el cielo comenzaba a pintarse de rosa, hasta ese momento souvenir dejó de hacer ruidos y pude conciliar el sueño, sin embargo, no pude dormir mucho, me levanté a las nueve para ver a mi amigo después de pasar al banco. Tomé el camión de la otra vez, sólo que ahora sí pagué al subirme, estaba tan cansado que no quise armar escándalos por tan poco dinero, fue en el camión donde pude dormir otro poco, una señora muy amable de gafas grandes y blusón floreado me despertó justo en el lugar que le dije. Caminé las tres respectivas cuadras hasta que llegué al edificio de cinco pisos, mi viejo edificio, fumé un cigarro en la entrada antes de subir al departamento de mi amigo, lo hice porque aún era temprano y considerando que no pudo dormir la noche anterior, decidí dejarlo dormir un rato más, aunque fueran unos cuantos minutos. Una vez que terminé mi cigarro, entré al edificio y vaya que me llevé una gran sorpresa, la puerta  de uno de los departamentos del primer piso estaba abierta, era la de la casa que recorrí tantas veces, sólo que al pararme en el umbral descubrí una escena que me partió el corazón, vi a mi Lupita sentada en una sillita en el comedor llorando, por poco y no la reconozco, ya que los años no pasan en balde, yo le calculé unos quince. Al verme en la puerta mi Lupita se espantó, yo creo que no me reconoció, tuve que agarrarla de los brazos para decirle, acuérdate de mí pero no se acordó.

Subí al departamento de mi amigo, toqué varias veces pero no me abrió, fue en ese momento cuando me quise bajar en búsqueda de un teléfono público para hablarle, pero al estar bajando las escaleras recordé que por error me había llevado sus llaves la noche anterior y entré a la casa.

La casa estaba justo como la recordaba, aunque ya la había visto el día anterior y el día en que llevé mi souvenir para que mi amigo trabajara en él, no pude dejar de sorprenderme, todo tenía un orden muy estricto, exceptuando la habitación donde mi amigo estaba acostado en la camota de metal rodeado por todos los instrumentos que usa para hacer su trabajo. Lo desperté después de varios intentos fallidos, le pedí perdón por haberme llevado sus llaves a lo que él me dijo que no me preocupara, que de todos modos ni siquiera se había dado cuenta ya que no tuvo que salir para nada en toda la noche. Me preparé un café bien cargado y estuve ahí hasta que llegó la noche. Le platiqué lo sucedido con mi souvenir pero no me creyó, ¿Cómo era posible que no me creyera dado que a él le sucedió lo mismo? Para ser sinceros me desesperó un poco, pero no me enojé, no tenía por qué enojarme. Al salir de la casa y bajar al primer piso, me di cuenta que la puerta de mi Lupita estaba cerrada. Como ya era tarde y a esas horas no pasan camiones, decidí irme en el taxi.  Nuevamente llegué a mi casa a las doce, justo como el día anterior, una cuadra antes de llegar, me di cuenta que ya se habían llevado el camión chocado que estaba estorbando en la mañana. Traté de conciliar el sueño pero me fue imposible. Mi souvenir haciendo ruidos otra vez.

Así pasé toda la noche, hubo un momento en que quise dormir en la sala, pero no podía dejar solo mi cuarto con esa cosa que cada vez hacía un alboroto más grande. Dieron las tres de la mañana, entré a mi habitación y vi que mi souvenir estaba tirado en el suelo, fue en ese momento cuando me di cuenta que el yeso de la parte inferior estaba roto, así que tuve que hacer lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar, tomé el lazo y lo amarré fuertemente, pero no fue suficiente con eso porque no había forma de callarlo, así que corrí a la cocina en búsqueda de un tranquilizante pero no pude encontrar nada. Cuando regresé, había yeso por todas partes, los brazos estaban descubiertos y tenía un seno de fuera, en ese instante me llené de tristeza, no tenía por qué suceder, todo terminaría igual, ya no tendría un buen recuerdo de mi viaje, de ella, tan linda que se portó conmigo en la playa, por eso quería conservarla, pero ya no sería posible, terminaría igual que mi amigo, Lupita, su padre, el chofer y su esposa, todos revueltos y llenos de tierra en la fosa de mi jardín.

La Presencia Ausente

noviembre 8, 2006

He intentado morir por ti, tomé una espátula del cajón de nuestro viejo buró y así después, muy despacio me fui quitando la piel. He intentado morir por ti, así, muy despacio, para darle un sentido al amor, para dejar siquiera como vestigio de nuestra fallida unión, una muerte trascendental, íntima, memorable. En alguna ocasión, por ejemplo, dejé de respirar varios minutos hasta desmayarme. Sé que eso, posiblemente, no me lleve a cumplir mi objetivo, sin embargo hace más interesante este camino que culminará con mi deceso al final de estas líneas; líneas que escribo con sangre, misma que llevo extrayendo de mi cuerpo desde hace varios días, con una jeringa, que ahora hace las veces de bolígrafo.

Hay tantas formas en las que quiero regalarte mi muerte. Por momentos la imaginación no me es suficiente para encontrar nuevas formas de lastimarme, de herirme. Formas que de alguna manera ejemplifiquen físicamente el lastre de la soledad, de tu ausencia, ese vacío que llevo en mi interior. ¿Cuántas veces no me odiaste? ¿Cuántas veces no me abofeteaste?, ¿Cuántas veces te fuiste de la casa sin importar la tormenta? Hasta este día, no lo sé.

¿Hasta cuando lograré concluir con este vía crucis?, sí, este; me he esforzado profundamente para no decepcionarte, he experimentado cualquier medio posible para satisfacer tu ego y los rincones más oscuros y pervertidos de tu imaginación. Las acciones que realizo, se han convertido en un reto, una necesidad muy personal, una necesidad de ti y a la vez de mi cuerpo por entregarse a tu historia, rendirse a los pies de tus sentimientos y lamerte las suelas de los zapatos como el humilde esclavo que soy de tu existir.

He intentado morir, por ti, tomando un litro de leche guardada fielmente tras el viejo refrigerador a lo largo de un año. La bebí con gusto, con placer. Justo al instante vomitar pensé en ti, en las veces cuando te escuché pronunciar mi nombre con palabras de odio; tenías razón, por ello bebí esta leche vieja, para purgar mi espíritu por todas las cosas infames e ignominiosas que te dije, profané tu nombre. Ahora, seguro estarás preguntándote: ¿por qué la leche?, no sé si ya lo has olvidado, esa noche, después de nuestro último ocaso, cogiste de la mesa el vaso del que estaba bebiendo y lo arrojaste al suelo con odio, con desprecio; tu rostro se transformó de tal forma que dejé de reconocerte, no supe si estaba ante ti o ante un demonio escondido que con el tiempo yo confeccioné y alimenté con la basura del ser que soy.

Ahora escribo, bajo el mismo techo que en tantas ocasiones presenció, gracias a su vitalidad estática, los movimientos de nuestros cuerpos desnudos, los vaivenes de la pasión desatada. Estoy rodeado por estas paredes mudas, que soportaron en varias ocasiones las ondas acústicas producidas por los gemidos de tu cuerpo cálido y que también soportaron con una profunda melancolía, el peso de tu espalda cuando te desvanecías en un llanto continuo y desgarrador. Ahora escribo, te escribo a ti mientras aprendo a caminar, mientras descubro con cada letra la clase de ser humano execrable que soy. Te escribo con el corazón oprimido, con los pulmones que a penas pueden respirar por el humo inhalado continuamente, por las cadenas que me he atado alrededor del tronco para simular la fuerza de tu abrazo. Te escribo porque ya no he encontrado otra forma en la que pueda morir, ya no existe nada más por hacer. ¿Una pistola?, es algo bastante cursi, bastante normal. Sería concluir con esto en un instante y eso es algo que no te mereces. Además, sería difícil incorporarme y caminar, hace algunos días que no lo hago, todo lo útil lo tengo a mi alrededor, puesto que he amarrado fuertemente la base de cada uno de los dedos de mis pies. Hace horas que dejaron de doler, ya no los siento. Los veo y ostentan un color que pretende ser negro. Es necesario acumular la energía suficiente para mi último viaje hacia la cama.

Ahora sé que todo terminará pronto. No sé si finalmente me habré ganado tu respeto, eso estará por verse. El cuerpo está débil. Por momentos siento espasmos en el estómago, hace días que dejé de comer. ¿dormir?, ni lo menciones. ¿cómo profanar nuestra cama con mis sueños libidinosos? En los que tantas veces traje a otras mujeres sin que te dieras cuenta. ¿cómo?. Me llena de rabia siquiera pensar que te fallé de tantas formas, tú nunca tuviste la culpa. ¡Jamás!, ¿lo entiendes?, ¿logras comprenderlo?. No tuviste la culpa de que te tratara mal, ¿o qué?, ¿acaso eres culpable por llevar a tu casa a un artista desconocido que siempre estuvo enamorado de ti?, no lo eres. Yo sólo quería darte lo mejor de mi, y heme aquí intentándolo. Toda mi capacidad creativa para hacer de mi muerte, la más artística, así como tu deseabas que fuera la tuya, digna de ser recordada.

He de contarte que me siento orgulloso de lo que realicé hace algunos meses. ¿recuerdas aquel jarrón inservible? ¿ése de cerámica para el que nunca encontraste uso?. Pues yo lo usé, en tu nombre; cogí un marcador de tinta negra el último día que visité la calle, me escabullí entre los demás departamentos hasta llegar al jardín, una vez cumplido mi objetivo regresé a casa, escribí por todo el jarrón tu nombre y lo llené de tierra hasta la mitad, después, vino el verdadero sufrimiento, el sacrificio, até fuertemente una de estas manos que te escriben sobre la mesa y me castigué, con unas pinzas de punta y un desarmador, me fui arrancando cada una de las uñas de mi mano derecha, así, muy despacio. No fue una tarea sencilla, pero creo que al menos eso te debía después de abofetearte aquella noche en que la luna no salió.

Me mirarás con esos ojos hermosos y verdes. Habrás de amarme ahora que estoy a poco de morir, de cumplir mis objetivos. Habrás de recordarme para siempre. Libre de todo pecado cometido. Libre de todo golpe, de cada fractura. Ha llegado el final. En cuanto termine de escribir esta carta, esta herencia; habré de tomar los sesenta y ocho clavos, los que con tanto trabajo enderecé y apilé en este escritorio en los meses anteriores. Tomaré ese martillo con el mango negro que estoy mirando en este instante y de un certero golpe, los clavaré en mi cabeza. Uno por uno. Deseo que cada clavo emule el sonido que hizo hace exactamente un año, cuando fueron incrustados en tu ataúd. No sé cuántos resista, no sé cuánto tiempo resististe después de haber ingerido el veneno. Por ello, quiero que sepas que llevaré a cabo mi meticulosa tarea sobre la cama, a un lado de tu cuerpo inmóvil, para que así, desde ahora y para siempre, estemos juntos.